
Déjeme hacer otra reflexión sobre la prensa y el poder porque el ambiente político se ha enturbiado de nuevo. Los periodistas no estamos para complacer a ningún poder, ya sea el Ejecutivo, el Legislativo o el Judicial; tampoco a los distintos gobiernos federales, estatales o municipales habidos y por haber. No tenemos ninguna razón para dedicarnos a agradarle a las fuerzas partidistas y políticas. Tampoco somos publicistas del poder económico ni exégetas de las instituciones religiosas. Ni siquiera es nuestra función agradar a los poderes mediáticos. Mucho menos a los poderes criminales. A ningún poder fáctico.
Cuando ejercemos nuestro oficio, por ejemplo, en una columna o en plena labor reporteril, los periodistas no debemos hacer propaganda para servir a ningún poder, salvo que decidamos cambiar hacia un trabajo específico: comunicador social. Si es el caso, en automático tenemos que cambiar el “ista”: pasamos de periodista... a propagandista. No está mal, es válido; lo que no está bien es simular que eres independiente cuando sirves a un poder y pretendes hacer pasar tu propaganda como información periodística neutral o equilibrada.