Hay una paradoja en la economía mexicana que cada año resulta más difícil pasar por alto. México nunca había estado tan integrado con Estados Unidos como ahora. Sin embargo, una parte importante de los componentes, la tecnología, el capital y las cadenas de suministro que sostienen su industria llega desde el otro lado del mundo. Desde Asia.
Washington quiere un hemisferio menos expuesto a China. México, por razones evidentes, necesita preservar su acceso al mercado estadounidense. Pero mientras la política intenta conciliar ambas cosas, las empresas mexicanas llevan tiempo conviviendo con esa realidad: el vínculo económico con Asia es mucho mayor de lo que suele reconocerse en el debate público.
Por eso, plantear la próxima década como una elección entre Estados Unidos y Asia sirve de poco. México no está realmente ante esa elección. Lo que sí tendrá que decidir es hasta dónde quiere llevar su relación con Asia sin poner en riesgo el activo económico que supone su integración norteamericana.
Ahí, creo, hay una oportunidad considerable.
México mira al norte, pero compra cada vez más en Asia
Los datos ayudan a entenderlo. En 2025, México importó alrededor de 664 mil millones de dólares en mercancías. Estados Unidos representó aproximadamente el 37,6% del total y China algo más del 20%. Japón aportó cerca del 2,8%; Malasia, el 2,4%; y Tailandia, alrededor del 2%. Corea del Sur y Vietnam figuran también entre los proveedores asiáticos relevantes.
Tomada en conjunto, Asia ya supera a América del Norte como origen de las importaciones mexicanas.
México sigue vendiendo, sobre todo, hacia el norte. Pero muchos de los insumos que permiten producir esas exportaciones vienen de Asia. Demanda estadounidense, componentes asiáticos, producción mexicana. Buena parte del modelo industrial del país funciona hoy sobre esa combinación.
Ha funcionado bien. También genera dependencias que México tendrá que gestionar con más cuidado.
La Doctrina Donroe entra en la ecuación
La segunda administración Trump ha hecho explícita una idea que en Washington lleva mucho tiempo presente: Estados Unidos considera el hemisferio occidental un espacio estratégico y no quiere que potencias externas consoliden posiciones que puedan comprometer sus intereses económicos o de seguridad.
La propia administración ha hablado del “Trump Corollary” de la Doctrina Monroe y ha utilizado el término “Donroe Doctrine”. En esa visión renovada del hemisferio, China ocupa inevitablemente un lugar central.
Y México se encuentra en una posición especialmente delicada.
Las conversaciones relacionadas con la revisión del T-MEC en 2026 muestran hasta qué punto ha cambiado la discusión. Washington ya no habla únicamente de aranceles o acceso a mercado. Habla de seguridad económica, reglas de origen, automóviles, acero, aluminio y cadenas de suministro. También insiste en impedir que terceros países aprovechen indirectamente las ventajas del mercado norteamericano sin asumir las obligaciones que acompañan al acuerdo.
No es difícil entender a qué países dirige principalmente esa preocupación.
México ya ha respondido en parte. Desde el 1 de enero de 2026 entraron en vigor nuevos aranceles para 1.463 fracciones de productos procedentes de países con los que México no tiene un acuerdo comercial internacional. Varias economías asiáticas están entre las afectadas, aunque el Gobierno mexicano ha insistido en que la medida no está dirigida contra un país específico.
Para Washington es una señal importante. Para México, sin embargo, queda pendiente una cuestión bastante más amplia: cómo reducir determinados riesgos sin limitar innecesariamente su relación con una región que será esencial para su crecimiento.
Asia no es solamente China
Ese matiz importa.
Asia no puede tratarse como un único bloque económico. Las relaciones que México mantiene (podría mantener) con Japón, Corea del Sur, India, Vietnam, Malasia o China son muy distintas entre sí.
Japón lleva décadas siendo un inversor industrial importante en México y tiene una presencia especialmente sólida en el sector automotriz. Corea del Sur pesa cada vez más en tecnología, electrónica y componentes. Vietnam, Malasia y Tailandia forman parte de cadenas de suministro estrechamente vinculadas al mercado norteamericano.
India sigue siendo una relación mucho menos desarrollada. Entre enero y junio de 2026, México importó de India unos 5.130 millones de dólares y exportó cerca de 1.470 millones. El desequilibrio es evidente. Y también lo es el margen para que la relación crezca.
Y China seguirá ocupando un lugar propio. La relación económica entre ambos países es demasiado profunda para reducirla a una discusión sobre alineamientos políticos.
México necesita, por tanto, una política asiática que haga esas distinciones. Reducir una dependencia concreta no obliga a reducir la relación con todo un continente.
Brasil ofrece algunas pistas, aunque México juega con otras cartas
También vale la pena mirar lo que han hecho otras economías latinoamericanas, empezando por Brasil.
China es el principal socio comercial brasileño desde 2009. En 2024, el comercio bilateral rondó los 158 mil millones de dólares y aproximadamente el 28% de las exportaciones brasileñas tuvo como destino el mercado chino.
Chile y Perú, por su parte, llevan años construyendo vínculos comerciales con distintas economías asiáticas.
No todo lo que funciona para Brasil sirve para México. Sus economías tienen estructuras distintas y también lo son sus posiciones internacionales.
La relación brasileña con Asia se apoya en una capacidad extraordinaria para exportar alimentos, energía y materias primas: soya, mineral de hierro, petróleo y muchos otros productos que los mercados asiáticos necesitan a gran escala. Esa base económica ha dado a Brasil una posición especialmente fuerte en su relación con China y con el Sur Global.
México dispone de otra ventaja: una industria manufacturera sofisticada situada al lado de Estados Unidos y profundamente integrada en la economía norteamericana.
Brasil llega a Asia principalmente desde la fuerza de sus recursos naturales y de su agroindustria. México puede hacerlo desde la manufactura, la integración productiva y el acceso privilegiado al mercado estadounidense.
Son modelos diferentes. Precisamente por eso resulta interesante compararlos.
Después del nearshoring
Durante los últimos años, México ha hablado mucho de nearshoring. Con razón. Pero el concepto describe solo una parte de lo que está ocurriendo.
El atractivo de México no consiste únicamente en trasladar producción estadounidense más cerca de Estados Unidos. El país también puede integrar tecnología, proveedores, componentes y capital de distintos mercados para producir dentro de Norteamérica.
Quizá sea más útil empezar a pensar en términos de multishoring.
Una planta mexicana puede trabajar con capital estadounidense, tecnología japonesa, electrónica coreana, componentes producidos en el Sudeste Asiático y servicios desarrollados en India. China seguirá formando parte de muchas de esas cadenas. Y el producto final puede fabricarse en México para el mercado norteamericano.
Eso ya ocurre. La cuestión es si México quiere convertirlo conscientemente en una estrategia.
Para hacerlo tendría que dejar de relacionarse con Asia casi exclusivamente como fuente de importaciones. Asia es también inversión, tecnología, mercados de exportación y, cada vez más, poder económico y político.
La asignatura pendiente es exportar más
Aquí está probablemente uno de los puntos débiles de la relación.
México compra muchísimo en Asia, pero vende bastante menos.
Japón, Corea del Sur, India, los países del Sudeste Asiático y la propia China podrían tener mucho más peso como destinos para productos mexicanos: alimentos, autopartes, manufactura avanzada, aeroespacial, dispositivos médicos, servicios digitales, industrias creativas, turismo y marcas mexicanas con valor agregado.
México tiene además una ventaja poco común. Cualquier empresa asiática que produzca en el país puede operar desde una plataforma industrial estrechamente conectada con Estados Unidos.
México debería intentar aprovechar esa ventaja en las dos direcciones: no solo para atraer inversión asiática interesada en América del Norte, sino también para construir empresas mexicanas capaces de mirar con mayor ambición hacia los mercados asiáticos.
Japón, la relación más madura
Si México busca un socio asiático con capital de largo plazo, experiencia industrial y tecnología, Japón es probablemente el punto de partida más natural.
Los dos países forman parte del CPTPP y las compañías japonesas producen en México desde hace décadas. La relación tiene además una base industrial real, algo que no siempre ocurre cuando se habla de nuevas alianzas estratégicas.
Automoción de nueva generación, baterías, robótica, semiconductores, energía, infraestructura y manufactura avanzada son áreas donde todavía hay mucho espacio.
No hace falta inventar la relación. Ya existe. Lo que falta es llevarla a otra escala.
Corea del Sur tiene todavía mucho recorrido
Con Corea del Sur ocurre algo distinto.
México ya consume una enorme cantidad de tecnología y productos coreanos. Sería lógico que una mayor parte de esa relación terminara convirtiéndose en producción, investigación y desarrollo dentro de México.
Electrónica, baterías, vehículos eléctricos y equipamiento relacionado con la inteligencia artificial son ámbitos evidentes.
En los próximos años, la zona industrial que conecta México con Estados Unidos puede ganar todavía más importancia dentro de las cadenas tecnológicas globales. Las empresas coreanas deberían tener un papel importante en ese proceso.
India sigue siendo la gran relación por desarrollar
India merece más atención de la que recibe actualmente en México.
No solo por el tamaño de su mercado. También por su posición en industrias donde México tiene intereses claros: farmacéutica, tecnologías de la información, servicios digitales, automoción, química, aeroespacial y agroindustria.
Los dos países son grandes economías emergentes, pero la relación sigue siendo relativamente limitada para su tamaño.
Hay aquí bastante trabajo por hacer, y probablemente también algunas de las oportunidades menos exploradas de la política económica exterior mexicana.
Y luego está el Sudeste Asiático
México tampoco debería perder de vista una región que está adquiriendo cada vez más peso: el Sudeste Asiático.
Vietnam, Indonesia, Malasia, Tailandia, Singapur y Filipinas forman parte de algunas de las cadenas productivas más dinámicas del mundo.
En ciertos sectores compiten directamente con México por inversión orientada al mercado estadounidense. Pero quedarse únicamente con esa lectura sería demasiado simple.
Singapur tiene capital y servicios financieros. Vietnam y Malasia cuentan con cadenas industriales muy desarrolladas. Indonesia combina un mercado enorme con recursos estratégicos. Tailandia tiene una larga experiencia en manufactura y automoción.
En algunos sectores competirán con México. En otros pueden convertirse en proveedores, inversores o socios.
Ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.
México no necesita escoger
La relación con Estados Unidos seguirá marcando la economía mexicana. Ninguna estrategia seria puede ignorar la geografía, el volumen del comercio bilateral o décadas de integración industrial.
Tampoco tendría sentido que México intentara tomar distancia de un mercado al que debe buena parte de su éxito exportador.
Pero de ahí no se desprende que deba mirar menos hacia Asia.
En las próximas décadas, una parte creciente de la tecnología, el capital, la producción industrial y el consumo mundial estará allí. Japón, Corea del Sur, India, el Sudeste Asiático y China tendrán un peso enorme en la economía internacional, aunque cada uno de manera distinta.
México puede profundizar esas relaciones sin cuestionar su pertenencia económica a Norteamérica.
De hecho, su posición dentro de Norteamérica es precisamente una de las razones por las que puede resultar tan atractivo para Asia.
¿México hacia el Siglo Asiático?
Sí, aunque seguramente de una manera muy mexicana.
No alejándose de Estados Unidos, sino aprovechando su integración con Estados Unidos para tener una posición más fuerte frente a Asia.
Esa diferencia es importante.
México tiene la posibilidad de ser uno de esos pocos países que funcionan realmente entre dos grandes espacios económicos. Su industria está integrada con Norteamérica, mientras una parte creciente de sus insumos, su tecnología y su inversión procede de Asia.
Lo que todavía falta es convertir esa realidad económica en una estrategia más consciente.
Brasil y otros países latinoamericanos demostraron hace tiempo que mirar hacia el Pacífico no exige abandonar las relaciones tradicionales. México puede hacerlo a su manera y con una ventaja que le pertenece casi exclusivamente: una plataforma industrial avanzada situada en América del Norte.
Durante buena parte del siglo XX, la geografía mexicana parecía obligar al país a mirar casi siempre hacia el norte.
Hoy esa misma geografía puede ser su mejor argumento para mirar también hacia el Pacífico.