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Vanguardia 24 Apr, 2026 06:52

Cultura y Pop: La Piedra Rosetta

La llaman la “Mona Lisa del Museo Británico”: la Piedra Rosetta es la mayor atracción del famoso (y también vilipendiado) museo de Londres. Está en una de sus primeras salas, protegida por una vitrina de cristal irrompible, y siempre tiene decenas de turistas alrededor, la mitad tomándole video con el celular.

En su época, esta piedra anunciaba un decreto emitido en el año 196 a. C., por el cual los sacerdotes de Menfis otorgaban al joven faraón Ptolomeo V honores y estatus divino y, de paso, agradecían —vaya coincidencia— su generosidad y las exenciones fiscales concedidas a sus templos.

En cierto sentido, qué poco ha cambiado el mundo. En todo caso, en su época la piedra era pura burocracia religiosa y política.

Para nuestra época, en cambio, su importancia reside en que anuncia el decreto en jeroglíficos egipcios, el “idioma de los dioses”; egipcio demótico, el “idioma de la burocracia”; y el griego de la época, el “idioma del gobierno”. La comparación entre unos y otros dio la llave para comprender los jeroglíficos egipcios, un lenguaje muerto y hasta entonces impenetrable, lo que supuso que por fin se abriera el entendimiento a la cultura egipcia de la antigüedad, fundamental para entender las que vinieron después.

Si miramos el bosque, el episodio insiste en la escritura como el medio fundamental para adquirir y entender las ideas, conceptos, experiencias y conocimientos de otros. Su importancia fue tal que el término ‘Piedra Rosetta’ ha pasado a formar parte de nuestra cultura pop para referirse a los descubrimientos que abren nuevos campos de conocimiento.

En mi mente, no es casualidad que, para llegar a la Piedra Rosetta, el turista pase por el Gran Patio del museo y vea la entrada a la antigua Sala de Lectura, un edificio circular que, de 1857 a 1997, ofreció kilómetros de libros a cualquier visitante que pudiera leerlos (una cosa es ser alfabeta; otra, muy diferente, desarrollar la concentración para leer libros).

El responsable de su construcción, el italiano Antonio Panizzi, expresó así su razón de ser: “Quiero que un estudiante pobre tenga los mismos medios para satisfacer su curiosidad intelectual, seguir sus investigaciones racionales, consultar a las mismas autoridades y comprender la investigación más compleja que el hombre más rico del Reino”.

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