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Mundiario 16 Apr, 2026 03:18

El cine español en pie de guerra

Uno quiere pasar de puntillas entre los titulares de los diarios para no espantarse, más de lo tolerable, por lo que ocurre en el mundo, e intento descubrir alguna noticia que no sea para arrancar a llorar. El problema es que, hasta llegar a la sección de cultura, que es la que aporta más alivio y rebaja la inquietud, es preciso hacer mucho scroll o bien pasar demasiadas páginas, como decíamos en los tiempos analógicos. 

Pero hace pocos días, di de pronto con una noticia sin siquiera buscarla que, además de ayudar a rebajar la angustia, me hizo pensar que el cine español está dando mucha guerra. Se trataba de la selección de tres películas españolas para la sección oficial del festival de cine, que se celebrará el próximo mes de mayo en Cannes. Y es que esto es la primera vez que ocurría en la historia del cine español, por lo que, sin duda, es una buena señal de que algo grande está pasando en nuestro cine desde hace ya unos cuantos años. Humo de guerra. 

Pero, al igual que esta noticia sobre cine se cruzaba con las que nos hablaban de la guerra de Irán, también hemos podido ser testigos de lo contrario. En varias ocasiones ha sido la guerra la que se ha cruzado en el camino del cine español contemporáneo.

Guerra recurrente desde hace 13 años

La primera vez que la guerra irrumpió en nuestro cine de una manera ensordecedora fue en 2003, en la 17 edición de la Gala de los Goya, en la que la protesta contra la invasión de Irak perpetrada por EE.UU. inundó el Palacio de Congresos de Madrid. De hecho, esa gala acabó siendo casi más conocida por el No a la Guerra que, por la genial película ganadora, Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa. 

Aquella ceremonia del 2003, presentada por Alberto San Juan y Guillermo Toledo y orquestada por el estupendo grupo teatral Animalario, del que ellos formaban parte, supuso plantar cara a la sinrazón de la invasión de Irak perpetrada por los EE.UU. que, por aquel entonces andaban gobernados por George Bush, Dick Cheney y toda su troupe. Mientras tanto, en aquellos años, en nuestro país gobernaba un PP al mando de José María Aznar, que, al precio de poder poner los pies en la mesa del presidente americano, nos metió de lleno en aquella guerra infame. Eso es lo que se logró denunciar en aquella famosa ceremonia de los Goya, mediante buenas dosis de humor y talento.

Y ha sido este febrero de 2026, veintitrés años más tarde de aquella gala, cuando de nuevo, la guerra ha irrumpido en medio de los premios del cine español. Fue en esta 40 edición celebrada en Barcelona. Horas antes de su comienzo, la noticia de los bombardeos sobre Irán, iniciados por EE.UU. e Israel ese mismo fin de semana ya planeaba sobre la gala. Trump y Netanyahu iniciaron una desquiciada guerra contra Irán, que aún hoy continúa, casi un mes y medio después, sin tener siquiera un casus belli al que agarrarse. 

https://www.mundiario.com/cineseries/articulo/cine-series/cine-goya-acuerda-gaza-olvida/20260302085406049492.html

Entre ambas guerras, sólo ha hecho falta cambiar la K de Irak por la N de Irán, porque el engaño y la mentira han sido la tónica en las dos. Si bien es cierto que, en la primera, todos sabíamos que el móvil de la guerra era sin duda el petróleo, aunque se intentara ocultar con fabulaciones y excusas, mientras que, en esta guerra más reciente de Irán, incluso Trump y el partido republicano, todavía se preguntan por qué demonios se metieron en semejante avispero, sin tampoco tener ni idea de cómo salir de él. 

La democracia como falaz excusa

Esta vez, en lugar de la excusa de las armas de destrucción masiva, se esgrimió la endeble y poco creíble coartada de querer conseguir la liberación del pueblo iraní de la tiranía de sus gobernantes y, con esa excusa debajo del brazo, Trump comenzó a bombardear Irán mientras jaleaba a los iraníes a que derrocaran a sus dictadores. Todo como si se tratara de una mala película hollywoodiense de serie B, con buenos y malos de cartón piedra.

Ese emplazamiento de Trump a los iraníes para liberar su país mientras bombardeaba Teherán, hace pensar en qué hubiera supuesto para la España franquista de 1946, si los EE.UU. de Harry S. Truman hubieran decidido bombardear Madrid y Barcelona, alentando a los españoles a sublevarse contra aquella España de Franco. Encima de cornudos, apaleados. Porque, realmente, resulta surrealista pretender derrocar un régimen criminal, poniendo todo el peso de la balanza en las fuerzas de oposición y en sus habitantes, pero evitando emplear ni un solo soldado americano en el país en cuestión. Tan sólo bombas americanas. 

¿De verdad que es necesario explicarle a Trump, a estas alturas de la película, que no es posible invadir países ni derrocar dictaduras sólo con bombardeos aéreos?

Evidentemente que Irán es un régimen autoritario y criminal. Pero, creer que esa es la razón por la que Trump y su administración han puesto en pie esta guerra, no es ya pecar de inocentes, sino de papanatas. Esas excusas de mal pagador son las armas de destrucción masiva de esta nueva guerra.

De hecho, se ve a las claras que es Israel quien maneja realmente los hilos y, como en una corrida de toros, ha sido capaz, con el capote y sus astutas maniobras, de poner a EE.UU. en el punto de la plaza que le interesaba. Y ahí anda el loco del pelo rojo: un día anunciando el exterminio de una civilización y al día siguiente mendigando una tregua. Y, mientras, Netanyahu, que es el más listo de la clase, ya tiene a EE.UU. donde quería y puede continuar con su plan para conseguir el Gran Israel soñado, a expensas de destrozar a todo el Oriente Medio no judío, en vez de convivir con él.

Cosecha nacional de buen cine

Por fortuna, aunque la gala de esta 40 edición de los Goya estuvo impregnada de este conflicto y también del genocidio perpetrado por Israel en Palestina, el motivo de los premios del cine español era otro y pudimos evadirnos unas horas de esta terrible realidad internacional para contrastar nuestra apabullante cosecha nacional de buen cine. Esa fue otra guerra. 

Y tres son las películas que triunfaron en los premios Goya de este año. 

Empezando con Sirat, la magnífica película de Oliver Laxe que acaparó la mayoría de Goyas técnicos a la mejor dirección de fotografía, sonido, dirección de arte, dirección de producción, montaje y música original, además de 2 nominaciones a los Oscar de Hollywood que, finalmente, no llegó a conseguir. 

https://www.mundiario.com/cineseries/articulo/cine-series/domingos-pelicula-espanola-que-arrasa-goya-2026-disponible-streaming/20260301013110049458.html

Otra de las películas triunfadoras fue Sorda, la película que ya venía de ganar la Biznaga de oro en el Festival de cine de Málaga y que siguió en racha en los Goya, consiguiendo tres grandes premios: el de mejor dirección novel para Eva Libertad; el de mejor actor de reparto para Álvaro Cervantes y el de mejor actriz revelación para una maravillosa Miriam Garlo, que dejó huella en la película y en su discurso recogiendo el premio. Una película que reclama y pone encima de la mesa los problemas de las personas sordomudas, que, desgraciadamente, siguen siendo, a día de hoy, además de inaudibles, también invisibles. La película cuenta el desequilibrio que se produce en una pareja a punto de tener un niño, siendo el padre oyente y la madre sorda. La película logra colocarnos de lleno en ese mundo desconocido de las personas sordomudas, con sus signos, sus gestos y su mundo apartado del de los oyentes, mientras los que oímos, a menudo les arrinconamos, dándoles la espalda sin apenas darnos cuenta. 

Y, por último, la gran ganadora de los Goya, Los domingos, la estupenda película de Alauda Ruiz de Azúa, que se llevó los grandes premios de la noche: mejor actriz de reparto para Nagore Aramburu; mejor actriz secundaria para Patricia López Arnaiz; mejor guion original, mejor dirección y mejor película. Ahí es nada. 

Nuestro cine: una buena noticia

Pues bien, quien no se consuela es porque no quiere. Y aunque la catástrofe de la guerra de Irán siga en marcha y aún anden sin freno los irresponsables que la iniciaron, no puedo evitar ver al cine español actual, como una de las pocas buenas noticias que llevarse a la boca. Un asidero donde agarrarse en tiempos convulsos. 

Seguro que, por eso, la noticia de las tres películas españolas seleccionadas para competir por la Palma de oro de Cannes me alegró el día. 

Una de las elegidas es La bola negra, dirigida por los Javis. Una película centrada en la vida de García Lorca y en la homosexualidad en España en diversas épocas. Cabe esperar lo mejor de esta película, viniendo de los creadores de una serie de tal calidad como La Mesías. 

Las otras dos películas, corresponden a los que, probablemente, sean los dos mejores directores españoles en la actualidad. Uno, ya veteranísimo y maduro, Pedro Almodóvar, que competirá con su recién estrenada Amarga Navidad. Una gran película que sigue el recorrido autorreferencial que inició con Dolor y gloria y que se centra aquí en el proceso creativo de un director que escribe un guion, en el que, como una esponja, absorbe personajes, lugares y episodios de la vida real a su alrededor. 

https://www.mundiario.com/cineseries/articulo/cine-series/critica-amarga-navidad-almodovar-arriesga-sale-victorioso/20260407172431050982.html

Almodóvar construye un grandioso juego de espejos entre la película que vemos y la que el personaje del director, interpretado por Leonardo Sbaraglia, está escribiendo a su vez. Y, más allá de ese espejo, en la película que dirige Sbaraglia, conoceremos al personaje de otra directora de cine (aquí protagonizado por Bárbara Lennie) que, a su vez está escribiendo el guion de otra película… Una maravillosa colección de muñecas rusas, donde cada una guarda otra en su interior. 

Además, Almodóvar nos brinda perlas imprescindibles, como escuchar a Chavela Vargas cantando La llorona, en su propia voz y en la de Amaia Romero, permitiéndonos ver la emoción de los personajes que la están oyendo, mientras, al otro lado de la pantalla, los espectadores asistimos también emocionados a ese momento de belleza. 

El otro director del triunvirato de Cannes es Rodrigo Sorogoyen, que tal vez sea el director español con mayor nivel y proyección del panorama actual español y europeo. La película que estrenará en Cannes es El ser querido y cuenta la historia de un afamado director de cine y la difícil relación con su hija, una actriz sin éxito, con la que quiere rodar una película tras años de desencuentros. Una historia muy próxima a la de Valor sentimental, de Joaquim Trier, ganadora este año del Oscar a la mejor película extranjera y del Goya a la mejor película europea y que, a pesar de su gran calidad, estoy seguro que Sorogoyen conseguirá que pronto la olvidemos.

Calidad y variedad en el cine español

Y entre tantas malas noticias bélicas, la buena nueva no sólo es este éxito en Cannes del cine español, se gane o no la Palma de oro. Creo que la verdadera y maravillosa revelación es que, tanto el éxito de Cannes como la tremenda cosecha de películas de la última edición de los Goya, son la punta de un inmenso iceberg que, tal vez, nos había pasado desapercibido. 

En estos últimos 10-15 años estamos asistiendo a un tsunami de cine español con una inmensa calidad, que, tal vez, sea comparable a aquella nouvelle vague francesa de los años 60 del pasado siglo. Evidentemente, no en el sentido de ser un movimiento que rompe y rasga con el cine previo ni tampoco en el de estar constituido por un grupo de cineastas incubados bajo una misma luz, la de Cahiers de cinema, con André Bazin haciendo de padre espiritual, como ocurría con los franceses. Esta nueva ola actual de gran cine español es heterogénea tanto en edad como en género; lo es también en la diferente madurez de sus creadores y en los diversos temas que abordan, pudiendo encontrar en ese inmenso granero una amalgama de todo tipo de cine, y todo él excelente.

Así, venimos asistiendo a un alud de tremendos creadores y creadoras en el cine español en un concentrado periodo de tiempo. Algunos más cercanos al mundo comercial, como Amenábar, Bayona, De la Iglesia, Fesser, Urbizu, Monzón, David Trueba, frente a otros con un cine de autor como Rosales, Medem, Serra o Vermut. Hemos contado con la veteranía de un Erice, un Almodóvar, un Cuerda, Fernando Trueba o un Villaronga, pero también con la lozanía de una Clara Simón, Estibaliz Urresola, Mar Coll, Elena Trapé, Marqués-Marcet u Oliver Laxe. En esos años, en nuestro cine se han consolidado claros referentes como Bollaín, Zambrano, Coixet, León de Aranoa, Cesc Gay y han aparecido otros nuevos directores que, en poco tiempo, se han ido convirtiéndo en sólidos creadores como los Moriarti, Pilar Palomero, Lacuesta, Berger, Sorogoyen, Alberto Rodriguez o Alauda Ruiz de Azúa. Sin olvidar a guionistas de la valía de Eduard Solà, Diego San José, Rafael Cobos o Isabel Peña. Y todos ellos son sólo la cara más visible de toda una legión de directores y guionistas que han ido surgiendo estos últimos años y que sería demasiado largo citar.

España presente en diversos premios internacionales

Por no hablar del abanico de premios internacionales conseguidos por nuestro cine en esos años, de los que siempre había andado muy escaso: desde los óscar de Fernando Trueba por Belle Époque en 1994 y de Pedro Almodóvar por Todo sobre mi madre en 2000; o el de mejor guion original para Hable con ella en 2003; pasando por los premios en Cannes y Cine Europeo para Volver, hasta el reciente León de oro para la Habitación de al lado en Venecia 2024.  

Pero no sólo ha sido el manchego la cara visible del reciente cine español en esos premios. Así, también Amenábar conseguía su óscar en 2004 con Mar Adentro. Y no hay que olvidar los diversos premios en Cannes en años recientes para Laxe, Serra y también Almodóvar. Ni el reciente Oso de oro en Berlín para Clara Simón con Alcarràs. Sin contar las numerosísimas nominaciones o los premios individuales (destacando el óscar para mejor interprete para Javier Bardem en 2007 y el de Penélope Cruz al año siguiente) o, por supuesto, el creciente aumento de películas españolas en la selección para los primeros festivales internacionales. 

En cambio, si echamos una ojeada al resto del cine europeo de estos últimos años, aunque, como es lógico, ha habido magníficas películas, no podríamos señalar ningún país de nuestro entorno en el que la cinematografía haya eclosionado en tal número, calidad y disparidad de creadores en el plazo de unos cuantos años. Y eso, teniendo en cuenta que al cine francés siempre se le viene dando oxígeno suplementario al jugar en casa en el principal festival internacional, que es Cannes. 

Así, en medio de este panorama de competencia feroz, con diversas cinematografías, que, o bien tienen detrás una poderosísima industria y un marketing imposible de igualar, como la americana; o mantienen un esplendor desbordante como la asiática (china, coreana) o compiten algo dopadas, como la francesa; en ese difícil contexto, nuestro cine está siendo capaz de brillar con luz propia y mostrar una lozanía totalmente desacomplejada.

¿Estamos haciendo historia?

Aunque, es posible que, igual que pasó con el neorrealismo italiano o la nouvelle vague francesa, necesitemos una perspectiva de 20 años o más, para ser realmente conscientes del significado y valía de este tremendo tsunami que arrasa hoy las pantallas y tiene su origen en nuestro cine. 

https://www.mundiario.com/cineseries/articulo/cine-series/cannes-2026-almodovar-sorogoyen-lideran-competicion-historica/20260409161240051067.html

O puede que esté exagerando y quizás este momento glorioso de nuestra cinematografía no sea comparable a aquellos movimientos revolucionarios en la historia del cine. De cualquier manera, no hay duda que habrá que agarrarse a este cine nuestro como a un clavo ardiendo. Habrá que atrapar y no perder de vista a este cine español que se encuentra, sin discusión, en pie de guerra. Y, de esa forma, aunque sea por un momento, podremos distraernos del horror de la otra guerra. La de verdad. La que querría soterrar la cultura, la inteligencia, el cine y con ello, la humanidad.

En esta guerra real que se entrecruza con el cine y que, todavía hoy, vemos en directo, no puedo evitar imaginarme a Netanyahu interpretando, no ya el papel del bondadoso Judah Ben-Hur sino el del terrible Messala.

En cuanto al amo de la Casa Blanca, más que escenificar el gran papel del malvado Sheriff “Little” Bill Dagget de Sin perdón que, seguro estaría encantado de apropiarse, lo veo, más bien, participando de nuestro gran momento de cine patrio. 

El papel protagonista que está escrito para él es el de aquella película española de 1994:  

Justino, un asesino de la tercera edad. @mundiario
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