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Mundiario 01 Nov, 2026 05:39 (5 min de lectura)
Observatorio Neutral

José Ramón Pérez Nieto, el hermano que llevaba la cocina de Pérez Rumbao

Por Mónica Martínez En Negocios España, Galicia
José Ramón Pérez Nieto, el hermano que llevaba la cocina de Pérez Rumbao
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• Emilio Pérez Nieto evoca a su hermano José Ramón en podcast.
• Ambos dirigieron el grupo automotriz durante casi medio siglo.
• La empresa creció desde Ourense con nuevas marcas e instalaciones.

Emilio Pérez Nieto grabó su conversación con El Podcast de MUNDIARIO en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Santiago, un edificio al que llegó como presidente del Consello Social y nunca como alumno. Su hermano José Ramón sí se formó en aquellas aulas, y de allí salió, con el título bajo el brazo, para incorporarse a la empresa familiar en Ourense a comienzos de los años setenta. Más de medio siglo después, la facultad donde estudió fue también el lugar en el que Emilio volvió a hablar de él.

Remar juntos

Cuando José Ramón llegó a Pérez Rumbao, su hermano llevaba ya varios años al frente del negocio. Emilio había asumido la dirección en el verano de 1964, con veintitrés años, después de que un problema cardíaco apartara a su padre, Ramón Pérez Rumbao, de la primera línea. El menor de los hermanos cumplió en Ourense sus prácticas de milicia, vestido ya de alférez, y se puso a trabajar en cuanto se licenció. “Empezamos a remar juntos, posiblemente con más fuerza y con más velocidad”, recuerda Emilio.

Esa suma de fuerzas coincidió con la primera salida del grupo fuera de la provincia. Llegaron concesiones de camiones en otras plazas, nuevas marcas de automóviles junto a Seat y nuevas instalaciones en Vigo y Pontevedra, y la pequeña empresa que Emilio había heredado se fue convirtiendo en un conjunto de compañías más grandes y más sólidas. Vendrían después la fábrica de autobuses Unvi, en San Cibrao das Viñas, y la portuguesa Camo, en Vila Nova de Gaia. José Ramón asumió la presidencia del grupo hacia 2012 y la ejerció hasta su fallecimiento, en noviembre de 2020, todavía como presidente ejecutivo.

De acuerdo en todo, discutiendo cada día

Cuando se le pregunta cómo era la relación entre ambos, Emilio responde con una paradoja que resume medio siglo de convivencia profesional. “Nos llevábamos bien. Siempre estábamos de acuerdo, pero discutíamos todos los días de la vida”, afirma.

Lejos de verlo como una fuente de tensión, considera esa discusión cotidiana el secreto de la empresa. Discrepar, explicar por qué se discrepa y no rumiar después si la decisión fue un acierto o un error es, a su juicio, una de las grandes riquezas de una empresa familiar. “Eso es lo que hicimos mi hermano y yo durante muchos años”, explica, y añade que es también lo que hoy practican sus hijos y sus sobrinos. “Creo que esa es la fortaleza de la continuidad”.

La cocina y la sala

Cuando piensa en José Ramón, a Emilio le vienen a la memoria recuerdos muy distintos. A veces es alguna discusión, otras son gestos de cariño, y otras una sana envidia por la forma en que su hermano disfrutaba de la vida. Lo recuerda rodeado de amigos de la universidad, de la empresa y de fuera de ella, y muy unido a su familia. “Fue siempre muy conciliador, y eso ha sido un auténtico bálsamo”, dice.

Emilio se reserva para sí mismo el papel más expansivo. Se define como “un poco más histriónico” y describe el reparto de funciones entre los dos con una imagen de restaurante. “Fuimos una relación como los grandes restaurantes. A él le gustaba más estar en la cocina, y a mí me gustaba más estar en la sala”. En esa división del trabajo, uno daba la cara ante el exterior mientras el otro cuidaba el equilibrio de la casa, y ambos formaban un equipo que sostuvo durante décadas la tercera generación de la saga.

Las puñaladas de la vida

El recuerdo de José Ramón aparece en la entrevista junto al de otras pérdidas que han marcado a la familia. Emilio habla de la muerte de su hermana Marosa, que obligó a sus padres a ocuparse de los nietos que ella dejó, y de la de dos sobrinos en los últimos tiempos. “Creo que es tremendo que un padre vea fallecer a su hijo o a su hija. Antinatural, siempre”, reflexiona. “Esas son puñaladas que vas recibiendo, porque la vida en eso te traiciona”.

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De esas ausencias extrae la convicción que atraviesa toda su visión de la empresa familiar. “Lo que tenemos entre las manos es un legado, no es una propiedad”, afirma. Quien recibe una empresa de sus padres tiene la obligación de entregarla mejorada a los que vienen detrás, sean hijos o sobrinos, y quien la funda debe aprender a pasar “ese amargo trago de dejarse suceder”.

Seis años después de su muerte, el nombre de José Ramón Pérez Nieto sigue unido al de una empresa que ya va por la cuarta generación. Se sostiene sobre unas reglas escritas, sobre la autoridad moral de una madre que supo decir que no con elegancia y sobre una costumbre que los dos hermanos convirtieron en método, la de discutir cada día sin dejar nunca de estar de acuerdo. @mundiario

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