Pedro Sánchez aún debería estar buscando la cuadratura del círculo aunque todo fue preparado al milímetro en La Moncloa, desde la proyección de España como puente progresista a ambos lados del Atlántico hasta la conjunción de tres cumbres con líderes de todas las sensibilidades de las izquierdas en Barcelona, urbe de peregrinación para los movimientos que se consideran en el mismo barco sobre la ola de estribor que viene desde la Casa Blanca. Pero algo no termina de cuajar.
El PSOE se apuntala como cabeza de lanza de la izquierda en su cruzada contra Donald Trump, que abandera al conjunto de fuerzas ultraconservadoras nacionalpopulistas y paraguas bajo el que debe transitar todo partido liberal o de derechas estos días. Lo hizo por todo lo alto con un despliegue masivo de la plana mayor del Gobierno español, cargos orgánicos del aparato de Ferraz, barones autonómicos socialistas, influencers progresistas y los pesos pesados de la izquierda latinoamericana, los pocos que siguen gobernando en el otro frente geopolítico de España
A Cataluña acudió Claudia Sheinbaum —quien no acostumbra a salir de México y zanjó ocho años de distanciamiento diplomático por los hechos de la Conquista—, Luiz Inácio Lula da Silva —quien pareció haber cedido el testigo en una suerte coronación iberoamericana si no consigue ganar la séptima elección que enfrenta a sus 80 años— o Gustavo Petro—abocado al reto mayúsculo de vencer a todos los sectores de Colombia para sentar a su sucesor en el Palacio de Nariño en menos de un mes.
El hecho es que Sánchez lo hizo todo. Elevó las relaciones diplomáticas con Brasil en una cumbre de Alto Nivel con decenas de ministros que se sientan en Moncloa y el Palacio del Planalto; reunió a los jefes de los Estados más poblados de América Latina en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia y convocó a los líderes de las oposiciones progresistas (mayoritarias en Europa) en un agasajo del cual salió apuntalado como adalid de la parte que se opone al terremoto de Trump en el mundo, y que aspira a colarse entre sus grietas.
Carnés rojos, invitaciones cursadas a intelectuales y representantes gubernamentales de todo el mundo, canapés, agua embotellada, pantallas LED, transporte, el Palacio de Pedralbes, el Ayuntamiento de Barcelona y el Palau de Congressos a disposición.
El cónclave en la Puerta del Sol
La movilización de élites deslumbró la Ciudad Condal, pero las masas se congregaron a más de 500 kilómetros de allí. Ese mismo fin de semana España fue la cúspide política del vínculo entre América Latina y el Viejo Continente, también en parte por ser la etapa clímax de la gira europea de María Corina Machado, líder de la oposición venezolana y Premio Noble de la Paz. La líder liberal de derechas cogió aliento de cara a su regreso para reencauzar la transición en su país hacia la democracia, iniciada y tutelada precisamente por el antagonista de la cumbre con más invitados que ha tenido la Península desde que la OTAN y la presidencia rotatoria de la UE embotellaron las calles españolas.
La agenda de Machado también estuvo apretada. Agasajo por todo lo alto en Génova como si fuera la candidata del PP que ganó las generales, encuentro privado con Santiago Abascal en la sede de la fundación que le dedicó un documental publicado durante su aventura en Oslo, la Llave de Oro del Ayuntamiento de Madrid, la Medalla de Honor de la Villa de Galapagar, la Medalla de Oro de la Comunidad en el balcón de la Casa Real de Correos con Isabel Díaz Ayuso, entrevistas, reuniones, desayunos informativos… y zambullidas en un mar de gente que ansiaba abrazarla.
Y es que, durante toda su estancia en España, la fundadora del partido Vente Venezuela apenas pudo respirar. Cientos de venezolanos de todas partes del país se agolparon a su equipo de seguridad para recibirla, darle a sus hijos en brazos, entregarle rosarios, sombreros de paja, estampitas o cualquier cosa que se les ocurriera para representar su tierra. El epítome de todo se resume en la concentración que reunió a más de 10 mil exiliados en la Puerta del Sol de Madrid, bajo los inclementes rayos de esta aparente primavera, con el único propósito de escuchar a una mujer hablar por un micrófono sobre una tarima y delante de un cartel.
Al final, los cánticos racistas que algún grupillo de trasnochados coló al mitin no pueden empañar la congregación de miles de venezolanos de todos los tonos de piel, estratos socioeconómicos, regiones o estatus migratorios posibles que corearon lo mismo: una transición ya.
Unidad prístina en Venezuela
Parece preciso indicar que la líder de la oposición venezolana viene con una lección aprendida. Pasó de ser una ingeniera estudiada en las universidades de élite en su país y en Yale, descendiente de quienes en el argot criollo se encuadran en esa desplazada aristocracia de los Amos del Valle de Caracas y heredera arrebatada de la industria de la metalurgia, a una figura de masas precisamente en un país lastrado por las estructurales desigualdades de clases que dieron pie a los últimos 27 años.
A principios de los 2000 dio el salto a la sociedad civil para defender el voto, de allí desembarcó en la política como figura independiente y en el extrarradio de la entonces “unidad” de la oposición. Pero después tendió puentes, ganó las primarias cuando el país se creía despolitizado y libró una campaña titánica que todos saben cómo terminó. Al final, la líder liberal, afiliada a la familia política de centristas del grupo Renew como Emmanuel Macron, acabó con el respaldo mayoritario de la clase política y la masa social de su país.
Fuera de las alianzas que Vente tenga, a Machado la acompaña el aparato orgánico de la Plataforma Unitaria Democrática (PUD), donde aprendieron a convivir los socialdemócratas de Acción Democrática (homólogo del PSOE), los socialcristianos de Copei (hermanados con el PP), los humanistas de Primero Justicia (centro nacido bajo la figura de justicia vecinal), los progresistas de Voluntad Popular (expulsados de la Internacional Socialista), los socioliberales de Encuentro Ciudadano (pero de derechas), los laboristas de la Causa R (feministas y ecologistas), los democristianos de Proyecto Venezuela o los conservadores de Convergencia.
Tender puentes y despertar ese furor en la ciudadanía puede ser, quizás, lo que le falta a la socialdemocracia europea para colarse entre las grietas de los seísmos de Trump en este orden mundial en mutación. @mundiario