Es difícil que una poesía como la de Dira Martínez no fluya con intención. Su artificio no es gratuito cuando sus poemas obedecen a una idea fija, casi obsesiva. Lo eugenético acontece como una vertiente en su Kanagawa (La Garúa) por la que encauzar esa filiación del sujeto al mundo. Nada está perdido, porque en realidad nada fue hallado.
Sujeto y realidad son las mismas aguas del parto, luces que se rozan, vertientes acostumbradas a desembocar en los baldíos, naturaleza frenética que no se apiada de nadie.
El poemario establece una honda voluntad de arraigar en los orígenes de aquello que se ha concebido para ser contemplado. Ser es transformación, un estímulo que se abre en una fractalidad en la que el yo poético interpreta que no es ajeno a lo que domina el humus, los astros, su incandescencia, a lo que calla el bosque, a lo que se oculta tras las frondosas identidades que atraviesan los espacios: "La noche nos abrazaba para convertirnos / en pájaros volando en una ciudad / que lleva siglos muerta". (pág. 27).
Todo es luz, sucesión de luz, animales, romper aguas, crecer en la mismidad de las cosas que contienen las orillas y las rebasan. Nada queda a merced del vacío. El vacío respira a través de ecosistemas que arden y se regeneran para sencillamente permanecer: "Rendirse al fuego y morir / he aquí la gramática celeste en la tierra" (pág. 30). El estatismo de las sustancias es baladí, cuando todo se mueve hacia un horizonte lisiado de paisajes que Dira Martínez describe, convencida de que no es posible la escisión entre conciencia y mundo: "¿Qué es lo que permanece después del vaivén líquido / de todas las formas? ¿Cuál país puede ser el tuyo / cuando ya no quede un nombre?" (pág. 52)..
El ser se pliega a los relieves, a las circunstancias en las que la materia reaparece y se redefine después de los incendios, de la contusión de una piedra contra la quijada. No es solo orfismo, es un panteísmo el que domina las composiciones de Kanagawa. La poesía reconduce las vibraciones y tropismos de los vegetales, acecha presas, aspira a colisionar con los astros, a fundirse, a imbricarse, a confluir. Los ríos y veneros se incorporan al segmento fónico, a una sintaxis que deja constancia del alud de imágenes en lo que todo ha de atravesar lo perceptible, alcanzando lo esencial, partículas, moléculas. Hay un regreso al vientre materno: "Todo se vuelve líquido, agua pura. He aquí una mujer abarcando tu osamenta, he aquí una mujer entrando a tus hombros libre paso. Cuando mi cabeza está en tu hombro, eres el mundo". (pág. 42).
Para Dira Martínez, la creación es una experiencia inmersiva y su estilo se caracteriza por una versatilidad que se mueve entre la sobriedad de una intencionada depuración formal frente al barroquismo de una densidad conceptual en la que la prosa poética indaga en la multiplicidad y en la fragmentación de una naturaleza que es simbiótica con el propio proceso de creación, una clase de prolongación de la escritura en la que símbolo y cosa no son divisibles. El panteísmo acontece cuando la divinidad aspira a manifestarse en la concreción, en una materialidad fulgente y transformada. Sí, en efecto, como si las lluvias absorbieran la tierra o los animales, por el mero hecho de ser representados por palabras, fuesen meras figuraciones, presas de un delirio. Pero no es así: Kanagawa es la constatación de que hay una servidumbre a la vastedad del mundo enseguida que el poeta decide reflexionar sobre la causalidad de las sustancias, sobre su azar y sobre su orden. Sobre su aparente extinción también: "Quiero renacer cerca de los que me han amado sin condiciones, los que no precisaron la necesidad de protegerme con mis máscaras. No temo dar la vuelta y ser herida por su arma blanca, nunca lo harían". (pág. 49). Y, sin embargo, en esa pertenencia a la cosa de la que mi carne ha dejado de ser carne, hay fragor, violencia, pues el hecho de ser surge en la fricción, en ese kanagawa donde el río de la vida desemboca en un mar de olas gigantes. @mundiario