La mujer de 35 años abrió los ojos de golpe; su corazón latía con fuerza. Sentía opresión en el pecho y le faltaba el aire mientras una terrible y familiar sensación de pánico se apoderaba de ella. Miró el reloj: las 3 a. m. Intentó hacer los ejercicios de respiración que había tenido que practicar tan a menudo últimamente. En realidad, nunca la ayudaban, pero la distraían de su terror. Hacía unos meses que no lograba dormir bien. Y estaba sumamente cansada.
Durante gran parte de su vida adulta, luchó contra la ansiedad y la depresión, pero esto nunca había afectado su sueño. Entre la terapia psicológica y los antidepresivos, lo tenía bajo control en su mayor parte. Luego, todo empeoró esa primavera, más o menos cuando comenzó un nuevo puesto en su empresa. El cambio era difícil, le recordó su psiquiatra mientras probaba un par de medicamentos nuevos para ayudarla a superar la transición. Nada parecía ayudar. Empezó a tener ataques de pánico que parecían aparecer al azar, sin ningún factor estresante que los desencadenara. Incluso por la noche. En las horas previas al amanecer, se despertaba empapada en sudor, con el corazón latiéndole con fuerza. No era mejor durante el día. Además de la fatiga por no dormir, se encontraba en un estado constante de pavor y ansiedad. No podía concentrarse. Era ingeniera, y pensar con claridad era esencial para su trabajo.
Semana tras semana, le preguntaba a su psiquiatra de dónde podía provenir todo aquello. Sin duda, había factores estresantes. En su nuevo puesto, tenía un conflicto constante con un colega. Y tenía algunos problemas médicos. Dos años antes, un caso de covid había provocado una recaída de su enfermedad de Behçet, un raro trastorno autoinmunitario que había estado inactivo durante los 13 años transcurridos desde su diagnóstico. Tras meses de dolor articular debilitante y rigidez extrema, aceptó comenzar a tomar un medicamento inmunosupresor para reducir los anticuerpos que causaban la enfermedad. Esto ayudó con el dolor, pero inhibir su sistema inmunitario la ponía en riesgo de contraer tuberculosis y, en efecto, dio positivo a la enfermedad un año después de iniciar el medicamento.
Una radiografía de tórax no mostró ningún signo de infección activa por tuberculosis, y eso fue un alivio. Pero a menos que recibiera tratamiento, había una alta probabilidad de que su tuberculosis latente se volviera activa. Cuatro meses con un fármaco llamado rifampicina matarían la bacteria de la tuberculosis antes de que eso pudiera suceder. Así que, ese verano, lo añadió a su nuevo régimen de medicamentos. El medicamento le tiñó la orina y las lágrimas de color naranja, un efecto secundario del que le habían advertido.
En las garras de la ansiedad
Esa primavera y verano, su psiquiatra le sugirió una serie de medicamentos: para el sueño, para la ansiedad, incluso para el trastorno bipolar. Pero el pánico y el pavor siguieron siendo sus compañeros constantes.
Solicitó y se le concedió una licencia en el trabajo y se internó en el centro de salud mental más cercano que pudo encontrar. Estaba en Arizona, a casi siete horas de su casa en Los Álamos, Nuevo México. Los médicos de allí le cambiaron los antidepresivos y la sometieron a sesiones diarias de terapia para ayudarla a desarrollar estrategias para manejar la ansiedad. A pesar de todo esto, empezó a tener pensamientos suicidas. Cuando su seguro se agotó después de 30 días, los médicos se mostraban reacios a darle el alta, pero ella no podía pagar para quedarse y no creía que sus tratamientos la estuvieran ayudando.
Su tía vivía en el pueblo de al lado y era una fuente importante de apoyo, pero también se vio abrumada por los días de ansiedad y las noches de pánico de la mujer. Su hermano vivía en Seattle y la invitó a quedarse con él y su familia, así que su tía la llevó allí en auto. Sin embargo, el cambio de entorno no ayudó. Sentía el apoyo de su familia, pero su depresión se agravó. Lloraba todos los días. Su mundo parecía oscuro. Sentía el pecho tan oprimido que le costaba trabajo hasta respirar. Los pensamientos suicidas eran abrumadores y empezó a pensar cada vez más en cómo poner fin a su vida.
Cuando le pidió a su tía que la llevara a Suiza, que tiene leyes permisivas sobre el suicidio asistido, su familia insistió en que fuera al Centro Médico Harborview de la Universidad de Washington, que estaba cerca, para ser atendida por los equipos psiquiátricos del lugar. En la sala de emergencias, fue evaluada por el equipo de medicina. Al no encontrar una causa cardíaca para su dolor de pecho, la atendió un residente de psiquiatría y su médico supervisor. Uno de ellos le preguntó si estaba considerando suicidarse. Ella respondió que no en ese momento, pero admitió que no quería seguir viviendo si tenía que sentirse así. Dijo al equipo que sospechaba que este repentino deterioro de su ansiedad y depresión se debía a algún trastorno físico no diagnosticado. Se preguntaba si sería un problema endocrino y había leído que la enfermedad de Behçet podía causar síntomas psiquiátricos. ¿Podría ser eso lo que provocaba estos terribles sentimientos?
Fue ingresada en la unidad psiquiátrica para una evaluación más exhaustiva. El equipo consideró la posibilidad de que su depresión tuviera una causa médica, pero le habían hecho muchas pruebas para ello en Nuevo México y no se había encontrado nada. Aun así, le pidieron a su reumatólogo que la viera y los ayudara a entender si este cambio de humor debilitante podía ser resultado de su enfermedad de Behçet, que puede causar síntomas neuropsiquiátricos. Después de examinar a la paciente y revisar su historial, el reumatólogo lo consideró improbable. En su experiencia, las formas neuropsiquiátricas de la enfermedad de Behçet se caracterizaban por la aparición aguda de psicosis o confusión, no por el empeoramiento subagudo de una ansiedad y depresión ya existentes.
El disruptor
En su segundo día en el hospital, el farmacólogo, que formaba parte del equipo que la atendía, hizo una pregunta: ¿cuánto tiempo llevaba tomando la rifampicina? Los últimos tres meses y medio, le dijo. Debía dejar de tomarla después de completar cuatro meses de tratamiento para su tuberculosis latente.
El médico se mostró pensativo. Luego explicó que la rifampicina acelera el mecanismo del hígado que descompone algunos fármacos, incluidos los antidepresivos. Y aumentar la velocidad con la que se elimina un fármaco reducirá su eficacia. Una dosis de un antidepresivo que podría haber funcionado bien antes de iniciar la rifampicina de repente no será suficiente. El momento en que tomó la rifampicina coincidía bien con el inicio del agravamiento de los síntomas psiquiátricos de la mujer.
El equipo parecía sorprendido por esto. No habían visto a muchas personas en tratamiento con rifampicina y, sin duda, no sabían esto sobre el medicamento. Pero se mostraban reacios a interrumpir el tratamiento. La tuberculosis era un peligro al menos tan grande como la depresión y la ansiedad. Así que, en cambio, aumentaron la dosis de su antidepresivo y dijeron que vigilarían su estado de ánimo hasta que terminara su ciclo de tratamiento contra la tuberculosis.
Los siguientes 10 días fueron brutales. Asistió a terapia psicológica. Trabajó con los terapeutas para mejorar sus estrategias de control de la ansiedad y la depresión. Pero no se sentía mejor. Cuando dejó de tomar la rifampicina, no hubo un cambio instantáneo. Pero durante la semana siguiente, las garras de la ansiedad empezaron a aflojarse. La sensación perpetua de lucha o huida disminuyó, y pudo ver la posibilidad de recuperación. Aunque no se sentía completamente ella misma, ya no sentía que todo era imposible. Incluso fue capaz de imaginar que volvía a hacer las cosas que amaba.
Una vez en casa, la paciente buscó en internet para ver qué podía averiguar sobre este fármaco que la había hundido tanto. Encontró el reporte del caso de un hombre que tomaba un antidepresivo y que tuvo el mismo agravamiento drástico de ansiedad, depresión e insomnio cuando tomó rifampicina. Eso le dio un poco de esperanza, pero sabía que le tomaría un tiempo recuperarse por completo. El tipo de antidepresivo que tomaba podía tardar semanas en empezar a hacer efecto. Pero a lo largo del mes siguiente, sí empezó a sentirse mejor. Casi como antes.
La rifampicina se deriva de una bacteria llamada Amycolatopsis rifamycinica, cuyas propiedades antibacterianas se identificaron por primera vez en 1957. Esta bacteria recibió su nombre del personaje principal de una popular película de gánsteres francesa llamada Rififi, que se convirtió en un término coloquial para “problemas”. Resultó ser, de hecho, un nombre muy acertado. En la actualidad, se sabe que hay más de 800 medicamentos que se alteran cuando se administran con rifampicina.
Ha pasado un año desde que la paciente fue hospitalizada. Su depresión y ansiedad están bien controladas por su antidepresivo, ahora que no hay otro medicamento que interfiera con su eficacia. Aún no ha regresado al trabajo. No siente urgencia por volver a un trabajo que le causaba tanta agitación. Se toma su tiempo y disfruta de la oportunidad de observar a su alrededor y descubrir qué sigue.