La reelección de Antonio Garamendi al frente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) no deparará sorpresas. Salvo un giro de última hora, el próximo 1 de octubre será proclamado presidente para un tercer mandato consecutivo sin necesidad de votación, al haber sido el único candidato que ha logrado reunir los avales exigidos por los estatutos de la organización. La noticia, sin embargo, va mucho más allá del desenlace electoral. Habla del momento que atraviesa la principal organización empresarial española y de la necesidad de redefinir su papel en un contexto económico especialmente exigente.
La ausencia de competencia puede interpretarse de maneras distintas. Para unos, constituye la demostración de que Garamendi ha conseguido consolidar un amplio respaldo territorial y sectorial después de años de intensa actividad institucional. Para otros, refleja la dificultad de articular una alternativa capaz de reunir suficientes apoyos dentro de una organización compleja y heterogénea. En cualquier caso, el resultado evidencia que la CEOE llega a esta cita en un clima considerablemente más sereno que el vivido apenas un año atrás.
La batalla por la presidencia de Cepyme marcó uno de los episodios más tensos de la historia reciente de la patronal. El enfrentamiento entre Gerardo Cuerva y el propio Garamendi trascendió el ámbito interno para convertirse en un debate sobre el modelo de representación empresarial. De un lado, quienes defendían una mayor autonomía de la organización de las pequeñas y medianas empresas; del otro, quienes apostaban por reforzar la coordinación bajo el paraguas de la CEOE. La ajustada victoria de Ángela de Miguel no eliminó las diferencias, pero sí consolidó el liderazgo del presidente de la patronal.
La unidad vuelve a imponerse en la patronal tras meses de fracturas internas. El verdadero examen comenzará después de la reelección
Desde entonces, las especulaciones sobre posibles candidaturas alternativas han sido constantes. El propio Cuerva llegó a figurar durante meses entre los posibles aspirantes, al igual que Miguel Garrido, presidente de la patronal madrileña. Ninguno dio finalmente el paso. Al contrario, buena parte de las principales organizaciones empresariales cerraron filas progresivamente en torno a Garamendi, incluidos apoyos especialmente significativos como los de la patronal catalana, Cepyme o las organizaciones empresariales de Andalucía y la Comunidad Valenciana.
Ese consenso interno constituye probablemente el principal éxito político del actual presidente. La CEOE recupera una imagen de cohesión en un momento en el que el tejido empresarial reclama estabilidad para afrontar desafíos que trascienden las disputas orgánicas. La desaceleración económica europea, la incertidumbre geopolítica, la transformación industrial, la transición energética y el impacto de la inteligencia artificial plantean retos que requieren una interlocución empresarial sólida y reconocida. Precisamente ahí comienza el verdadero tercer mandato de Garamendi. La reelección no supone tanto un punto de llegada como un punto de partida. Si durante los últimos años buena parte de su energía se concentró en mantener la cohesión interna, ahora deberá demostrar que esa estabilidad puede traducirse en una mayor capacidad de influencia sobre las grandes decisiones económicas.
La relación con el Gobierno seguirá siendo uno de los principales campos de prueba. Durante la legislatura, las discrepancias entre la CEOE y el Ministerio de Trabajo se han intensificado a propósito de iniciativas como la reducción de la jornada laboral, el registro horario, la transparencia salarial o la reforma de las indemnizaciones por despido. El diálogo social, que durante la pandemia permitió alcanzar acuerdos históricos entre sindicatos, empresarios y Ejecutivo, ha perdido parte del clima de confianza que lo caracterizó entonces.
Sin embargo, reducir la actuación de la patronal a una sucesión de enfrentamientos con el Gobierno sería simplificar en exceso su función. La CEOE representa a empresas de muy distintos tamaños, sectores y sensibilidades, cuya principal preocupación no es únicamente el contenido de cada reforma laboral, sino el marco general en el que desarrollan su actividad. La seguridad jurídica, la estabilidad regulatoria, la simplificación administrativa o la disponibilidad de trabajadores cualificados aparecen hoy entre las prioridades de buena parte del tejido productivo. En ese sentido, Garamendi ha insistido reiteradamente en la necesidad de alcanzar grandes acuerdos de país que proporcionen certidumbre a largo plazo. Es una aspiración compartida por numerosos agentes económicos, aunque su materialización resulte cada vez más difícil en un escenario político caracterizado por la fragmentación parlamentaria y la confrontación permanente.
La CEOE tampoco puede ignorar los cambios que atraviesa el propio mundo empresarial. La economía española ya no está formada únicamente por grandes grupos industriales y compañías tradicionales. El crecimiento del ecosistema tecnológico, la internacionalización de miles de pequeñas empresas, la aparición de nuevas formas de emprendimiento y la aceleración digital obligan a la patronal a ampliar su capacidad de representación y adaptación.
La proclamación sin oposición ofrece a Garamendi una legitimidad interna difícilmente discutible. Pero también eleva el nivel de exigencia. Cuando desaparece la presión electoral, aumentan las expectativas sobre los resultados. La unidad recuperada constituye un activo importante, aunque insuficiente por sí solo. El verdadero éxito del próximo mandato dependerá menos de la fortaleza orgánica de la CEOE que de su capacidad para convertirse en un interlocutor útil, respetado y eficaz en un momento decisivo para la competitividad de la economía española. Porque las organizaciones empresariales no se legitiman únicamente por el respaldo de sus asociados. Lo hacen, sobre todo, por su capacidad para contribuir a crear un entorno donde las empresas puedan invertir, innovar, generar empleo y competir en mejores condiciones. Ese será, más allá de cualquier proclamación, el auténtico examen del nuevo mandato de Antonio Garamendi. @mundiario