Tras la publicación de su manifiesto abolicionista contra la práctica de la prostitución, Mundiario entrevista a la escritora Noemí Castillo para aproximarse a las motivaciones de este ensayo publicado en Destino. Se trata ahora de que se reconozca la nociva persistencia de un tabú que sigue resultando incómodo en determinados contextos de debate intelectual como en otros de naturaleza política.
Hambre de abolición: un manifiesto es determinante y no es complaciente con opciones falsamente progresistas que parecen defender lo indefendible: la violencia que marca y determina la incertidumbre del futuro de cualquier mujer prostituida.
-¿Cuál es el motivo de un ensayo de estas características? Supongo que surge de una reflexión madurada durante mucho tiempo para defender una tesis que asocia la prostitución al esclavismo.
-Me interesan mucho los feminicidios prostitucionales; ese es el origen de mi manifiesto. Creo que soy una periodista frustrada. Cuando conocí el caso de una mujer asesinada por su «cliente» (por favor, escríbelo entre comillas para cuestionar la categoría) de un fuerte golpe en la cabeza en 2003, y descuartizada después, la escritora que soy comenzó a hacerse preguntas. Por cada pregunta que yo me hacía mientras escribía Hambre de abolición: un manifiesto (Destino Referentes, 2026) surgieron diez preguntas más. No he encontrado respuestas claras, pero sí un posicionamiento personal.
- España es un país con unos índices de prostitución altísimos. No sé si esos índices están determinados por factores culturales que nuestra sociedad e instituciones han normalizado.
- Cuando la gente me escucha defender la abolición de la prostitución en España me suelen decir en privado que «es un sueño romántico», «nunca vamos a terminar con la esclavitud sexual», «es un negocio que da demasiado dinero» o «¿de verdad abolir la prostitución va a terminar con el problema?». Son personas que consideran que existe violencia en la prostitución, pero que dan la batalla del abolicionismo por perdida. Yo, sin embargo, creo que no es posible otra evolución para nuestro país.
- ¿Por qué el debate de la prostitución sigue siendo un tabú? Tengo la sensación de que, en los ochenta, por ejemplo, los medios de comunicación acostumbraban a hacer visible este problema. Sin embargo, en la actualidad, el tema parece haber quedado apartado del debate público.
- Lo primero que hay que tener en cuenta es que hay muchos intereses económicos en juego: es un «negocio» milmillonario. El lobby de la «industria del sexo» tiene mucho dinero para comprar discursos y financiar campañas para «normalizar» la prostitución. Cuando decimos esto los colectivos pro-derechos se quejan de que deslegitimizamos su activismo, pero es importante que pensemos a quién beneficia más la regularización de la prostitución. Hace treinta años que se invierten muchos recursos en la narrativa de «la libre elección» y yo he escrito mi manifiesto para cuestionar ese discurso. Confío en el criterio de los lectores.
- Sostiene Alana S. Portero que está harta del debate de la legalización de la prostitución porque las opiniones desde partidos e instituciones varían según corrientes políticas, pero al final ningún organismo les pregunta directamente a las prostitutas qué quieren hacer con su vida.
- Es su opinión. Yo tengo otra. Para entenderme a mí hay que preguntarse por qué razón en España (a diferencia de Italia, Francia, Portugal o Andorra) no se castiga el proxenetismo no coactivo ni la tercería locativa. Es muy importante hacerse esa pregunta para entender que España es un paraíso para los proxenetas debido a la reforma del Código Penal de 1995 (en mi opinión, la primera «traición» del PSOE al feminismo abolicionista) y la falta de consenso político para abordar el modelo neoabolicionista, que es el que recomienda el Parlamento Europeo a todos los Estados miembros.
Escribo en mi manifiesto que «no haber conseguido aprobar leyes abolicionistas en el Congreso es el mayor fracaso del Gobierno aún en el poder cuando escribo estas líneas». Considero que el PSOE ha «traicionado» al feminismo abolicionista al menos en tres ocasiones en los últimos treinta años. Alana S. Portero, en la cita que mencionas, entiende la prostitución como una decisión individual. Yo la entiendo como lo hacen las teóricas feministas abolicionistas: como una institución social que se apoya en el patriarcado y el capitalismo global. En España la prostitución es un fenómeno global por culpa de las mafias que han convertido a nuestro país en uno de los principales países de destino y tránsito en Europa de víctimas de trata con fines de explotación sexual. Y esta es una realidad que nos debería hacer reflexionar a todos. ¿Lo vamos a seguir permitiendo? ¿Durante cuánto tiempo?
- En tu ensayo, la literatura se convierte en una forma de hacer visible la prostitución en sus diferentes variantes y manifestaciones. ¿Por qué decidiste que la literatura formase parte de tu argumentario?
-Porque era el único campo desde el que podía aportar algo. Hay grandes mujeres defendiendo el marco abolicionista desde la filosofía (Ana de Miguel), la sociología (Rosa Cobo), el cine y la televisión (Mabel Lozano), el activismo (Beatriz Gimeno) y la psicología clínica (Ana María Núñez Remesal). Yo no me sentía legitimada para escribir desde ninguna de estas disciplinas, pero sí me creía capaz de aportar algo desde la literatura: demostrar que, desde hace más de 145 años, los escritores más importantes de la literatura española se han interesado por reflejar la violencia que sufren las personas prostituidas. Recomiendo la lectura de María Magdalena, de Matilde Cherner, publicada por Editorial Espinas y con prólogo de Mabel Lozano.
- No sé hasta qué punto se puede hablar de «prostitutas» o de «mujer prostituida». Parece que la remuneración y el tipo de cliente determinan la permisividad de un tipo de oprobio frente a otro más marginal y decadente.
-Para la teoría abolicionista la prostitución es siempre violencia porque no se acepta la compra del consentimiento sexual; se suele utilizar la expresión «mujer prostituida» para mostrar que hay alguien que la prostituye, sea este proxeneta o «cliente». Creer que la prostitución «de lujo» ofrece mejores condiciones es una operación interesada de marketing. La primera violencia está en la compra del consentimiento sexual y, después, según cada caso, operan muchas más.