Plan de Desarrollo: simulaciones sin rumbo.
Hay decisiones que marcan el rumbo de una ciudad por décadas. El Plan General de Desarrollo de la Ciudad de México es una de ellas.
Por eso preocupa —y sorprende— que el instrumento que definirá cómo vamos a vivir, movernos, trabajar y cuidar en los próximos 20 años haya sido construido con tanta ligereza.
Porque no hay otra forma de decirlo: lo que hoy se nos presenta no es un plan. Es una simulación.
Se nos dijo que este documento sería el resultado de un proceso amplio, abierto e informado.
Un ejercicio donde la ciudadanía pudiera entender qué se proponía y opinar sobre el futuro de su propia ciudad.
Pero no ocurrió.
La consulta fue limitada, poco clara, sin información suficiente y con un alcance mínimo.
La mayoría de las personas ni siquiera supo que existía, mucho menos que podía participar.
Y eso no es un detalle técnico. Es el origen del problema.
Porque cuando no escuchas a la ciudad, terminas diseñando una ciudad que no responde a nadie… o peor aún, a una sola visión: la de quienes hoy gobiernan.
Y el problema no termina en el proceso. El fondo es igual de delicado.
El documento está lleno de buenas intenciones: una ciudad más verde, más segura, más incluyente. El problema es que no dice cómo llegar ahí.
No hay rutas claras. No hay responsables. No hay presupuesto. Y en muchos casos, ni siquiera hay indicadores para medir si algo funcionó.
Porque un plan no es una declaración de voluntad. Es una ruta estratégica que obliga, que mide y que corrige. Un plan que no se puede evaluar no obliga a nadie. Y lo que no obliga… termina siendo un catálogo de deseos.
Los ejemplos sobran.
Se habla de un sistema de cuidados, pero no se articula con la iniciativa que hoy discute el Congreso, por lo que nacería desfasado. Se reconoce la crisis hídrica, pero no se plantea una sola solución implementable en el corto plazo.
Se promete mejorar la movilidad, pero no hay una estrategia clara para fortalecer un sistema que ya está rebasado. Se menciona la seguridad, pero sin una sola meta verificable.
No es que los problemas no estén identificados. Es que no están resueltos.
Y cuando un gobierno diagnostica pero no actúa, no está planeando: está administrando la inercia.
Lo más preocupante es lo que viene después.
Un plan débil deja vacíos. Y los vacíos, en política pública, se llenan con discrecionalidad.
Sin reglas claras, sin metas definidas y sin mecanismos de evaluación, la planeación deja de existir y la ciudad se gobierna al día, entre ocurrencias y coyunturas.
Exactamente lo que un instrumento de este tamaño debería evitar.
Porque la Ciudad de México no es cualquier cosa. Es una de las ciudades más complejas del mundo. Y una ciudad así no se gobierna con buenos discursos. Se gobierna con planeación seria, técnica y responsable.
Pero, sobre todo, con respeto a quienes la habitan. Porque planear la ciudad no es dibujar el futuro en papel. Es decidir cómo va a vivir la gente.
Si va a tener agua. Si va a poder moverse. Si va a encontrar vivienda. Si va a tener tiempo para cuidar o ser cuidado.
Por eso no podemos normalizar que un plan de esta magnitud se construya sin la ciudad, ni aceptar que se apruebe sin corregirse.
La oposición que ha generado este Plan no es menor. No es política, es legítima.
Por un lado, el gobierno presume miles de opiniones recabadas. Por el otro, miles de firmas exigen reponer todo el proceso y construir un nuevo Plan, ahora sí, sin simulaciones.
Y tienen razón.
Este no es un documento de partido ni de un gobierno. Es la hoja de ruta de la ciudad para los próximos 20 años. En una ciudad democrática, los gobiernos cambian. Pero las decisiones mal tomadas… se quedan.
Todavía estamos a tiempo de corregir. El gobierno debe reconocer las deficiencias y rectificar. Y si no lo hace, el Congreso tiene la responsabilidad de no validar lo que está mal.
Porque la planeación no puede ser una simulación. Y porque el futuro de esta ciudad no se puede dejar al “ahí se va”.
La nota Sin tanto Roy-o apareció primero en Quadratín México.