Me gusta mucho la prosa de Marguerite Duras. La conocí en su otra faceta, la cinematográfica, en aquel insólito guion que tanto contribuyó a que la película Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, fuese memorable. Sus ideas sobre la creación literaria se recogen en el volumen Escribir: “Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes. Libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento”. Queda clara su radicalidad, su irrefrenable inmersión en sus vivencias a través de la palabra: “Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada”.
El dolor, es uno de esos libros que no se pueden olvidar, que actúan como recordatorio de una visión terrible de la humanidad que se afronta a través de lo narrativo. Estoy hablando de un volumen que está formado por seis narraciones, cuatro de las cuales −según nos dice la autora− son verdaderas y dos de ficción. La que da el título al libro, se centra en un tiempo de angustia que diríamos de un nivel inimaginable o indescriptible, si no fuera porque la autora se esfuerza y consigue que su prosa esté a la altura del dolor que ella misma sintió. El relato está escrito a modo de un diario falso. La Duras nos informa de que lo encontró, entre otros, en el año 1985, en un baúl de su casa de la costa, en unos cuadernos azules. Y dice no acordarse del momento en que los escribió.
“El dolor” es la descripción de un sentimiento terrible y real, el de la incierta y angustiosa espera de un hombre, nombrado aquí como Robert L., que es el marido de la autora. Su lugar ahora ha sido ocupado por otro hombre. No obstante, ella todavía lo ama, o tal vez solo lo compadece o se siente culpable ante él. No lo dice. Pero el destino de ese hombre, desde que fuera detenido meses atrás por los alemanes, y enviado supuestamente a un campo de concentración, le resulta enormemente doloroso y perturbador. Estamos en París, en los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad ya ha sido liberada y se tienen noticias de que los soviéticos están haciendo lo mismo con esos espacios de tortura y exterminación, mientras los aliados atacan Alemania, próximos a la definitiva victoria.
Hay en este relato grandísimos momentos de prosa concisa, rítmica, jadeante. Marguerite apenas duerme, come. Está enferma, enfebrecida, recorriendo todos los lugares en los que pueda obtener noticias, en los que pueda asistir al milagro de la reaparición de ese hombre entre otros tantos que empiezan a llegar. No tiene mucha confianza en ello. A menudo, lo imagina muerto en una cuneta. Pero no, finalmente sabe que está vivo. Su actual pareja y otro hombre, disfrazados de militares, acuden a repatriarlo. Sin esa actuación, lo habrían dado por irrecuperable, lo habrían dejado morir. Y es que su aspecto es poco menos que el de un cadáver. Marguerite y su compañero tardarán muchos meses en recuperarlo hasta la normalidad. La descripción de ese exasperante proceso es demoledora.
Si “El dolor” es el relato más intenso, aquel en el que la autora, mediante el juego del lenguaje consigue convertir la voz de la narradora en un enorme desgarro, “El señor X, aquí llamado Pierre Rabier”, se desarrolla de una forma aparentemente más serena, pero guarda en sus hechos el peso de otra terrible realidad. Otra vez es la autora la protagonista, pero el tiempo de la narración es anterior, en unos meses, al de “El dolor”, pues se refiere a la época en que su marido fue detenido por ser miembro de Resistencia. El elemento común en ambos relatos es el miedo, y también la incertidumbre.
Ese señor X del título es un agente de la Gestapo, alguien que, en el París ocupado, se dedica a detener a multitud de franceses que presumiblemente acabarán fusilados o deportados a campos de concentración. Marguerite, ansiosa por saber noticias de su marido, de momento prisionero en una cárcel, conoce a ese hombre que le confiesa que fue él quien lo detuvo. A partir de ahí, se establece una curiosa, repulsiva y peligrosa, relación entre los dos. Marguerite buscará su información, su favor; él, consciente de que la tiene a su merced, jugará con ella, se regodeará en su poder, la citará para acudir a esos restaurantes frecuentados por los alemanes o los colaboracionistas. Un par de veces, sin explicitarla, le hará la temida proposición sexual, que ella se atreverá a denegar. Pero continuamente teme ser descubierta, que él la detenga como miembro de la Resistencia que es.
La situación es de una incomodidad extrema. ¿Cómo soportar la meliflua pose de quien probablemente haya condenado a muerte a tu marido?: “Lo veo reír como a través de la niebla. Era un rostro muy cruel, terrible. Estalla una risa indecente. También la vulgaridad, de pronto, se extiende nauseabunda. Es una broma que debe gastar a las mujeres con las que trata, sin duda alguna prostitutas”. “Bajo los ojos de nuevo, los párpados de plomo impiden la mirada, resguardan. Siento vergüenza y siento miedo. Simplificando: soy la única que no está al servicio de la policía alemana. Tengo miedo de que me maten, me da vergüenza vivir”.
Duras reconoce que, junto a su amante D., intentó acabar con él antes de que pasara por los trámites de la sumarísima justicia. Sin embargo, cuando tiene que declarar en el juicio, en aras de la verdad, no se calla algún magnánimo gesto que ese hombre tuvo con los judíos, algo que el jurado le reprocha.
Y es que continuamente se nos muestra el odio, la sed de venganza por el terrible daño infligido por los alemanes y los colaboracionistas franceses: “Un cura prisionero ha llevado al centro a un huérfano alemán. Lo llevaba de la mano, estaba orgulloso, lo enseñaba, explicaba cómo lo había encontrado, decía que el pobre niño no tenía ninguna culpa. Las mujeres lo miraban con hostilidad. Él no acaba de regresar de ningún dolor, de ninguna espera. Se permitía ejercer el derecho a perdonar, a absolver, allí, inmediatamente, sobre la marcha, sin conocer en absoluto el odio en el que estábamos inmersos, terrible y bueno, consolador, como una fe en Dios”.
Esta mezcla de sed de venganza y de pequeños asomos de piedad también se expresa en el siguiente relato, “Albert des Capitales”. Aquí, la autora reconoce ser esa Thérèse que participa en la tortura de un chivato. Confiesa su furia vengativa, que no es compartida por algunas de sus compañeras francesas.
“Ter el miliciano” es la historia de otro colaboracionista detenido. Un joven de veintitrés años muy curioso, alguien que no ha actuado por creencias políticas, sino puramente por ambición económica, por no dejar de darse a la buena vida. La conclusión de la narradora es esta: “No sabemos qué fue de Ter, si fue fusilado, si aún está en Fresnes o si está en libertad. Si Ter está en libertad, debe hallarse en aquel sector de la sociedad en el que el dinero es fácil, en el que la idea es corta, en el que la mística del jefe hace las veces de ideología y justifica el crimen”. Los dos últimos relatos, “La ortiga rota” y “Aurélia Paris”, son excelentes, aunque menos intensos y construidos a partir de la ficción.
Como decía al principio, El dolor es un libro inolvidable, escrito con el fuego de una vivencia terrible. @mundiario