Hoy, hablar de educación financiera es básicamente una necesidad; todas las personas requerimos desarrollar conocimientos, habilidades y actitudes para tomar decisiones responsables e informadas en temas financieros. Por eso, es importante introducir este tema desde temprano en la vida de las niñas y los niños.
Esto está respaldado por la evidencia que se ha recopilado a través del estudio de educación financiera de PISA 2022, con el que se mide la forma en la que los jóvenes de 15 años toman decisiones financieras. Sabemos que, a esa edad, ya compran en línea, ahorran, comparan precios y usan servicios digitales. No es un supuesto: es un hecho. De acuerdo con este estudio, hasta el 86% de los estudiantes ha comprado algo en internet y dos de cada tres han realizado pagos desde su teléfono. Es decir, ya están bastante familiarizados con el comercio electrónico y las herramientas digitales. Sabemos también que el 67% ha ahorrado en una cuenta bancaria, pero el 88% lo hace guardando dinero en casa, es decir, no necesariamente se integran al sistema financiero.
Y aquí es donde surge la pregunta: los jóvenes ya participan en el sistema financiero, ¿pero lo entienden? Porque, seamos realistas, una cosa es usar dinero —eso lo hacemos todos, todos los días— y otra muy distinta es saber usarlo. La educación financiera no es solo aprender conceptos económicos como presupuesto, crédito o tasa de interés; se centra, sobre todo, en la autonomía para tomar decisiones financieras.
Y ahí empiezan los problemas, no solo para los jóvenes, también para los adultos. Los resultados de PISA muestran que uno de cada cinco estudiantes no alcanza el nivel básico en educación financiera. Es decir, tiene dificultades para tomar decisiones simples sobre gasto o para reconocer información financiera básica. Pero el dato más incómodo no es ese: es la desigualdad. En promedio, los estudiantes con mayores recursos obtienen resultados significativamente mejores que los de menores ingresos, lo que evidencia que la falta de educación financiera está reproduciendo brechas: el origen sigue siendo destino.
¿Quién aprende realmente a tomar decisiones financieras? Porque si esta habilidad depende del origen socioeconómico, entonces no estamos formando ciudadanos, estamos reproduciendo desigualdades. Y aquí viene una parte fundamental.
Ahora bien, el marco normativo mexicano no es ajeno a este problema. El Artículo 30 de la Ley General de Educación establece con claridad que los planes y programas deben incluir el fomento de la cultura del ahorro y la educación financiera. No es opcional. No es complementario. Está en la ley. Sin embargo, sigue habiendo voces que llaman a reforzar este mandato para asegurar su implementación desde la educación primaria, porque sabemos que la distancia entre lo que se establece y lo que ocurre en las aulas sigue siendo difícil de medir y de cerrar.
La educación financiera debe ser un proceso continuo, no un tema aislado; debe enseñar a tomar decisiones responsables y no convertirse únicamente en más contenido y más carga para los docentes. ¿Estamos enseñando a tomar decisiones o solo agregando contenidos? Aprender implica desarrollar capacidades reales para la vida. El verdadero reto no es incorporar la educación financiera al currículo, sino asegurar que se traduzca en aprendizaje efectivo, en habilidades observables y en decisiones mejor informadas.
Esto no es trivial en el marco del derecho a aprender que defiende Mexicanos Primero. La educación debe ser una herramienta que realmente permita a las personas mejorar su vida, ejercer su libertad y construir su futuro. Porque aprender a ahorrar bien, también importa.