No es casualidad que, coincidiendo con cuatro compatriotas astronautas a punto de hurgar en el lado oculto de luna, a Donald Trump le haya alcanzado el irresistible influjo que le inspiró a Julio Verne su viaje literario a ese satélite. No es casualidad que, así, a bote pronto, al menos por un día, The President of United States of América haya cambiado el lanzamiento de misiles por el lanzamiento de twits y la táctica del ¡uno de los dos sobra en este planeta, forasteros!, por la sutil iniciativa diplomática del ¡abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! La luna es lo que tiene, oye, esa polivalencia que lo mismo inspira aullidos de animales, noches de miel entre enamorados, leyendas de hombres lobo, pequeños pasos para astronautas, pero grandes pasos para la humanidad e incluso diagnósticos coloquiales para psiquiatras impacientes: ¡es usted un lunático, oiga!
El problema de Trump, es que es muy consciente de lo mucho que está perjudicando lo del estrecho de Ormuz a la salud económica de su pueblo, pero, salvo unos cuantos, que ya no están ni se les espera, nadie se atreve a insinuarle lo mucho que su estrechez de mente (o demente, ¡vaya usted a saber!) está perjudicando seriamente la salud de la humanidad. Este señor, es que acierta menos en cada declaración, en cada amenaza, en cada twit, que el mismísimo Tezanos en cada encuesta del CIS, oye. Lleva días anunciando que va ganando la guerra y, ya ves, cada día la gana un poco menos que el día anterior y un poco más que el día siguiente.
Es que está a muchas cosas al mismo tiempo, hombre. Tan pronto atiende a una llamada de Tiger Wood, ¡Helo, Presi!, para que aparte de él ese cáliz de una detención por otra infracción de tráfico; que hace una criba de exmujeres y exhombres de su confianza; que lanza unas bolas de golf entre misil y misil; que propone que su rostro aparezca en los nueves billetes de 100 dólares (prerrogativa reservada a presidentes que ya no estén en activo) y que, al menos, no ha tenido la osadía de proponerlo para los billetes de a dólar, ya sabes, en el que aparece el lema que acuñó Eisenhower In God Trust (En Dios Confiamos) que, en el caso del actual sucesor del 34º inquilino de la Casa Blanca, ya no sería un lema, sino un meme, un zasca, un cachondeo mundial.
Ahora mismo, francamente, ya no tiene uno claro quien está en la luna. Dicen las crónicas que cuatro astronautas genuinamente americanos, oye, a pesar de que todavía persiste la duda de que Neil Armstrong alunizase o montase un paripé en un decorado de cartón piedra. Lo único que ahora mismo tiene meridianamente la humanidad, es que es Donal Trump el que está en la Luna y Jameneí (o lo que quede de él, vamos) y los astronautas de su Guardia Republicana Islámica, los que están en órbita alrededor de la Media Luna. Ni en la una ni en la otra, ni están, ni se espera que estén de luna o de media luna de miel. @mundiario