Hay ocasiones en las que una visita institucional deja de ser simplemente una visita. Eso es precisamente lo que ocurre con Ceuta y Melilla. Cuando Pedro Sánchez reconoce que existen argumentos suficientes para que Felipe VI viaje a ambas ciudades, está admitiendo indirectamente que la ausencia del jefe del Estado durante más de una década se ha convertido en una cuestión política de primer orden.
El monarca lleva desde 2014 al frente de la Corona y todavía no ha visitado oficialmente ninguna de las dos ciudades autónomas como Rey. No es un detalle menor. Ceuta y Melilla forman parte de España y, sin embargo, cualquier desplazamiento de la máxima autoridad del Estado se ha contemplado durante años bajo el prisma de sus posibles consecuencias con Marruecos.
La crisis migratoria ha cambiado el contexto. Lo que antes podía presentarse como una cuestión de oportunidad diplomática ahora aparece también como un asunto de presencia institucional, respaldo político y mensaje de Estado. La pregunta, por tanto, ya no es únicamente si el Rey debe ir. La cuestión empieza a ser por qué ha tardado tanto en plantearse abiertamente esa posibilidad.
La última vez que un monarca español viajó a Ceuta y Melilla fue en 2007. Juan Carlos I y la Reina Sofía recorrieron entonces ambas ciudades durante una visita que provocó una fuerte reacción de Marruecos. Casi veinte años después, el escenario vuelve a ser especialmente sensible. La diferencia es que ahora la discusión se produce después de una crisis migratoria que ha colocado a Ceuta en el centro de la agenda política española.
Una visita de Felipe VI tendría inevitablemente una enorme carga simbólica. No resolvería por sí misma los problemas migratorios ni modificaría la relación con Rabat, pero enviaría un mensaje inequívoco: el Estado está presente y considera a Ceuta y Melilla parte integral de su territorio.
Sánchez deja abierta la puerta, pero no se atreve a fijar fecha
El presidente del Gobierno ha optado por una fórmula calculadamente prudente. Considera que existen “argumentos y razones suficientes” para el viaje, pero al mismo tiempo insiste en que deberá producirse cuando las circunstancias sean adecuadas.
Es una posición que permite satisfacer una demanda institucional sin abrir de inmediato un nuevo frente diplomático. Porque Sánchez sabe que la relación con Marruecos es demasiado importante para el Ejecutivo. El control migratorio, la seguridad y la cooperación bilateral dependen en buena medida de mantener abiertos los canales con Rabat.
Pero aquí aparece una contradicción: si la diplomacia española necesita proteger la relación con Marruecos hasta el punto de medir cada gesto sobre Ceuta y Melilla, entonces la ausencia del Rey deja de parecer una casualidad y empieza a parecer una consecuencia política.
Marruecos es el factor que lo complica todo
El verdadero problema no está en Ceuta ni en Melilla. Está al otro lado del Estrecho. Marruecos mantiene una posición histórica de reivindicación sobre ambas ciudades y cualquier visita del monarca español puede interpretarse como una reafirmación especialmente contundente de la soberanía española.
De ahí que el Gobierno prefiera hablar de “condiciones adecuadas” antes que anunciar un calendario. Pero tampoco conviene exagerar el alcance diplomático de la visita. Felipe VI ya ha visitado otros territorios españoles cuya situación internacional puede generar controversia y la soberanía de Ceuta y Melilla no está jurídicamente en cuestión.
España quiere cooperación con Marruecos, pero también necesita demostrar que esa cooperación no implica renunciar a la defensa de sus propios intereses territoriales.
El momento de Felipe VI
Quizá por eso el viaje tenga ahora una relevancia mucho mayor que la que habría tenido hace unos años. El Rey se encuentra ante la oportunidad de convertir una ausencia prolongada en un gesto institucional de gran alcance. Y Sánchez, al reconocer públicamente que existen razones para hacerlo, ha abierto una puerta que será cada vez más difícil volver a cerrar.
Queda saber si el Gobierno está dispuesto a cruzarla. Porque esperar indefinidamente a que llegue el momento perfecto puede convertirse en una forma de no tomar nunca la decisión. En política exterior siempre existirán riesgos, especialmente cuando está implicado Marruecos. Pero también los tiene la ausencia.
Ceuta y Melilla no necesitan que la Corona aparezca únicamente cuando la crisis obliga a mirar hacia ellas. Necesitan una presencia normalizada, precisamente porque son territorios españoles.
Si Felipe VI finalmente viaja, el gesto será mucho más que una fotografía. Será una manera de responder a una cuestión que la crisis migratoria ha hecho imposible seguir esquivando: si España quiere defender su presencia en Ceuta y Melilla, también debe estar dispuesta a demostrarla. @mundiario