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Mundiario 06 Apr, 2026 09:15

La larga crisis europea: cuando la economía se impone a la política

Si realmente se quieren encontrar las auténticas razones de la larga crisis que viene arrastrando la Unión Europea hay que retroceder casi dos décadas y regresar a la gran recesión de 2007-2008 cuando la economía se impuso a la política y los mercados financieros pasaron a marcar las prioridades europeas.

            Una gran recesión que comenzó con una crisis financiera provocada por la inmensa avaricia de unos grandes bancos que habían asumido enormes riesgos -elevado apalancamiento, crecimiento suicida de “la banca en la sombra”, multitud de activos tóxicos y de productos financieros sofisticados- que llevaron a la implosión de una enorme burbuja que estalló provocando una gran crisis bancaria que, por caso, se llevó por delante al gigantesco Lehman Brothers. Una crisis que llevó a la mayoría de los gobiernos europeos y a las propias autoridades comunitarias a salir al “rescate de la banca” con el argumento de que salvarla era salvar a la economía y a la Unión Europea.

Una decisión que puso de manifiesto el enorme poder que la banca tiene en Europa pues este rescate consistió en destinar una enorme cantidad de recursos públicos al saneamiento de unos balances que se habían desequilibrado por la abundancia de activos tóxicos en los mismos. Aunque las cifras exactas de este coste nunca se sabrán la Comisión Europea señalaría que a la altura de 2015 se habían inyectado casi 750.000 millones de euros en diferentes formas de paquetes de rescate, a mayores de 1,2 billones de euros en garantías sobre pasivos. Cantidades que en una gran parte no serían recuperadas y que a nivel de los estados de la Unión supusieron unas pérdidas de recursos públicos estimadas en 213.000 millones de euros.  

Hegemonía del aparato financiero especulativo

            Unos rescates que, además de disparar las deudas públicas de la mayoría de los estados miembros de la eurozona -fueron aquellos los que las dispararon y no el que “estuviéramos viviendo por encima de nuestras posibilidades”-, se vieron acompañados por la imposición -pues de eso se trató, de una imposición: recordemos lo sucedido con Grecia (2015)- de una serie de políticas de ajuste fiscal y de rebajas salariales -”austericidio”- que lejos de favorecer la recuperación de las economías europeas las llevó a entrar en una senda de recesión y bajo crecimiento económico en la que todavía transitan (2026). No podía ser de otra forma, ya que en todo este tiempo, y a pesar de algunas medidas excepcionales        -como la expansión cuantitativa del BCE (2015) o las medidas tomadas para compensar los efectos de la pandemia (2020)- las autoridades europeas mantuvieron -con honrosas excepciones como el caso del gobierno español actual- los dogmas de la austeridad compulsiva reflejadas, por ejemplo, en la perseverancia en unas reglas fiscales austeras a pesar de los continuos fracasos de las mismas.

            Para entender mejor esta serie de desatinos, que llevaron a la Unión Europea a la situación en que actualmente se encuentra, hay que saber que las decisiones tomadas responden a una evidencia: que en la UE la economía se impuso a la política. Que en este nuevo marco de liderazgo de la economía son los mercados financieros, ahora apoyados por las grandes tecnológicas que les permiten una mayor aceleración y un más corto plazo de las operaciones, quienes llevan el timón de la política como resulta fácil de comprobar por hechos como los siguientes. 

            Seguramente que el primer indicio vino marcado por el destino que los grandes bancos europeos dieron a los dineros procedentes primero de los rescates y posteriormente de la “liquidez expansiva” seguida por el BCE. En ninguno de los casos esos dineros se destinaron a facilitar créditos para mejorar la financiación de, por ejemplo, las familias y las pequeñas y medianas empresas, para así recuperar la demanda y volver a la senda del crecimiento económico y la creación de empleo. Los grandes bancos, y también las grandes empresas, aprovecharon la abundancia de liquidez a muy bajo precio para ajustar balances e incrementar el valor de las acciones mediante la compra y venta de las mismas, lo que permitió jugosas ganancias a directivos y accionistas. Esta abundancia de liquidez también fue aprovechada para emprender nuevas aventuras financieras especulativas utilizando, como decía antes, las mayores posibilidades que abrieron las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.

            Se produjo así una aún mayor “financiarización” de la economía europea mientras la producción seguía en caída libre. Una “financiarización” de la economía que se trasladó a las políticas públicas de la UE, que giran en función de lo que le mandan unos mercados financieros que, como se sabe, son altamente sensibles y están siempre al borde del colapso. Al mismo tiempo esta financiarización de la economía, a la que están colaborando las grandes tecnológicas, está provocando una fuerte desindustrialización -ahí tenemos el caso de Alemania-: un desmantelamiento progresivo de las funciones públicas de bienestar, una caída de los salarios medios reales, un alza paralela de la desigualdad, un acentuamiento de la crisis energética y una crisis ambiental galopante.

Las guerras que agravan la situación  

          Por si todo esto no fuera suficiente, llega la invasión rusa de Ucrania (2022) y el estallido de una nueva guerra en Europa. Una guerra imperialista frente a la que los dirigentes europeos se muestran divididos e incapaces de presentar una estrategia europea de paz -que necesariamente será a cambio de territorio-, pareciendo olvidar que la Unión Europea nació precisamente para eso: para evitar las guerras en su territorio. Olvidando además que Rusia, a pesar de Vladimir Putín, también forma parte de Europa. Una guerra que a la Unión Europea le está provocando graves problemas políticos internos que ponen en riesgo su estabilidad, una mayor dependencia energética de los Estados Unidos, un acentuamiento de la recesión económica en la mayoría de sus miembros -muy destacada en su viejo motor: Alemania-, y un agravamiento de la crisis ambiental. Se añade a nivel externo una creciente irrelevancia en el escenario internacional y una mayor dependencia de unos Estados Unidos que, por si no fuera suficiente, cuentan con una Presidencia que la desprecia y la ignora.

            Si analizamos la presente situación vemos a una Unión Europea que en asuntos claves para la economía de hoy en día -energía, industria, tecnología, seguridad-, aparece en una situación de total dependencia bien de los Estados Unidos, bien de China e incluso de Rusia. Por si no fueran suficientes los problemas, esta situación de decadencia viene acompañada de un paralelo auge de las fuerzas políticas de extrema derecha en la mayoría de los estados miembros. Un auge que ataca al corazón de la propia Unión Europea, a su razón de ser.

La destrucción del orden mundial de Trump daña fuertemente a Europa

            Y en estas aparece Donald Trump (2024) al frente de una oligarquía que quiere romper el orden mundial creado a lo largo de las décadas transcurridas desde la II guerra mundial. Un Donald Trump que si, por una parte, se encuentra con una China que lo estaba esperando y que se muestra capaz de hacerle frente obligándolo a retroceder, por otra mira con desprecio a una Unión Europea que no parece capaz de hacerse respetar: ahí tenemos como ejemplo el infame tratado comercial firmado por ambas partes, ahora temporalmente congelado.  

            Hasta aquí, y de una forma obligadamente resumida, por razones obvias, las bases que explican esta larga crisis que castiga a Europa y a la que, en el corto plazo no se le ve salida a pesar de las buenas intenciones del gobierno español y su líder Pedro Sánchez, al que el tiempo y los hechos le están dando la razón. Algo que cada vez más correligionarios -Von der Leyen, Costa, Meloni, Macrón, Starmer, Merz- empiezan a reconocer al tiempo que declaran sumarse a su causa. Ahí tenemos el amplio consenso en relación a que la guerra con a Irán no es una guerra de Europa, y/o el no permitir el uso de las bases militares estadounidenses en territorio europeo. Podría ser un indicio de que las cosas empiezan a cambiar, para bien, en la Unión Europea. 

            Está difícil. Son muchas las inercias, muy poderosas las fuerzas contrarias y muy débiles las armas ideológicas y políticas. Como en la mitología, Europa ha vuelto a ser raptada, esta vez por los mercados financieros y las grandes tecnológicas que la han puesto a su servicio. @mundiario
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