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Radar Inteligente
Quadratin 14 Apr, 2026 07:00

El libre comercio terminó, y nadie lo quiere decir

Durante años, el libre comercio se vendió como una promesa incuestionable. Abrir mercados, reducir barreras, integrar economías. La lógica era que más comercio generaría más crecimiento, más eficiencia y, eventualmente, más bienestar. Ese modelo ya no existe como lo conocíamos. Duro, pero cierto.

No desapareció de un día para otro, pero se fue desdibujando hasta convertirse en otra cosa. Hoy, el comercio internacional sigue abierto, pero está cada vez más condicionado. Ya no se trata solo de competir, sino de proteger, de filtrar, de seleccionar quién entra y quién no.

El libre comercio “puro” dio paso a una nueva etapa de proteccionismo sofisticado. Claro que no se anuncia así. No se reconoce abiertamente. Pero está ocurriendo frente a nosotros, evidentemente.

Estados Unidos, por ejemplo, ha redefinido su política industrial con una claridad que hace apenas una década parecía impensable. Programas de subsidios masivos, incentivos fiscales dirigidos a sectores estratégicos, restricciones comerciales específicas (particularmente hacia China) y una política activa para relocalizar cadenas productivas dentro de su esfera de influencia. Un cambio radical de paradigma.

Europa a su vez, avanza en la misma dirección, aunque con otro lenguaje. Regulaciones más estrictas, mecanismos de ajuste fronterizo, estándares ambientales que funcionan como filtros comerciales y una política industrial que busca preservar capacidades estratégicas dentro del bloque.

Veamos a China, que nunca dejó de jugar bajo esa lógica. Su modelo siempre ha estado anclado al control estatal, la planeación a largo plazo y la protección de sectores clave. Y así nos podemos seguir…

El resultado: un sistema comercial global donde las reglas siguen existiendo, pero la neutralidad desapareció. El comercio ya no es solo economía. Es, en esencia, estrategia.

En ese contexto, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá dejó de ser únicamente un acuerdo para facilitar el intercambio y se convirtió en un instrumento geopolítico.

Las discusiones sobre reglas de origen, contenido regional, cadenas de suministro o restricciones indirectas a insumos provenientes de Asia no son detalles técnicos; son, por el contrario, mecanismos para definir quién participa en la integración productiva de América del Norte y bajo qué condiciones.

México está en el centro de esa conversación. Por un lado, se beneficia sin duda de una posición geográfica y productiva privilegiada. Por otro, enfrenta una presión creciente para alinearse con los intereses estratégicos de Estados Unidos. Esa tensión no es nueva, pero hoy es más evidente.

El país se encuentra, en términos prácticos, entre bloques, y creo que eso exige algo más que una política comercial reactiva. El problema es que buena parte de la narrativa interna sigue anclada a una visión que ya no es vigente. Se habla de libre comercio como si el terreno siguiera siendo plano, cuando en realidad está lleno de condiciones, incentivos cruzados y decisiones políticas que alteran la competencia.

La pregunta de fondo no es si México quiere participar en este nuevo orden; la pregunta es ¿lo entiende?

Porque entenderlo implica reconocer que la competencia ya no se define únicamente por costos o eficiencia. Entender que se define por acceso a mercados, cumplimiento regulatorio, integración regional y, sobre todo, alineación estratégica. Las empresas lo están viendo…los gobiernos lo están operando…los mercados lo están incorporando.

La duda es si la política económica mexicana lo está asumiendo con la misma claridad, y aquí es donde el análisis debe volverse más incómodo.

Desde mi punto de vista, México no puede limitarse a aprovechar la inercia del nearshoring. Esa oportunidad existe, pero no está garantizada. Depende de infraestructura, energía, certidumbre jurídica, cumplimiento de compromisos internacionales y capacidad de integrarse a cadenas de valor bajo nuevas reglas. El nuevo orden comercial no premia únicamente la cercanía geográfica. Premia la confiabilidad, y ojo, esa confiabilidad se construye.

También implica entender que el margen de maniobra es más estrecho de lo que parece. Estados Unidos está redefiniendo su política comercial con objetivos estratégicos claros. China responde con su propio modelo. Europa protege sus intereses con regulación. Y México no tiene el lujo de la ambigüedad.

Si no definimos con claridad nuestro posición dentro de este nuevo esquema, corremos el riesgo inminente de quedar atrapados en una zona intermedia; demasiado integrados para desvincularnos, pero insuficientemente alineados para capturar todo el beneficio. Esa es la verdadera competencia.

No se trata de regresar al proteccionismo clásico ni de abandonar la apertura. Se trata de entender que el comercio internacional dejó de ser un terreno neutral. Hoy es un espacio donde las reglas se escriben en función de intereses, y donde cada país juega con la estrategia que mejor le conviene.

México tiene una oportunidad real de consolidarse como un actor clave dentro de la reconfiguración productiva de América del Norte, pero esa oportunidad no se va a materializar sola. Exige claridad, decisión y una lectura correcta del momento histórico.

Porque en este nuevo tablero, seguir jugando con reglas viejas no es opción, es desventaja.

La entrada El libre comercio terminó, y nadie lo quiere decir aparece primero en Noticias Estado de México.

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