La guerra entre Irán, EE UU e Israel ha entrado en una fase decisiva donde la diplomacia parece perder terreno frente a la presión militar. La negativa de Teherán a aceptar un alto el fuego temporal, planteado como primer paso hacia una desescalada, evidencia las discrepancias estructurales. Mientras Washington busca soluciones graduales, Irán exige garantías inmediatas y definitivas.
En este contexto, la postura del presidente Donald Trump marca un giro aún más agresivo. “Podemos destruir el país en una noche, y esa noche puede ser mañana”, ha dicho el republicano en una rueda de prensa con altos mandos militares de EE UU, en la que sacó pecho por el rescate hollywoodense de los soldados estadounidenses derribados en Irán. El mandatario calificó la propuesta alterna de Teherán como un “paso significativo, pero no suficiente”, aunque ha reconocido que cree que las autoridades al frente del régimen iraní “están negociando de buena fe”, aunque ha reiterado su amenaza con destruir toda la infraestructura civil del país.
El plan impulsado indirectamente por Washington, con mediación de Pakistán, proponía una tregua inicial de 45 días como mecanismo para ganar tiempo y abrir negociaciones más amplias. Sin embargo, Teherán lo ha rechazado por considerarlo insuficiente. El impasse mantiene el bloqueo en las negociaciones, y Trump ha asegurado que, si se llega al final del ultimátum sin avances, cada central eléctrica o puente “quedará diezmado para la medianoche del martes”.
La contraoferta iraní plantea condiciones mucho más ambiciosas, entre ellas un acuerdo de paz integral que incluya garantías de no agresión, levantamiento de sanciones, compensaciones económicas y un protocolo de seguridad en el estratégico estrecho de Ormuz. Este punto es clave, el control de esta vía marítima, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial, otorga a Irán una poderosa carta geopolítica.
La escalada militar como telón de fondo
El choque entre ambas propuestas revela una incompatibilidad de fondo. Para Washington, una tregua temporal permite gestionar riesgos; pero Irán insiste en que, aceptar una pausa sin garantías estructurales implica aceptar una condición de debilidad. Trump también ha asomado sus pretensiones de hacerse con el control de la industria petrolera iraní. “Al ganador, los despojos”, sentenció Trump.
Mientras la negociación se estanca, la realidad sobre el terreno avanza en sentido contrario. Israel ha intensificado sus ataques sobre infraestructuras críticas iraníes, incluyendo el complejo gasístico de Pars Sur, considerado el mayor yacimiento de gas natural del mundo, que además comparte con Qatar, uno de los principales productores.
Estos ataques no solo buscan debilitar la capacidad económica iraní, sino también aumentar la presión interna sobre el régimen. Sin embargo, el efecto puede ser el contrario que cohesione los resortes estatales de la República Islámica ante la narrativa de resistencia en Teherán y endurecer su posición negociadora.
Las cifras de víctimas —con miles de muertos y una proporción significativa de civiles— agravan el coste humanitario y elevan el riesgo de una escalada regional. Teherán sigue atacando las infraestructuras críticas y energéticas de sus vecinos en el Golfo Pérsico, mientras se vale de los ataques de sus aliados de Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen.
Trump mantiene la presión sobre Irán
La retórica de Trump mantiene la volatilidad en las negociaciones. Su negativa a prolongar el plazo y su disposición a atacar infraestructuras civiles, aunque controvertida desde el punto de vista del derecho internacional, responde a una lógica de presión máxima.
Esta estrategia busca forzar una capitulación rápida, pero también conlleva riesgos evidentes. Una acción militar de gran escala podría desencadenar respuestas asimétricas de Irán, desde el cierre del estrecho de Ormuz hasta ataques indirectos a intereses estadounidenses en la región.
La guerra, que ya supera el mes de duración, ha evolucionado hacia un modelo de “guerra híbrida” donde confluyen operaciones militares, presión económica y guerra psicológica. En este escenario, la diplomacia no ha desaparecido, pero opera bajo una presión sin precedentes.
Irán, por su parte, insiste en que negociar bajo amenaza es incompatible con cualquier acuerdo sostenible. Desde su perspectiva, aceptar el ultimátum equivaldría a institucionalizar un precedente de coerción. @mundiario