Hay algo de justicia poética -y también es muy bonito- en que Robert Aramayo le arrebatara el BAFTA a Timothée Chalamet por su trabajo en 'Incontrolable'. No porque uno sea mejor, sino porque aquí hay una interpretación que nace desde un lugar muy honesto y que sostiene una película que, sin ser perfecta, sí que llega a un lugar mucho más profundo.
Basada en la vida real de John Davidson, la película dirigida por Kirk Jones reconstruye su infancia y juventud en la Escocia de los años 80, cuando el síndrome de Tourette era poco comprendido y, en muchos casos, directamente castigado. Pero más allá de su dimensión biográfica o didáctica, lo que realmente emociona de 'Incontrolable' es su ternura. Es una película que abraza a su protagonista incluso en sus momentos más difíciles, que entiende su dolor sin explotarlo, y que encuentra belleza en su lucha constante por llevar una vida normal en un mundo que no le entiende.
No se entiende lo que es diferente
La película no esquiva la dureza de la historia. Desde muy joven, John se enfrenta a un entorno que no entiende su condición y que reacciona a él con miedo, incomodidad o directamente violencia. El Tourette no es aquí un simple rasgo, sino algo que condiciona cada aspecto de su vida, desde las relaciones personales hasta su propia seguridad. Porque no le deja tener una rutina como la de cualquier otra persona.
Sin embargo, lejos de caer en el dramatismo fácil, la película encuentra un equilibrio muy delicado en el que hay dolor pero también momentos de humor, de incomodidad compartida, e incluso de cierta ligereza. Esa mezcla es la que hace que el retrato sea más completo y más cercano.
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Y en el centro de todo está la empatía, porque la película no justifica ciertas reacciones, sino que las contextualiza, mostrando una sociedad que simplemente no sabía cómo enfrentarse a algo que no entendía. Y aun así, deja claro que la ignorancia nunca debería ser una excusa.
Además, hay que hablar del trabajo de Robert Aramayo, que es, sencillamente, extraordinario. Su interpretación no busca el lucimiento, sino la verdad. Construye un personaje vulnerable, a veces imprevisible, incluso incómodo, pero que despierta muchísima ternura.
A su alrededor, nombres como Maxine Peake, Shirley Henderson o Peter Mullan aportan matices y profundidad, construyendo un entorno que refuerza constantemente el viaje emocional de John. En especial, me quedaría también con el personaje de su madre, lleno de contradicciones y emociones difíciles de encajar.
Como un abrazo calentito
Es cierto que 'Incontrolable' es, en muchos aspectos, una película convencional. Su estructura sigue los códigos clásicos de cualquier biopic, su narrativa avanza de forma bastante previsible y en ocasiones se acerca a ese tono didáctico de los dramas televisivos de otra época.
Pero incluso ahí hay algo entrañable. Esa falta de artificio, esa manera directa de contar la historia, hace que todo sea mucho más sincero. La película no intenta reinventar nada, solo contar bien una historia que debíamos conocer.
Y quizá por eso emociona tanto. Porque más allá de sus limitaciones, hay una intención muy clara de conectar, de hacer comprender, de acercarnos a alguien que durante mucho tiempo fue ignorado e incomprendido. Y cuando eso ocurre, todo lo demás pasa a un segundo plano.
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'Incontrolable' es un biopic formulaico, pero despierta una ternura infinita. Y tiene la primera gran interpretación del año
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por
Belén Prieto
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