Este mes de abril se celebra a las infancias, por ello en mis columnas del mes quiero invitar a imaginar cómo debieron haberse divertido los niños de otros tiempos en nuestra ciudad. Es así que a manera de cuento quiero compartir con usted de la vez que el gran circo Orrin visitó nuestra ciudad en tiempos de Don Porfirio. Ojalá también pueda recordar de las veces que usted llegó a visitar el circo y le pueda contar a los más jóvenes de la casa por aquellos días.
Nuestra historia comienza con dos hermanitos que vivían en la fronteriza Ciudad Juárez hace más de cien años, por allá de 1898, cuando estaba a punto de acabarse el siglo. Adela y Fermín se divertían jugando en la calle de tierra correteando las carretas y alguna que otra bicicleta que pasaba. Ella de seis años y él de ocho apenas estaban aprendiendo a vivir en una ciudad que había recibido tal nombramiento diez años antes. Su padre era agricultor de hortalizas, mientras que su madre se dedicaba a ordeñar a Clotilde, una vieja vaca que apenas les daba para unos cuantos quesos.
Imagínese la vida para esos momentos, la gente trataba de vivir muy tranquila con lo que la tierra les daba. Con decirles que Fermín apenas si se preocupaba por estudiar, aunque ya sabía el alfabeto y reconocía los letreros de la calle principal. Prácticamente todas las familias se conocían y mejor aún, casi todos los chiquillos que se juntaban por las tardes para ir al río eran parientes en algún nivel. Las abuelas para identificarlos siempre preguntaban por el apellido de las criaturas y hábilmente reconocían todo su árbol genealógico. De esa manera, el tiempo parecía pasar muy lento por ese terruño.
Las noticias y cosas importantes se esparcían muy rápido, pronto todo mundo se enteraba de las novedades que se tenían. Desde las fiestas patronales, la feria o algún artista vagabundo que llevara diversión por los pueblos. Y por supuesto una de las grandes atracciones era el circo. En el país varias compañías ya recorrían el territorio en busca de nuevos poblados para presentarse, siendo que muchos de sus artistas provenían del extranjero.
Un día de verano una locomotora singular arribó a la estación de Juárez. Digo singular pues no llevaba los viajeros habituales, sino que aquellos vagones de carga y pasajeros llevaban al gran Circo Orrin, fundado por unos hermanos que provenían de Inglaterra, en Europa, y que crearon uno de los espectáculos más populares en aquella época. Los carros del tren se fueron desmontando para dar paso a la carpa gigante junto con trapecistas, equilibristas, contorsionistas y claramente con los payasos. Las calles pronto se empezaron a llenar de afiches y volantes que promocionaban la nueva gran atracción para chicos y grandes. Definitivamente, nadie en Ciudad Juárez se lo quería perder.
Fermín y Adela fueron de los primeros en darse cuenta de ese ferrocarril y atentos siguieron todo el montaje en un solar muy cerca de la estación. Decidieron escabullirse por la mañana, antes de la primera función, entre las carpas y camerinos provisionales de los artistas. Aquellos dos traviesos buscaban conocer todos los secretos detrás. De esa manera llegaron a una carpa muy especial, pues pronto se dieron cuenta que era la de un payaso. No dudaron en probarse alguno de esos trajes rimbombantes y pintarse con algo del maquillaje que encontraron. De pronto, escucharon unas risas que se acercaban.
“¡Atrapados!”, se escuchó cuando los pequeños voltearon para toparse con un payaso de verdad. Era nada más y nada menos que el gran Ricardo Bell, personaje tan icónico y de un gran humor que lo único que hizo fue darles la bienvenida y regalarles cuatro boletos para la función inaugural. Esa fue la gran oportunidad en que Fermín y Adela rieron junto a toda la ciudad gracias a ese payaso inglés.