La violencia contra los menores no siempre deja huellas visibles, pero sus consecuencias pueden acompañar a quienes la sufrieron durante toda la vida. En España, el 48,6% de la población adulta afirma que recibió bofetadas o golpes como castigo durante su infancia o adolescencia. El dato forma parte de un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que pone cifras a experiencias vividas dentro del hogar y permite examinar hasta qué punto determinadas formas de crianza han estado normalizadas entre distintas generaciones.
La investigación, elaborada a partir de más de 6.000 encuestas a personas adultas, dibuja una realidad que va más allá del castigo físico. El 17,3% de los participantes asegura que sufrió patadas o palizas, mientras que el 10,4% declara haber sido agredido por alguna característica personal, como el color de piel o la orientación sexual. Los resultados muestran que la violencia durante los primeros años de vida puede adoptar múltiples formas, desde la agresión directa hasta el desprecio, la indiferencia o la falta de atención a las necesidades emocionales.
El informe también revela una contradicción social: aunque las formas de violencia contra los menores generan una creciente preocupación, persisten actitudes favorables a una educación basada en la obediencia y el castigo. Más de la mitad de los encuestados está de acuerdo con que los niños deben aprender a obedecer desde pequeños, incluso mediante castigos.
Los castigos físicos conviven con otras formas de maltrato
Los golpes no son la única experiencia que destaca en el diagnóstico del CIS. Casi la mitad de los adultos recuerda haber recibido insultos, humillaciones o mensajes que les hicieron sentir que no valían nada durante su infancia o adolescencia. Un tercio afirma que sus padres u otras personas les ignoraron o trataron con indiferencia, mientras que tres de cada diez sintieron que no eran queridos.
Estas cifras permiten ampliar el debate sobre la violencia infantil. El daño no se limita a las agresiones que dejan lesiones físicas: también puede manifestarse en la descalificación constante, la falta de afecto o la ausencia de apoyo cuando un menor atraviesa una situación difícil.
En este sentido, el 31,8% de los encuestados asegura que se sintió desatendido ante problemas emocionales, educativos o personales importantes. Además, el 10,7% declara que recibió cuidados insuficientes en cuestiones básicas como la alimentación, la higiene o la ropa.
La importancia de estos datos reside en que sitúan el bienestar emocional y la atención cotidiana en el centro de la protección de la infancia. La ausencia de golpes no garantiza, por sí sola, un entorno seguro para crecer.
La educación basada en el miedo sigue generando contradicciones
Las respuestas sobre las prácticas educativas revelan que todavía existe una distancia entre el rechazo a determinadas conductas y la percepción de lo que constituye una disciplina aceptable. Aunque el estudio no permite establecer que todos los encuestados que defienden los castigos los hayan utilizado con sus hijos, sí muestra que una parte importante de la sociedad continúa vinculando la obediencia infantil con medidas punitivas.
Al mismo tiempo, el 45,4% se muestra más bien en desacuerdo con la idea de que los padres que recurren a insultos para reprender a sus hijos les enseñan que esa es una forma válida de resolver los problemas. Esta respuesta apunta a una conciencia sobre el efecto educativo del comportamiento adulto, aunque no elimina las contradicciones que aparecen en otras preguntas.
La cuestión resulta relevante porque la familia es uno de los primeros espacios donde los niños aprenden a relacionarse, gestionar los conflictos y comprender los límites. Cuando la autoridad se ejerce mediante la intimidación o la humillación, el castigo puede convertirse en un modelo de comportamiento que los menores reproduzcan en otros entornos.
El CIS también pone cifras a la violencia sexual y digital
El estudio aborda otras experiencias que durante años han permanecido ocultas o han encontrado dificultades para salir del ámbito privado. Uno de cada tres adultos afirma que, durante su infancia o adolescencia, recibió comentarios, insinuaciones o conductas sexuales que le hicieron sentirse incómodo.
El 17% declara haber sufrido tocamientos, besos o contactos físicos de carácter sexual no deseados. Por su parte, el 8,8% asegura que le obligaron a tocar partes íntimas de otra persona o a participar en otros actos sexuales contra su voluntad.
La violencia también aparece en el entorno digital. Entre los participantes de 40 años o menos, más de una cuarta parte recuerda haber recibido insultos, amenazas o sufrido acoso por internet, redes sociales o servicios de mensajería cuando era menor. Asimismo, el 23,5% afirma que recibió proposiciones sexuales, contenido explícito no deseado o presiones para enviar imágenes íntimas.
Estos resultados ponen de relieve que la protección de la infancia debe adaptarse a los distintos espacios en los que los menores pueden quedar expuestos a situaciones de abuso. Las pantallas han ampliado las posibilidades de contacto y comunicación, pero también pueden facilitar conductas de acoso y presión sexual.
Una primera fotografía de las actitudes hacia la infancia
La publicación tiene una relevancia adicional por su carácter pionero. La ley de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, aprobada en 2021, contempla la realización anual de encuestas sobre las opiniones de la población adulta, infantil y adolescente respecto a la violencia ejercida contra los menores. Sin embargo, este primer estudio del CIS se centra exclusivamente en personas adultas.
Por ello, sus resultados deben interpretarse teniendo en cuenta que los encuestados tienen edades muy diferentes y que sus recuerdos corresponden a contextos sociales y educativos distintos. Las cifras no describen una única generación ni permiten atribuir todas las experiencias a las mismas prácticas de crianza. Sí ofrecen una aproximación al alcance de la violencia experimentada durante la infancia en España.
El sondeo también refleja inquietud por el futuro: siete de cada diez participantes creen que los niños vivirán peor que sus padres cuando lleguen a la edad adulta. Aunque esta percepción no mide directamente la violencia, añade otra dimensión al debate sobre las condiciones en las que crecen las nuevas generaciones.
El principal valor del informe es que convierte experiencias habitualmente confinadas al ámbito familiar en un asunto de interés público. Reconocer la frecuencia de los golpes, las humillaciones y el abandono emocional permite cuestionar prácticas que pudieron considerarse normales en otros tiempos y reforzar la necesidad de prevenir la violencia desde los primeros años de vida. @mundiario