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Mundiario 11 Apr, 2026 07:20

A través de la paradoja en El peor escenario posible, de Alejandro Morellón

La inmunidad ante lo insólito atraviesa cada una de las fábulas que Alejandro Morellón ha ido pergeñando cuando la banalidad y la intrascendencia se han convertido en dogma.

Si algo caracteriza los tiempos que corren en cuanto a posibilidades estéticas dominantes es que la diversidad narrativa y su inclinación a la versatilidad son más que evidentes. Desde el realismo sucio americano hasta la influencia de las vanguardias, la prosa de los cuentos ha adquirido a partir del boom hispanoamericano y las resonancias costumbristas de Chandler una elevación lírica en la que, como sucede en este conjunto de cuentos de Alejandro Morellón, la paradoja atraviesa cada uno de los argumentos.

La innovación de El peor de los escenarios posibles (Fulgencio Pimentel) es la caracterización de su estructura en la que el autor coloca a los personajes en situaciones extremas que se mueven entre lo grotesco y la deshumanización: un enorme cerullo se convierte en la atracción de toda una ciudad, unos furbies que obligan a sus dueños a desprenderse de cualquier atisbo de inocencia, los pasajeros de un avión que se someten a la peor de las premoniciones, un programa televisivo de casas de ensueño que, durante la reforma del sótano, da con un secreto marcado cruelmente por su contenido histórico, o un marido que se excita viendo vídeos de su propia infancia, son algunos de los ejemplos en los que la narrativa de Morellón indaga para revelarnos dos aspectos fundamentales de carácter sociológico y cuya verdad explícita da cuenta de la maleabilidad moral de los tiempos que vivimos. Cualquier disposición ética del sujeto está a merced de la mercadotecnia y la popularidad a cualquier precio: en primer lugar, el sujeto existe a expensas de los objetos, de la superficialidad que encierra en sí el producto y su consumo. Nada de lo que sucede en estos relatos surge por iniciativa propia de los actores, ya que es el reclamo publicitario, el afán de aparentar, la hipocresía más escabrosa y el consumismo compulsivo los que posibilitan que los sujetos medren hacia ninguna parte. O más bien lo hagan hacia su decadencia.

En segundo lugar, esta deshumanización a la que se someten los protagonistas es un paradigma de la naturaleza líquida de todo lo que se articula bajo el paraguas de la posmodernidad. La confusión, lo paradójico, la influencia del subconsciente frente al realismo de la experiencia directa, la sobreexposición a redes sociales, por ejemplo, se combinan con retos globales que parecen todavía difícilmente irresolubles: y no solo me refiero a las guerras a través de drones y ataques cibernéticos, sino a las crisis de identidades nacionales y a un recelo continuado hacia el extranjero, lo que conlleva prácticas de proteccionismo, alienación y estigmatización social.

Los relatos de Morellón se adaptan perfectamente a este caos imperante que parasita cada una de nuestras decisiones. Las paradojas que se describen no distan en exceso de toda una casuística de conflictos personales y globales que arrostra el hombre posmoderno para el que nada es sólido ni estable desde la caída de las Torres Gemelas, asegura algún gurú de Stanford. La pérdida de la cordura conlleva el consumismo masivo de productos y escenarios con los que paliar sus alarmantes secuelas y donde la autenticidad de lo carnal se ha extinguido prácticamente para dar paso a lo eminentemente objetual y computable, esto es, al encanto de los furbis, a la fama en los medios, a la atracción de grupos en masa hacia una mierda gigantesca que es trending topic en redes sociales y a inexplicables asesinatos de jugadores de fútbol en los que tantos aficionados han depositado ilusiones, patriotismo  y también una impotencia congénita.

El estilo aparentemente espontáneo de la prosa de Morellón no renuncia a guiños vanguardistas en la asunción de metáforas surrealistas y a una combinación de diferentes tipos de textura, pues lo lírico y lo teatral también tienen cabida al igual que las letras de canciones o la reformulación de eslóganes y referentes culturalistas que definen la frivolidad y ligereza de toda una Generación Zeta. No se trata de hacer una lectura de estos relatos para desentrañar el trasfondo social o moral de lo que intentan reflejar. Esa no es la voluntad de Morellón. Lo que persigue el autor es que lo paradójico de sus cuentos permita que sencillamente esbocemos una sonrisa de empatía y casi de autocompasión, pues hay una afinidad tremendamente sospechosa entre lo que se narra y lo que estamos viviendo a través de las redes o en contextos laborales y familiares.

Lo sorprendente es que nada de lo que cuenta parece sorprendente, sospechosamente sorprendente, pues el magnetismo de los relatos está inspirado en argumentos de los que se nutren nuestras rutinas. Parece que ya nada sea inédito o asombroso tanto para bien como para mal, así que los cuentos de Morellón ratifican con ingenio la natural adquisición de nuestra inmunidad contra las dictaduras, las masacres o los pucherazos que se colocan al mismo nivel que esa inercia adictiva de la que no podemos prescindir cuando las influencers, los tiktokers y los concursantes de reality marcan la ética de nuestros vástagos. @mundiario

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