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El Diario 16 Sep, 2026 06:51

Los planetas que solo podemos imaginar

Cuando era niña, en la década de 1990, elegí a Saturno como mi planeta favorito por sus anillos. Son tan perfectamente circulares y parecen tan sólidos, como los de un disco que se ve atravesando una esfera en un libro de matemáticas. Sin embargo, de cerca, están dispersos: un montón de guijarros y rocas en caída libre. Qué surrealista sería estar entre ellos, agarrada a una roca, dando tumbos en silencio. (También respetaba la elección de mi hermana: Júpiter, con sus rayas y manchas).

Quizás nos gustaba pensar en otros planetas porque son realidades alternativas, manifestaciones refrescantemente exóticas de las mismas leyes de la física. Esas voluminosas bolas de roca, gas y hielo alimentaban nuestra imaginación, pero al mismo tiempo nos mantenían con los pies en la tierra, ya que sus paisajes extraños hacían resaltar a la Tierra.

Por la época en que estas importantes deliberaciones tenían lugar en una habitación en la zona rural de Texas, los astrónomos comenzaban a detectar planetas que orbitaban alrededor de otras estrellas. Desde entonces, la lista de planetas conocidos ha crecido de nueve en nuestro sistema solar (en aquel entonces se contaba a Plutón) a incluir más de 6300 planetas más allá de él, conocidos como exoplanetas. Miles de candidatos a exoplanetas más esperan ser confirmados. Se espera que existan probablemente unos 100 millardos más solo en nuestra galaxia.

Estos planetas recién descubiertos están a demasiados años luz de distancia como para capturar imágenes de ellos con los telescopios actuales, salvo algunas excepciones borrosas. Los científicos los descubren sin verlos, deduciendo su presencia a partir de su gravedad o sus sombras.

Últimamente, sin embargo, con herramientas como el Telescopio Espacial James Webb, están obteniendo, a partir de las señales más minúsculas, información sobre la composición y las atmósferas de los exoplanetas, sus historias de origen e incluso la posibilidad de que puedan albergar vida.

Los exoplanetas amplían aún más nuestra visión de cómo es la realidad. Abundan las posibilidades imaginadas. Al igual que mi hermana y yo, muchos científicos tienen sus favoritos.

René Heller, astrofísico del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar en Göttingen, Alemania, está particularmente cautivado por KOI-456.04. Se trata de un exoplaneta “muy probable” que él y sus colegas detectaron en 2020 al volver a analizar los datos del Telescopio Espacial Kepler, una nave espacial de la NASA que detectó miles de exoplanetas entre 2009 y 2018. Los científicos tienen un 85 por ciento de certeza de que KOI-456.04 existe.

Heller dedujo la posible presencia de KOI-456.04 a partir de variaciones en la intensidad de la luz procedente de una estrella lejana similar al Sol. A intervalos regulares, la intensidad de la luz estelar disminuía brevemente y de manera muy leve. Aunque el cambio en la luz podría ser una fluctuación estadística sin importancia, KOI-456.04 es probablemente un planeta en tránsito que pasa periódicamente frente a la estrella, bloqueando cada vez un poco de su luz. Eso lo convertiría en el cuarto planeta alrededor de la estrella.

Si se confirma que es un planeta, entonces KOI-456.04 sería posiblemente el mundo más parecido a la Tierra conocido hasta ahora. Tendría 1,9 veces el radio de la Tierra y recibiría de su estrella aproximadamente la misma cantidad de calor y luz que nosotros recibimos de nuestro Sol. El agua fluiría en su superficie. Probablemente tendría tectónica de placas. Si los planetas de tamaños y condiciones similares experimentan evoluciones parecidas, podría estar repleto de plantas fotosintéticas y otros tipos de vida extraterrestre. “Fascinante, ¿verdad?”, dijo Heller.

Entre los exoplanetas confirmados, los favoritos del público son los mundos de Trappist-1: siete planetas rocosos que orbitan en sincronía alrededor de una pequeña estrella roja a 40 años luz de distancia. Algunos se encuentran en la “zona habitable” de la estrella, la región donde las temperaturas permiten que el agua exista en forma líquida, un requisito previo para la vida.

La pregunta del momento es si los planetas de Trappist-1 tienen atmósfera. Todos esperan que sí, porque probablemente se necesite aire para sustentar la vida. Estar envuelto en gases regula la temperatura de un planeta, protege la superficie de la radiación dañina y evita que el agua se escape al espacio. También proporciona el combustible químico para la actividad biológica, como el aire que respiramos.

Trappist-1 es una estrella “enana M” con solo aproximadamente una décima parte del radio —y una milésima parte del volumen— de nuestro sol, por lo que es mucho más tenue y fría. Esto significa que su zona habitable está más cerca de lo que estaría si se tratara de una estrella más caliente, similar al Sol. Los planetas en órbitas tan cercanas producen descensos más pronunciados en la luz estelar, lo que facilita su estudio.

Sin embargo, estar tan cerca también significa que estos planetas están expuestos a una intensa radiación estelar que podría eliminar las moléculas de sus atmósferas. El telescopio Webb ha observado suficientes tránsitos de Trappist-1b, el planeta más cercano a la estrella, como para que los astrónomos concluyan que es casi seguro que carece de atmósfera, es decir, que es una roca desnuda. Su vecino, el 1c, también parece decepcionantemente desolado.

Sin dejarse desanimar, Victoria Meadows, investigadora principal del Laboratorio Planetario Virtual de la NASA, deposita sus esperanzas de habitabilidad en el cuarto planeta desde la estrella, Trappist-1e. No solo orbita más lejos; a Meadows le gusta el planeta “e” porque también tiene el tamaño de la Tierra y es lo suficientemente cálido como para conservar agua líquida con solo una delgada atmósfera.

Meadows y sus colegas esperan que Trappist-1e contenga “gases biofirma”, una combinación de componentes químicos que podrían indicar actividad biológica. “Creo que es el primer planeta en el que podríamos buscar potencialmente un indicio de vida”, dijo.

Un grupo de exoplanetas que “no recibe la atención que merece”, según Paul Robertson, un astrónomo especializado en la búsqueda de planetas de la Universidad de California, campus Irvine, es el sistema Kepler-444.

“Quizás sea un hipster, pero creo que está subestimado”, dijo.

Estos cinco cuerpos celestes del tamaño de la Tierra orbitan cerca de su estrella, tal vez tan cerca como para alcanzar temperaturas letales. Lo que intriga a Robertson es que la composición química de la estrella sugiere que el sistema tiene 11 millardos de años, más del doble de la edad del Sol y de la Tierra, y el 80 por ciento de la edad del universo.

“Me gusta pensar en cómo hay planetas allá afuera que son miles de millones de años más antiguos que el sistema solar”, dijo Robertson. “Si es posible que haya condiciones habitables de manera constante en esos planetas, ¿qué podría haber allá afuera?”

La vida podría aparecer en lugares sorprendentes. A William Bains, de la Universidad de Cardiff en Gales, le llaman la atención los estudios recientes sobre WD 1856 b, un planeta gaseoso del tamaño de Júpiter descubierto en 2020 que orbita los restos de su estrella muerta. La estrella es ahora una “enana blanca”, un núcleo estelar que quedó tras la muerte de la estrella, la cual se hinchó hasta convertirse en una gigante roja, engullendo todo a su alrededor, antes de apagarse. De alguna manera, el planeta sobrevivió; los científicos creen que debe haber migrado hacia adentro desde una distancia mayor.

Bains reflexiona sobre las lunas de WD 1856 b. Si, al igual que Júpiter y Saturno, el gigante gaseoso comenzó con lunas grandes y heladas, entonces, se pregunta Bains, “¿estaría ahora rodeado de mundos oceánicos? Y de ser así, ¿podría haber evolucionado la vida allí?”. Bains señaló que Shroud, un libro de ciencia ficción de 2025 escrito por Adrian Tchaikovsky, presenta una civilización extraterrestre que vive en un escenario similar.

Imaginar civilizaciones extraterrestres ayuda a revelar las partes de nuestra experiencia terrenal que son universales. Es alucinante considerar todas las diferentes formas en que la materia forma grandes esferas e intentar imaginar esos lugares. Los planetas que no se parecen en nada a la Tierra nos ayudan a conocernos a nosotros mismos por el contraste. Vemos cuán afortunados somos de vivir en un planeta tan habitable, uno tan templado, aireado, inundado de un líquido que da vida y con continentes que se elevan sobre las olas, brindándonos un lugar donde pararnos, una plataforma para nuestros telescopios.

Los astrónomos seguirán buscando los exoplanetas más parecidos a la Tierra que puedan encontrar con los telescopios actuales. Y están construyendo instrumentos cada vez mejores. El Observatorio de Mundos Habitables de la NASA, previsto para la década de 2040, debería ser capaz de encontrar planetas similares a la Tierra alrededor de estrellas cercanas y examinará minuciosamente sus cielos en busca de gases relacionados con la vida.

Para Sara Seager, una científica planetaria que ayudó a desarrollar las técnicas para sondear las atmósferas de los exoplanetas, las posibilidades de encontrar un planeta con señales de vida no dejan de crecer. ”No hay un planeta favorito porque siempre el siguiente es mejor”, dijo.

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