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Mundiario 16 Oct, 2026 12:41 (6 min de lectura)
Riesgo / Alerta

Parece que quisieran que anduviéramos a ciegas

Por Manuel Menor En mexico España, Comunidad de Madrid
Parece que quisieran que anduviéramos a ciegas
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• La obra de Goya ilustra la dialéctica entre verdad y mentira en las inminentes elecciones.
• Carga policial dura contra manifestantes frente a la Facultad de Físicas de la Complutense.
• Coincide con huelga indefinida de profesores madrileños e infantil por políticas educativas dudosas.

La obra pictórica de Goya, y particularmente sus colecciones de dibujos, como el Cuaderno C, permiten ver lo lúcido que estaba para ver lo repetitivo que era cuanto pasaba, pese a lo cual, en uno de los últimos —hecho en Burdeos hacia 1828—, seguía diciendo: «Aún aprendo». En este momento, sin embargo, en que todo se ha de mirar bajo la expectativa de unas inminentes elecciones, la dialéctica de la verdad y la mentira respecto a lo que realmente ocurre es particularmente penosa. La carencia de concordancias de la izquierda no ayuda; no es lo mismo que los votos caigan de un lado u otro, y a algunos de los actores que andan en este juego la aleatoriedad de lo que pase no parece importarles.

De todos modos, en un asunto en que el despiste no existe, a estas alturas de la película hay cuestiones que suenan especialmente raras a cuantos esperen el triunfo imparcial de una verdad democrática. Este objetivo, siempre acuciante, hace más incomprensible que, en una situación especialmente sensible como esta, se haya producido una carga policial tan dura contra manifestantes hartos de políticas especialmente dudosas para la universidad pública.

Anteayer, hacia las 9:30 de la mañana, delante de la Facultad de Físicas de la Complutense, la acción represiva de un grupo de antidisturbios se mostró absolutamente improcedente. Su sinsentido —que algún mando del grupo deberá explicar— no parece, a primera vista, que tenga que ver con depresión o estrés por repetición de situaciones como las de Ceuta u otras similarmente conflictivas; en todo caso, es especialmente raro que hubiera acontecido en el mismo día en que 75.000 profesores madrileños iniciaban una huelga indefinida, que se añadía a la que, en educación infantil, ya lleva casi mes y medio, sin que la Administración autonómica les haya hecho saber lo malos que son por hacer una «huelga política».

Para los expertos en angelología, la excusa no pasa de ser un insulto a la razón, que se añade a los lanzados contra los manifestantes de días pasados en pro de una vivienda digna. La acampada en la Plaza del Sol está todavía viva, y la policía, que, salvo algún momento de protesta contra las varas de medir algunos áticos en Martínez Campos, se había mostrado contenida y moderadora, puede haber querido mostrar su hartazgo particular, exhibiendo un entendimiento de sus funciones democráticas con un lenguaje tan gratuito como el de la violencia represiva que algunos militares han exhibido en Ceuta contra inmigrantes.

Los primeros recuerdos que traen estos violentos vídeos son los de lo que, en los mismos lugares, generaban los «grises» ante el estudiantado contestatario: el trastabilleo de sus caballos entre las bolas de rodamientos que les echaban, la policía especializada, el asesinato de Enrique Ruano en enero de 1969 y otros episodios que proseguían una pelea que ya venía de finales de 1955. No se ha ido de la retina y menos aún si se han revisado materiales documentales del NO-DO o estudios como el de Gregorio Valdelvira: El movimiento estudiantil en la crisis del franquismo: la Universidad Complutense (1973-1979), síntesis de su tesis doctoral en 1992.

El relato de los derechos sociales concretos

A diferencia de entonces, las explicaciones del jefe de la policía ante una investigación sobre lo acontecido, en un lance con heridos y detenidos, no impiden prestar atención a dos o tres aspectos de lo ocurrido que permiten entender que hay permanencias de un pasado no ido.

En la actual coyuntura, pueden ser muestra de una sensibilidad que, de nuevo, pugnara por estar vigente. En el contexto de una conflictividad docente ansiosa por clarificar qué dignidad de servicio quiere ejercer la Administración en sus centros educativos públicos, deteriorados y desnutridos de los recursos que cuiden al profesorado, la violencia ejercida en la Complutense propicia que los adolescentes no tengan una educación de todos y para todos.

Es la prosecución de una larga historia de desatenciones y desplantes, como se estudia en Los maestros que no tuvimos (Morata, 2006). En Madrid, tras el Tamayazo, con distintos recortes desde 2008 —y a base de acoplamientos privilegiados a los circuitos de la enseñanza privada—, los años transcurridos no han generado sino hartazgo en las familias y en la mayoría de los profes comprometidos con su trabajo. Desde 2011, y más desde que andan por medio las decisiones del entorno presuntuoso de Ayuso, desde Infantil hasta la Universidad, los presupuestos no contribuyen a un sistema educativo atento a la dignidad común; «los selectos» del sistema socioeconómico tienen su absoluta preferencia, y no cabe dudar de que el resultado de la pugna actual del profesorado es el que denunciaba José Luis Pazos en ¡No nos callarán! (2018).

Como sucede con el problema de la vivienda, el de la educación—también fundamental— sigue en 2026 en pleno debate. Pero en vísperas de elecciones, una parte de la población considera que son asuntos que cada uno ha de resolver como pueda; la competencia que el Estado —sea quien sea el que gobierne— deba cumplir en estos ámbitos ni se la plantean, y la dignidad que tenga el cumplimiento del artículo 27 de la CE78 les es indiferente. El problema es, de todos modos, que, después de casi cincuenta años transcurridos, son ámbitos con graves problemas, causantes de las protestas actuales.

Las políticas de educación y vivienda no mejoran calificando estas huelgas como «políticas». Ese desplante, igual que el que suele presidir cuanto sucede con la Salud, más parece indicar cada día que estamos ante un negocio que se quiere potenciar, y no ante un servicio del Estado del bienestar. Cuando, además, introducen en el debate preelectoral el asunto de las pensiones, inclinan a muchos oyentes a imaginar que in illo tempore se vivía mejor, y les anuncian con descaro que, si pueden, privatizarán también esa joya de la corona. La memoria es flaca, y si se puede ver que el árbol medieval que el CSIC se puso como emblema en 1939 fue un signo contrario a las innovaciones en las que se había empeñado la Junta de Ampliación de Estudios desde 1907, debiera ser capaz, en este trance conflictivo, de advertir que, en lo que pasa estos días, le pueden estar comiendo la tostada. @mundiario

 

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