Durero: Al rescate de la melancolía
Viene a mí un recuerdo. Me encontraba en la casa de mi infancia y el sol bañaba la ventana con la luz del ocaso. Abrí una revista de Muy Interesante en donde encontré, impreso en toda la página, el mítico grabado de Alberto Durero titulado simplemente Melancolía I. Su simpleza y complejidad me causaron un revuelo desconocido y, al fijar los ojos en las palabras del artículo, descubrí que el grabado se había hecho hace más de 500 años, en una época en donde no se entendía la melancolía como ahora, en donde se ha simplificado su definición, acercándola al terreno de las lágrimas y la tristeza.
El grabado nos presenta a un ángel —el genio de la Melancolía— que parece cavilar mientras sostiene un compás en la mano. Otro ángel más pequeño lo acompaña representando la juventud inexperta, pero que, llena de bríos, está ansiosa de crear. La madurez, con prudencia, detiene al otro que mira hacia el cielo y observa un cometa coronado por un arcoíris. Un poliedro y otros símbolos matemáticos acompañan la escena, la numerología mágica y el paso del tiempo. Sin embargo, no hay lágrimas, no hay dolor. ¿Qué era esta melancolía que no parece representar la tristeza con la que solemos relacionarla en estos tiempos modernos?
En sus inicios, los griegos la relacionaron con la bilis y los cuatro humores; un estado melancólico se identificaba por una actitud meditabunda relacionada con un desequilibrio de la bilis negra. Posteriormente se le fueron atribuyendo otros síntomas: los pensamientos negativos y la reflexión sesuda. Fue en el Renacimiento italiano en donde se le relacionó con la arquitectura, pues representaba el poder o posibilidad de crear, pero siempre bajo el sufrimiento implícito de nunca alcanzar la perfección. Es así que la melancolía más virtuosa sería capaz de imaginar y crear infinitas maravillas, pero en su forma más negativa se convertía en locura, en el sueño obsesivo que castiga el alma y el corazón de quienes viven bajo su influjo. No obstante, fue a inicios del Siglo XX en donde el surgimiento de la psicología le daría su concepción actual; Freud y la sociedad médica moderna lo identificaron como parte del duelo y se definió como una tristeza profunda causada por una pérdida. Una simplificación que olvida los siglos de historia que la precedieron.
Fue así que la modernidad se llenó de una melancolía enfermiza, de una tristeza fácil y pasajera. La virtualidad la ha convertido en moneda de cambio, utilizada hasta el hartazgo por los que buscan transmitir un verso o pensamiento melancólico, hablar de la tristeza y de las profundas pérdidas humanas con el único fin de monetizar un sentimiento. Por otro lado, existen otros que nos invitan a rechazarla, a vivir con una actitud positiva, abrazar el vacío de la modernidad, arrojarnos a la felicidad material, vivir intensamente, olvidar el pasado, contar una historia feliz.
Regreso a la página de la revista. El recuerdo se aleja, la revista tal vez sigue en alguno de esos viejos libreros o acaso se ha convertido en ceniza. Sin embargo, algo permanece, mi primer encuentro con la melancolía. Tal vez Durero no sabía cómo se transformaría el concepto a través del tiempo, pero sí nos dejó plasmado un ejemplo de la melancolía en su expresión más virtuosa: la capacidad de soñar con lo inexistente, lo desconocido, la reflexión que nos puede llevar a una idea que transforme nuestra realidad y que, a la vez, nos haga testigos de su infinita belleza.
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