
Por Alejandro Moreno
México no se derrumba de un día para otro. Se desgasta. Se va quedando sin aire poco a poco, entre decisiones mal tomadas, omisiones deliberadas y una narrativa oficial que insiste en negar lo evidente. Hoy, el país enfrenta una asfixia silenciosa, pero profunda, resultado de años de demagogia, desatención gubernamental y un preocupante desapego por resolver los problemas reales de la gente.
Durante demasiado tiempo se privilegió el discurso sobre los resultados. Se prometió transformación, pero en la práctica se desmontaron capacidades institucionales, se debilitó al Estado y se sustituyó la política pública por ocurrencias. Gobernar dejó de ser sinónimo de responsabilidad para convertirse, en muchos casos, en un ejercicio de propaganda.