Ricardo de la Cierva publicó en los años ochenta el opúsculo titulado Cómo ampliar mi cultura. ¿Qué puedo hacer?, que escribió con el objetivo de ofrecer una guía práctica para construir una cultura personal que no consiste solo en adquirir conocimientos, sino en asimilarlos y relacionarlos.
“La cultura, decía, significa esfuerzo, trabajo de asimilación, no simplemente recepción pasiva”
Si el escritor viviera hoy, seguro que insistiría aún más en que los libros ahuyentan la manipulación, enseñan a pensar y ayudan a formar criterio propio. Porque en estos tiempos de polarización, crispación y propaganda, tan importante como saber muchas cosas es saber distinguir las verdaderas de las falsas, los hechos de las opiniones y la información de la manipulación.
El problema es que desde el ámbito político casi siempre se intente presentar la realidad a su particular conveniencia que se acentúa después cuando los medios, los comentaristas y los ciudadanos aceptan sin duda alguna el relato aunque no encaje con sus propias convicciones. Entonces la propaganda encuentra un caldo de cultivo para su difusión.
Recuerdo una viñeta, deliciosamente irónica, en la que uno de los personajes decía: “Cuanto más veo la televisión, leo los diarios y oigo la radio, menos entiendo lo que pasa” y su partenaire le contesta “Esa es la idea”. Más allá de la ironía, hay que decir que la abundancia de información no garantiza estar informados, podemos estar rodeados de datos y carecer de criterio para interpretarlos.
Lo estamos comprobando estos días con el caso de Maricarmen Abascal. Su desahucio y posterior muerte han provocado una legítima conmoción, pero también una utilización política que pretende convertir una tragedia compleja en un relato de culpables prefabricados. Llegar a calificar su muerte de “asesinato” es una simplificación tan grave como injusta. Una sociedad madura debería ser capaz de distinguir entre una tragedia humana, las responsabilidades del sistema y la utilización partidista del drama.
El pensamiento crítico implica hacerse preguntas sobre quién informa, comenta o analiza, qué pruebas aporta, qué parte de la realidad se está omitiendo. Después hay que contrastar opiniones e informaciones y cambiar de opinión cuando los hechos nos presentan una nueva realidad y demuestran que estábamos equivocados. Leer, escuchar, contrastar fuentes y pensar sin prejuicios ni pasión alguna es la receta infalible.
Pensar por cuenta propia es un ejercicio de libertad. Quien renuncia a hacerlo queda a merced de quien grita más fuerte, manipula mejor las emociones o dispone de más medios para imponer su relato. Y en días preelectorales, cuando todos pretenden utilizarnos, cultivar el arte de pensar es la forma más elemental, también más exigente, de conservar nuestra libertad e independencia. @mundiario