La respuesta parece encontrarse en una combinación de factores biológicos, psicológicos y emocionales que ya estaban presentes antes de que ocurriera el trauma.
Esta diferencia individual ha sido reconocida incluso desde enfoques psicológicos y existenciales. Viktor Frankl, tras su experiencia en campos de concentración, describió cómo el impacto del sufrimiento no depende únicamente del evento, sino del significado y la respuesta interna de la persona ante él. En su formulación más conocida, señalaba que entre el estímulo y la respuesta existe un espacio, y que en ese espacio reside la capacidad de elección humana.
Durante años, la investigación ha identificado biomarcadores asociados a una mayor vulnerabilidad al estrés, como alteraciones en el cortisol, cambios en procesos inflamatorios mediados por moléculas como la IL-6 o diferencias en la regulación neuroendocrina. Sin embargo, medir estos factores de forma preventiva resultaba complejo y costoso.
En paralelo, la psicología ha tratado de comprender cómo determinados patrones emocionales pueden influir en la capacidad de adaptación ante situaciones extremas. La resiliencia, la percepción de amenaza, la tolerancia a la incertidumbre o la sensibilidad emocional parecen desempeñar un papel relevante.
A partir de esta idea, se ha desarrollado una aproximación innovadora basada en la cuantificación de Neurofactores emocionales. Estos Neurofactores representan la intensidad relativa con la que diferentes emociones participan en la construcción de la respuesta psicológica de cada individuo.
En diversos estudios exploratorios se han analizado correlaciones entre Neurofactores y biomarcadores como cortisol, IL-6 y testosterona, haciendo surgir una nueva hipótesis:
¿Sería posible estimar la vulnerabilidad al estrés postraumático a partir de determinados perfiles emocionales?
La respuesta ha sido el desarrollo de una calculadora experimental de susceptibilidad al estrés postraumático.
Es importante subrayar que esta herramienta no realiza diagnósticos ni predice quién desarrollará el trastorno. Su función es exclusivamente orientativa y de screening y su objetivo es identificar perfiles que podrían presentar una mayor sensibilidad frente a acontecimientos altamente estresantes, ofreciendo una aplicación preventiva a colectivos en ámbitos tan diversos como profesionales sanitarios, cuerpos de emergencia, fuerzas armadas, etc…
Así, se identifican vulnerabilidades antes de que se manifiesten.
En ese contexto, comprender cómo interactúan nuestras emociones con nuestra biología se convierte en una pieza fundamental de la prevención. @mundiario