Con algunas diferencias y algunas similitudes, se me ha antojado esta mañana comparar la derrota de la investidura de Mariano Rajoy, en el Congreso de los Diputados, con la derrota del General Custer en Little Bighorn. Aunque solo sea porque, uno, el casaca azul a la cabeza del Séptimo de Caballería, murió con las botas puestas y, el otro, al frente de las huestes de Génova, 13, fue abatido en combate parlamentario con los votos puestos. Pero, también, porque Pedro Sánchez se marcó un Toro Sentado capaz de reunir a Sioux de Ferraz, Cheyennes de Podemos y otras tribus cuyos tambores de guerra nacionalistas retumbaban por la geografía española, y Pablo Iglesias le calcó el papel de Caballo Loco, mientras las tribus nacionalistas, Esquerra, PNV, BNG, Bildu y así, decidieron no rechazar la oportunidad de tener vela en ese entierro.
O sea, que lo que sucedió dos siglos antes en Montana, al noroeste de los Estados Unidos de América, se repitió en las Comunidades Desunidas de España dos siglos después, a ver si me entiendes, con la diferencia de que, en aquella ocasión corrió la sangre a raudales y, en esta otra, en cambio, entró en erupción volcánica un cúmulo de mentiras, de sucesivos donde dije digo, digo diego, de cambios de opinión, de indultos, de amnistías, de presuntos tratados de paz entre rostros pálidos socialdemócratas y tribus nativas, con pluma separatista que, en ningún caso aceptaron el modelo de reserva india que les coló el Presidente Ulysses G. Grant a los autóctonos titulares de las praderas y los rebaños de búfalos.
El problema, ahora, tras el Little Bighorn a la catalana del 1-O y el Axterismo irreductible de la aldea vasca, con sus pócimas mágicas del RH y los persuasivos ecos del Goma Dos y las nueve parabellum, es que la sombra del agravio comparativo se hace cada día más alargada en el resto de los territorios degradados a la categoría de simples reservas de pueblos, con voz pero sin voto. Es curioso, por ejemplo, que Cataluña disponga de voz en Waterloo y voto en el Congreso, Euskadi de dos voces y dos votos procedentes de Aitor Esteban y Arnaldo Otegi, y al resto de jefes de las distintas tribus, esparcidas por la geografía española, les permitan proponer, pero les impidan disponer por dónde quieren llevar a sus pueblos o por donde quieren que les lleven sus pueblos a sus respectivas tierras prometidas.
Con todos los respetos a los llamados padres de la Constitución, cuyos supervivientes siguen siendo venerados, el llamado Estado de las Autonomías se ha ido convirtiendo, hasta llegar a su zénit con el Sanchismo, en la reproducción geográfica, económica y política de una de las más célebres frases del Conde de Romanones: A los amigos el culo, a los enemigos por el culo y al indiferente la legislación vigente, dicho sea sin perdón, por mantener en su integridad la crudeza y falta de escrúpulos de Don Álvaro Figueroa y Torres.
Visto lo visto, oído lo oído, cuando haya pasado el Papa, vuelva La Roja con una sola estrella o dos, se aclaren los inescrutables caminos de la Justicia, pueda caer de la burra la generación ZP, se vaya desvaneciendo en la historia el Manual de Resistencia de ese Álamo cañí de La Moncloa y, periódicos, medios audiovisuales, tertulianos, expertos, ministros twiteros, ministras repetitivas a lo Doña Rogelia, ventrílocuos de Genova o Ferraz, arribistas aprieta botones con escaño y sin conciencia, rebeldes ultras sin causa a babor o estribor de la historia vayan encallando, debería llegar el sublime momento en el que, en los 17 mas dos ciudades situadas en los cuatro puntos cardinales de la Piel de Toro, se convirtiesen en asignaturas llave dos materias (ahora consideradas Marías), sin las cuales es una quimera doctorarse en mujeres y hombres libres: la igualdad de todas y todos ante la ley y, por antonomasia, la democracia.
Presumimos mucho de ella, ergo carecemos de ella en exceso. @mundiario