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AM 28 Mar, 2026 06:00

La Revolución Francesa y el cambio del tiempo

vicente aboites 1 ok

La revolución francesa, ocurrida en 1789, transformó todos los aspectos de la vida de ese país. Desde luego, esto entendiblemente causó pánico en todas las naciones vecinas que vieron su supervivencia amenazada.

La nueva República Francesa se embarcó en cambiar todo, el sistema métrico con su metro, kilogramo y litro, se convirtió en símbolo de un nuevo país racional e iluminado, donde la democracia había sustituido al poder por herencia.

En lugar de las antiguas formas de medición poco confiables, el sistema métrico introdujo un sistema de medición basado en la realidad natural, lo que significaba que cualquiera podía replicar las mediciones; esencialmente el sistema métrico servía como una forma de democratizar las mediciones. El metro, por ejemplo, se definió como una diezmillonésima parte de la distancia entre el polo y el ecuador.

Las unidades para medir la capacidad y la masa (el litro y el gramo) se generaron a partir del metro y, en consecuencia, todas y cada una de las unidades del sistema métrico dependen en última instancia de la medición de la tierra.

Sin embargo, en un aspecto particular -la medición del tiempo- estos cambios fueron un rotundo fracaso después de solamente un año. En octubre de 1793 la nueva república intentó cambiar el sistema de medición del tiempo.

Los revolucionarios decidieron que el día sería dividido en diez horas y no en veinticuatro, y cada hora tendría cien minutos decimales, cada uno de los cuales se dividiría en cien segundos decimales. Recordemos que, durante el apogeo de la Revolución Francesa, en 1790, la Asamblea Nacional ordenó a la Academia de Ciencias crear el nuevo sistema de mediciones.

La asamblea pidió un sistema que fuese fiable, sencillo y uniforme, y la respuesta de la Academia consistió en un sistema en donde cada unidad se dividía en pequeñas subunidades por división en decenas.

El propósito al cambiar la forma de medir el tiempo era racionalizar (y también descristianizar) su estructura. ¡Ahora se tendría una semana de diez días, con días divididos en 10 horas, con horas divididas en 100 minutos y cada minuto en 100 segundos! Se dieron órdenes para que relojeros adecuaran los relojes de cada plaza y de cada ciudad al sistema decimal de tiempo.

El resultado fue un caos absoluto. Nadie llegaba a tiempo a ningún compromiso, ni entendía a qué hora algo debía iniciar o debía terminar, ni menos aún fue posible coordinar las actividades de obreros y campesinos en sus jornadas de trabajo en el campo o en las fábricas.

Por otra parte, la relación con otras naciones apegadas al sistema tradicional fue prácticamente imposible generando un caos total. Finalmente se aceptó el fracaso y se regresó al sistema de medición de tiempo convencional que aún nos rige.

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