La guerra en Oriente Medio ha entrado en una nueva fase marcada por la expansión del conflicto más allá de los frentes tradicionales. Irán ha intensificado su estrategia ofensiva dirigiendo ataques contra infraestructuras críticas en los países del Golfo Pérsico, aliados de Estados Unidos, en respuesta directa al ultimátum lanzado por Donald Trump para reabrir el estrecho de Ormuz y forzar un acuerdo.
En las últimas horas, instalaciones energéticas y servicios esenciales han sido alcanzados en varios puntos de la región. Kuwait confirmó incendios en complejos petroleros tras incursiones de drones, mientras que en Baréin y Emiratos Árabes Unidos también se registraron daños en plantas petroquímicas. Especialmente preocupante ha sido el impacto sobre infraestructuras civiles sensibles: en Kuwait, dos plantas desalinizadoras —clave para el abastecimiento de agua potable— resultaron afectadas, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de un sistema del que depende la supervivencia cotidiana de la población.
Aunque las autoridades locales han tratado de minimizar el alcance de los daños, diversas informaciones apuntan a víctimas mortales y heridos, además de importantes destrozos materiales. La ofensiva iraní no es puntual: desde el inicio de la guerra, hace más de cinco semanas, Teherán ha lanzado miles de drones y misiles hacia la región, en una campaña sostenida que combina presión militar y mensaje político.
Pese a la magnitud de los ataques, la respuesta de las monarquías del Golfo ha sido, hasta ahora, de contención. Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Baréin, Kuwait y Omán —todos ellos con distintos grados de relación con Washington— han evitado represalias directas contra Irán. Este cálculo responde a un delicado equilibrio: dependen de la protección militar estadounidense, pero al mismo tiempo buscan no convertirse en objetivo prioritario de una escalada mayor.
Las diferencias internas, sin embargo, son evidentes. Países como Emiratos Árabes Unidos y Baréin, que normalizaron relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham, mantienen una posición más dura frente a Teherán. En cambio, Qatar y Omán continúan apostando por la mediación diplomática, conscientes del coste que tendría una guerra abierta en la región.
El trasfondo estratégico es claro. Al golpear infraestructuras energéticas y de agua, Irán no solo daña la capacidad operativa de sus vecinos, sino que envía un mensaje directo a Estados Unidos e Israel: puede desestabilizar el corazón económico del Golfo sin necesidad de un enfrentamiento frontal. Las plantas desalinizadoras, que suministran la mayor parte del agua potable en estos países, se han convertido en un punto especialmente sensible. La región concentra cerca de la mitad de la producción mundial de agua desalinizada, lo que convierte cualquier ataque en una amenaza de gran alcance humanitario.
Al mismo tiempo, el bloqueo del estrecho de Ormuz sigue condicionando el tablero. Ante este escenario, las petromonarquías estudian acelerar proyectos de rutas alternativas para exportar hidrocarburos sin depender de este paso estratégico controlado por Irán. Sin embargo, estas soluciones requieren tiempo, y mientras tanto, la exposición a nuevos ataques sigue siendo elevada.
Más allá de los daños materiales, la ofensiva iraní está teniendo un efecto menos visible pero igual de relevante: erosionar la imagen de estabilidad del Golfo como refugio seguro para inversiones y trabajadores extranjeros. Aeropuertos, zonas residenciales y complejos turísticos han sufrido impactos, cuestionando la narrativa de seguridad que durante años atrajo capital internacional.
En este contexto, la contención de los países del Golfo puede interpretarse de dos maneras: como una muestra de debilidad ante la creciente capacidad de influencia de Irán o como una estrategia calculada para evitar una guerra que no han provocado pero que padecen en primera línea. Mientras tanto, Teherán consolida su papel como actor central del conflicto, capaz de golpear, resistir y negociar desde una posición de fuerza en una región cada vez más volátil. @mundiario