El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a situar la carrera espacial en el centro de su agenda política con un doble movimiento que ha generado debate: reivindicar el éxito de la misión tripulada Artemis 2 y, al mismo tiempo, proponer nuevos recortes en el presupuesto científico sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial.
La aparente contradicción define la estrategia del mandatario: reducir el tamaño del Estado mientras capitaliza políticamente los logros impulsados por ese mismo aparato público. “En mi primera legislatura tuve que decidir qué hacer con la NASA, cerrarla o resucitarla”, afirmó Trump ante los astronautas de Artemis 2, tras completar la primera misión tripulada alrededor de la Luna en más de medio siglo.
La Luna como bandera política
El programa Artemis se ha consolidado como uno de los pilares del relato político de Trump. Concebido como una evolución de proyectos anteriores, su objetivo es devolver a Estados Unidos a la superficie lunar y establecer una presencia permanente.
La misión Artemis 2 ha marcado un hito: sus tripulantes han sido los primeros en observar amplias zonas de la cara oculta de la Luna y en alcanzar la mayor distancia recorrida por humanos en el espacio. Sin embargo, el calendario se ha ido retrasando: el aterrizaje previsto inicialmente para 2024 se sitúa ahora en 2028, con planes que incluyen bases permanentes en 2032 y una futura explotación de recursos.
Este impulso responde también a la competencia estratégica con China, a la que Trump ha señalado como rival directo en la carrera espacial. “Nunca seremos los segundos”, ha reiterado el presidente.
Un presupuesto expansivo… con recortes históricos
El proyecto presupuestario para 2027 presentado por la Casa Blanca contempla 8.500 millones de dólares para Artemis, garantizando financiación para módulos de aterrizaje, trajes espaciales y sistemas de soporte en la superficie lunar. También se incluye una nueva partida para misiones robóticas destinadas a preparar futuras colonias.
Sin embargo, este impulso contrasta con un recorte global del 23% en el presupuesto de la NASA, con especial impacto en su área científica: 3.400 millones de dólares menos, lo que supone reducirla a la mitad y cancelar más de 40 misiones consideradas de “baja prioridad”.
El ajuste forma parte de una estrategia más amplia que afecta a otras agencias clave, como la Fundación Nacional de Ciencias y la Agencia de Protección Ambiental, cuyos presupuestos podrían caer más de un 50%. Los Institutos Nacionales de Salud también sufrirían un recorte del 13%.
Críticas y advertencias del sector científico
La propuesta ha generado una fuerte reacción en la comunidad científica. La Sociedad Planetaria ha advertido de que los recortes suponen “una amenaza existencial” para el liderazgo estadounidense en ciencia y exploración espacial.
La organización ha instado al Congreso a rechazar el plan y ha lanzado una campaña para “salvar la ciencia” en la NASA. Desde la llegada de Trump al poder, la agencia ha perdido uno de cada cinco trabajadores, en un contexto marcado por políticas de reducción del gasto público.
Incertidumbre tecnológica y dependencia del sector privado
El éxito del programa Artemis depende en gran medida del desarrollo de tecnologías clave por parte del sector privado. Empresas como SpaceX y Blue Origin compiten por convertirse en los principales contratistas de la NASA para los módulos de aterrizaje lunar.
No obstante, ambas compañías aún se enfrentan a desafíos técnicos significativos, lo que añade incertidumbre al calendario del programa. La próxima misión, Artemis 3, deberá probar el acoplamiento de la nave Orion con estos sistemas, un paso crítico para lograr el regreso a la superficie lunar.
Entre la geopolítica y la ciencia
El impulso espacial se produce en un contexto internacional complejo. Al igual que ocurrió en 1968 con la misión Apolo 8 en plena guerra de Vietnam, el nuevo hito coincide con un escenario de conflicto, en este caso la guerra con Irán.
La incógnita es si la exploración lunar podrá cumplir un papel simbólico de unidad global o si quedará eclipsada por las tensiones geopolíticas. La NASA aspira a lo primero, pero el enfoque político del proyecto introduce dudas sobre su alcance.
El papel decisivo del Congreso
Pese a la ambición del plan, su viabilidad depende del Congreso estadounidense, que ya ha rechazado propuestas similares en el pasado reciente. En 2026, los legisladores restauraron la financiación científica que la Casa Blanca pretendía recortar.
El nuevo presupuesto se presenta, por tanto, como un punto de partida en unas negociaciones que podrían prolongarse hasta el inicio del año fiscal en octubre de 2027.
Un modelo en disputa
La estrategia de Trump evidencia una tensión de fondo: apostar por grandes proyectos emblemáticos como la vuelta a la Luna mientras se recorta el ecosistema científico que los sustenta.
El resultado es un modelo en disputa, donde la ambición geopolítica y tecnológica convive con un ajuste estructural que, según sus críticos, podría comprometer el liderazgo científico de Estados Unidos a largo plazo. @mundiario