La frase no es metáfora. Es literal.
“No puedo caminar”.
Lo dice Édgar Cruz Luján, atleta paralímpico oaxaqueño, originario de Pluma Hidalgo, abogado por la Universidad Regional del Sureste, ex presidente de la Red Nacional de Ciegos de México y medallista internacional: bronce en Guadalajara 2011, oro en un mundial de atletismo en Praga.
En la ciudad de Oaxaca, incluido su Centro Histórico patrimonio mundial de la humanidad, sede de incesantes oleadas de turistas de todas partes del mundo, no puede caminar, no al menos sin obstáculos muchas veces insalvables: Banquetas estrechas. Pavimentos rotos. Escalones improvisados. Entradas de cochera que interrumpen el paso. Locales que obligan a subir y bajar en cuestión de metros. Árboles plantados sin criterio de movilidad.
“Vas subiendo, bajando, de lado, derecho, izquierdo… y eso para todas las personas con discapacidad está imposible”, señala.
A eso se suma el ambulantaje, que —en sus palabras— ya es “impasable”. Puestos que invaden banquetas, rampas y hasta cajones de estacionamiento.
La ciudad, insiste, no está preparada.
No para él. No para nadie en su condición.
El choque de derechos
En medio del desorden urbano aparece una tensión más compleja.
Un día, mientras guiaba a otros dos compañeros ciegos, su bastón golpeó un puesto ambulante. Cayeron unas papas. La reacción fue inmediata:
“Malditos ciegos”, les gritó la vendedora.
Édgar se rió. Pero la escena revela algo más profundo.
“Ahí está el choque: mi movilidad o su derecho a comer”.
No es un problema individual, sino estructural. Una ciudad donde los derechos compiten entre sí porque el espacio no alcanza para todos.
En Oaxaca hay esfuerzos. Pero aislados.
Calles con guía podotáctil que duran apenas unos metros. Rampas que existen, pero están bloqueadas. Semáforos adaptados que desaparecen. Proyectos “incluyentes” que funcionan… hasta que llega un puesto ambulante y los vuelve inutilizables.
Un ejemplo: una calle del centro, García Vigil, con guía táctil correctamente instalada.
“La única”.
Y aun ahí, dice, ya empieza a llenarse de obstáculos.
Turística, pero no incluyente
Oaxaca presume su vocación turística. Pero para las personas con discapacidad, esa experiencia es otra cosa.
“¿Dónde se van a hospedar? ¿Dónde van a comer?”
Pocos restaurantes tienen menús en Braille o accesibles desde el celular. Muchos hoteles tienen rampas en la entrada, pero no habitaciones ni baños adaptados.
El problema no es menor: el turismo con discapacidad genera derrama económica. No viaja solo. Y aun así, la ciudad no está lista.
La comparación más dura llegó con un visitante extranjero.
Un hombre ciego e hipoacúsico, originario de Alemania, acostumbrado a moverse con independencia en ciudades como Múnich, llegó a Oaxaca para hacer voluntariado.
No pudo.
“No salía solo. No podía ir a comer solo. Perdió toda autonomía”, recuerda Édgar.
Para ayudarlo, tuvo que enseñarle a desplazarse… por la calle, no por la banqueta.
Porque la banqueta era intransitable aun cuando el visitante residía en la agencia de San Felipe del Agua, la zona donde tradicionalmente habitan las familias adineradas de la ciudad.
Moverse en Oaxaca, explica, no es resultado de una política pública efectiva, sino de la adaptación individual.
“Nos estamos integrando porque somos resilientes”.
Integrados, no incluidos
Aprender rutas. Evitar obstáculos. Hacer amistad con choferes de mototaxi. Encontrar “por dónde sí se puede”. No porque el entorno funcione, sino porque no hay alternativa.
Édgar no niega los avances.
Habla de centros de atención, de espacios institucionales, de talleres de sensibilización que empiezan a cambiar actitudes. De policías que ahora ofrecen ayuda de forma adecuada. De pequeñas señales de transformación.
“Algo estamos haciendo”, dice.
Al grupo de las personas con discapacidad lo que le falta, enfatiza, es poder.
El problema de fondo, sostiene, es político.
Las personas con discapacidad no están en los espacios de decisión. Las políticas públicas se diseñan “desde la buena voluntad”, no desde la experiencia.
Tampoco hay fuerza de presión, ni en Oaxaca ni en México.
Organizarse es difícil cuando moverse ya es un obstáculo.
Ante eso, su propuesta no es grandilocuente.
No promete ciudades completamente accesibles de un día para otro. Sabe lo que implicaría en términos presupuestales.
Plantea otra ruta: Reformar reglamentos de construcción para que lo nuevo nazca accesible; adaptar progresivamente lo existente; incluir a personas con discapacidad en la toma de decisiones.
Más allá de la crítica, hay un mensaje final.
Édgar no solo es un atleta de alto rendimiento. También es profesor de derecho, formador, referente.
Y su cierre no es técnico ni político.
Es personal.
Si alguien con discapacidad —o alguien que cuida a una persona con discapacidad— escucha o lee esto, dice, debe saber que hay posibilidades.
“Sí se puede”.
Ser deportista. Abogado. Artista. Lo que sea.
El problema no es la capacidad.
Es la ciudad.
El artículo Oaxaca, ciudad patrimonio, sendero excluyente para un atleta paralímpico apareció primero en Quadratín.