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Vanguardia 23 Apr, 2026 05:00

Palabra de honor

“Abracijos no hacen hijos, pero son preparatijos”.

Ese refrán lo usaba mamá Lata, abuela mía, para advertir a sus nietas en edad de merecer sobre los riesgos de dar demasiado vuelo a las inclinaciones naturales. Todo se podía hacer, amonestaba, pero dentro de los límites de la virtud. Después del matrimonio, aseguraba, la virtud extendía sus límites considerablemente.

Aquel muchacho que del Potrero fue a Saltillo a cursar los estudios de preparatoria entró en abracijos con la joven criadita de la casa de asistencia. Para lograr la entrada a lo vedado, dio a la muchacha, que era casta y honesta, promesa formal de matrimonio. Los mozos del Potrero tienen muy buena puntería, lo mismo con el .22 que con la reglamentaria. Así, bien pronto puso a la muchacha en estado de buena esperanza. Ella se lo anunció, contenta, pues le alegraba la promesa de vida que llevaba dentro, y tenía además la certidumbre de que el amado le cumpliría la palabra dada. Pero el amado, la verdad sea dicha, no tenía ninguna intención de cumplir su juramento. ¿Qué amante hay que lo cumpla? En el ardimiento de la pasión se dicen tantas cosas. Muy bien lo expresó Ovidio en su “Arte de amar”: “Iuppiter ex alto periuria amantum ridet”. Desde lo alto Júpiter se ríe de los perjurios de los enamorados.

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