nullMiguel Flores/Lo bueno, lo malo y lo peor
La primera propuesta de reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum sufrió el rechazo en la Cámara de Diputados no solo por la oposición, sino incluso por aliados de la 4T como PT y PVEM. Ahora, con el anuncio de un «Plan B» enfocado en recortes a niveles estatales y municipales, sin tocar el financiamiento público a partidos, se revela una dinámica de negociación que merece una disección crítica.
LO BUENO
La presidenta Claudia Sheinbaum ya había calculado la postura de la 4T a su propuesta, por lo que el Plan B podría ser la verdadera iniciativa y las intenciones reales del Gobierno federal y el “movimiento transformador”, lo que nos revela cuáles podrían ser los planes de la 4T para los próximos procesos electorales. Ahora, la propuesta se centra en los recortes en Congresos estatales y Ayuntamientos que podrían promover una eficiencia real en el gasto público local, donde la burocracia a menudo se infla sin rendir cuentas visibles, beneficiando potencialmente a los ciudadanos con un uso más racional de recursos fiscales.
LO MALO
Intereses partidistas prevalecen sobre el discurso unificado de transformación. PT y PVEM, que ahora respaldan el Plan B, revelan una hipocresía selectiva: apoyan la austeridad solo cuando no afecta sus bolsillos federales, como el financiamiento a partidos. Esto erosiona la credibilidad del proyecto “transformador”, convirtiendo una reforma ambiciosa en un parche reactivo que evade los temas centrales, como las plurinominales, y deja intacto el flujo de dinero que alimenta el clientelismo político. Además, el mensaje que envía al elector es que quien lleva el control de la agenda no es la presidenta, sino el Congreso, y por ende, los partidos políticos.
LO PEOR
Someter temas electorales clave, como el dinero a partidos y las plurinominales, a consulta popular representa un riesgo demagógico que podría polarizar aún más a la sociedad y debilitar instituciones democráticas. En un contexto de desconfianza hacia el INE y con una oposición fragmentada, este enfoque no solo pospone soluciones estructurales, sino que invita a manipulaciones populistas, perpetuando un sistema donde la austeridad se aplica de abajo hacia arriba, castigando a los gobiernos locales mientras los partidos nacionales se blindan. Si el Plan B no resuelve estas dudas, podría consolidar un autoritarismo disfrazado de democracia participativa, alejándonos de una verdadera reforma integral.