
Los desencuentros y las diferencias son parte de lo social. Toda nación vive con ellos; incluso la misma historia y sus prohombres forman parte de la polémica. Las verdades en una democracia son precarias; pueden ser mayoritarias, pero nunca finales ni excluyentes; importantes son las reglas y las instituciones que garantizan la coexistencia en la diversidad y diferencia. No es propio de un régimen democrático considerar a quienes no comparten su visión como traidores a la patria. Es común en los regímenes totalitarios: la verdad es que solo hay una y quien no la suscriba merece el rechazo y, a veces, el paredón.
Un problema de nuestros tiempos es el populismo, que tiene mucho de autoritario. Así es Trump y su movimiento MAGA, también el obradorismo. Su último intento de reforma política pretendía excluir de la representación política sustantiva cualquier expresión de pluralidad, incluyendo a sus propios asociados. Un error propio de la mente totalitaria, que hace del proyecto político la única expresión legítima.