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El Financiero 23 Apr, 2026 01:56

El túnel del FMI

Las dos torres del Fondo Monetario Internacional están conectadas por un túnel en el sótano. Para la mayoría de los visitantes que asisten a las reuniones de primavera en Washington, ese detalle es completamente irrelevante. Para mí, entre 2016 y 2018, era una fuente constante de atención.

En aquellos años trabajaba en la Secretaría de Hacienda, y una parte importante de mi trabajo era organizar las agendas y los traslados de mis jefes durante estas reuniones. Las sesiones podían estar en cualquiera de las dos torres, y el tiempo entre una y otra no siempre era generoso. Equivocarse de edificio (o no calcular bien el tiempo de cruce) era el tipo de error que se notaba, que incomodaba, y que en un ambiente de alta exigencia podía tener consecuencias. Hubo noches preparando carpetas hasta el amanecer. Hubo documentos que cambiaban hasta el último minuto. Y hubo al menos una ocasión en que cumplir con las expectativas no fue suficiente.

El túnel, en ese contexto, no era un detalle menor. Era un problema de logística que había que resolver antes de que se convirtiera en uno mayor. La semana pasada asistí a Washington para las reuniones de primavera, esta vez representando a Finamex. Y en algún momento entre reunión y reunión, casi sin pensarlo, bajé al sótano y caminé el túnel. No porque tuviera prisa. Sino para medir, con calma y algo de curiosidad, cuánto tiempo tomaba cruzarlo. Son poco más de dos minutos.

Dos minutos que hace algunos años sentía como una variable crítica en una ecuación de precisión, y que ahora recorrí con las manos en los bolsillos, pensando en las conversaciones que acababa de tener. Porque esta vez llegué a Washington del otro lado. No a preparar carpetas, sino a participar en las conversaciones. Y los ejes de lo que escuché ahí merecen contarse.

El telón de fondo era todo menos ordinario. El conflicto en Irán continúa reconfigurando los mercados globales desde antes que arrancaran las reuniones, y esa tensión geopolítica tiñó prácticamente cada conversación. Para América Latina, sin embargo, el diagnóstico fue más constructivo de lo que cabría esperar: los balances externos de la región se benefician por los precios del petróleo y se encuentra relativamente aislada de las disrupciones en el suministro de gas natural.

México, en particular, salió bien parado en las comparaciones regionales. Varios participantes (exfuncionarios, analistas de organismos multilaterales, gestores de fondos con posiciones activas en el país) destacaron que México mantiene uno de los pocos superávits primarios de la región, que sus equipos técnicos conservan credibilidad visible, y que el mecanismo del IEPS sigue funcionando como amortiguador frente a choques de precios. Como dijo alguien con autoridad para saberlo: en otros países de América Latina ya se ha perdido el grado de inversión y las líneas de crédito con organismos internacionales. En México, eso no ha ocurrido y hay razones para ello.

Pero la conversación no fue solo de elogios. El crecimiento sigue siendo el reto central y el diagnóstico fue severo. Se percibe a la seguridad pública como principal obstáculo a la inversión privada, y sin ésta no hay recuperación sostenida. Lo que hace especialmente incómodo ese diagnóstico es la implicación que tiene para la política económica: ni la política fiscal ni la monetaria pueden resolverlo. En ese contexto, la apuesta del gobierno por sostener inversión pública como motor de crecimiento adquiere una lógica entendible, pero también una exigencia muy concreta: que esa inversión sea eficiente, bien ejecutada y capaz de atraer capital privado.

El T-MEC también ocupó espacio. La revisión de julio se acerca, y el escenario base es lo que uno de los participantes llamó una “extensión dolorosa”: negociaciones prolongadas, concesiones en reglas de origen y energía, y una relación bilateral que avanza no por convicción sino por necesidad mutua. Las implicaciones para México no son menores. Una negociación prolongada es, en sí misma, un factor de incertidumbre que posterga decisiones de inversión, precisamente el recurso que el país más necesita para crecer. Y en el frente fiscal, el T-MEC importa por una razón adicional: buena parte de las proyecciones de ingresos del gobierno descansan en supuestos de crecimiento que a su vez dependen de que el comercio con Estados Unidos no se interrumpa ni se encarezca.

Volví de Washington con varias páginas de notas y una sensación que tardé un poco en identificar. No era euforia ni tampoco preocupación. Era algo más parecido a la claridad que da escuchar a personas que reflexionan y hablan con franqueza sobre problemas difíciles. Y también, lo confieso, con una pequeña satisfacción personal: la de haber cruzado el mismo túnel de siempre, pero esta vez sin prisa. Solo para comprobar que aunque son dos minutos, la logística que rodea el evento y los elevadores validaban las preocupaciones que ocupaban mi atención hace algunos años.

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