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Radar Inteligente
Quadratin 24 Apr, 2026 10:41

Tembló/Norberto Gasque Martínez

-¡Tembló en México!
-¿Fuerte?
-Dicen que hay varios edificios derrumbados
-Se cayó la Secretaría del Trabajo y Radio Fórmula.
Esos y otros comentarios confusos fueron el desayuno aquel 19 de septiembre para los integrantes de la caravana de la Segunda Carrera Ciclista de la Independencia “Frontera Norte”.

Se preparaba la salida para una etapa más con partida en Ciudad Acuña, Coahuila, pero en el Puente Internacional, donde se daría el banderazo, todo parecía congelado y el habitual ruido y ajetreo de todos los arranques de etapa era apenas un murmullo.

Los que podían, se arremolinaban cerca de los vehículos con radio, en los que se escuchaba la voz de Joaquín López Dóriga, mi jefe, quien transmitía desde algún punto de la Ciudad de México.

Él, nos confirmó la caída de los edificios de Radio Fórmula y la Secretaría del Trabajo, al tiempo que nos daba una panorámica a vuelo de pájaro del escenario desolador que presentaba la ciudad capital:

Se habían caído los teleteatros en Puebla y Avenida Cuauhtemoc, “La Copa de Leche” en el Eje Central y algo que nos estremeció a la mayoría: La antena principal de Televisa Chapultepec, se vino abajo sobre el anexo de Noticieros.

Como impulsados por un resorte, Arturo “El Gordo” Rivera y su camarógrafo “El Jarocho”, solicitaron permiso a la Dirección de la carrera para regresar de inmediato a México. Como no había posibilidades de hacerlo por avión, se les facilitó una camioneta de las de la Vuelta, para que hicieran el viaje.

López Dóriga, fue enfático en su transmisión para con su gente:
-A todos mis enviados especiales en el país y el extranjero, les pido no se muevan de los lugares donde se encuentran hasta que yo les dé instrucciones por este medio- dijo.

Como una muestra de solidaridad, el “Teacher” invitó a los colegas de Televisa a usar las instalaciones de IMEVISIÓN en el Ajusco, que construidas sobre piedra volcánica, prácticamente no sufrieron daño.

Era pues una orden, debíamos continuar en la carrera y así lo hicimos. El evento se convirtió en “La Carrera Ciclista del Silencio”, pues a nadie podía interesarle en medio de la tragedia que vivía la capital del país, lo mucho o poco que se viviera en una justa de la que ni siquiera podíamos informar.

Estábamos completamente incomunicados, sin teléfono, sin telex, con los vuelos saturados. En un hecho sin precedente en los anales del ciclismo de competencia, las llegadas se hacían sin el clásico sprint final; todos los muchachos entrelazaban sus brazos para cruzar la línea de sentencia.

En la llegada a Ciudad Juárez, en el Hotel Presidente había un telex, aparato que jamás había operado en mi vida. En la recepción me dijeron que si quería podía utilizarlo y como dicen que “la necesidad tiene pies”, me puse a picarle aquí y allá hasta que logré comunicarme con una operadora del Presidente Zona Rosa en la capital. Me comentó que estaban desalojando el edificio pero que mientras la sacaban podía ayudarme.

Alguien corrió la voz de que tenía comunicación con México y en menos de 10 minutos más de la mitad de la caravana, integrada por cerca de 500 personas, formaron fila, para conocer razón de sus seres queridos y sus casas. El sistema era sencillo: Vía telex, pedía que se marcara algún número telefónico, se preguntara por alguien y se diera un rápido reporte de daños y estado de salud.

Desde las 4 de la tarde y hasta casi las once de la noche “operé” el durísimo telex… Al final pregunté por mi gente y después de marcar varios números sin éxito, logramos la comunicación con un primo que dijo que toda mi familia estaba bien y sin novedades. No le creí.

Fue ahí en Ciudad Juárez donde con un solo aparato, se formó una larguísima fila; tenías derecho a hablar 2 minutos si te contestaban el número marcado, y si no, a la cola otra vez. Estratégicamente distribuidos en la hilera del teléfono, logramos comunicarnos con Joaquín:

-Les voy a mandar dinero en la valija de prensa, se van al otro lado a hacer reportajes- nos dijo.

Ahí, se inició otra aventura. Nos prestaron una combi en regulares, tirándole a malas, condiciones mecánicas. Tuvimos que irnos de noche por la interestatal 100, que es una de las vías menos transitadas en territorio estadounidense y pagamos el precio. A eso de la una de la mañana se nos tronó la banda y nos quedamos tirados. En poco más de dos horas pasó un solo vehículo.

Como buen mexicano, mi compañero camarógrafo Evodio Cruz, improvisó una banda con mecate y el remiendo nos alcanzó para llegar al pueblito de Dauphine, en Texas, donde conseguimos una banda de verdad para proseguir el viaje. También, nos quedamos sin gasolina y otra vez a caminar por la carretera. A pesar del mal momento y la presión de la chamba, todavía tuvimos tiempo para burlarnos de nosotros mismos y aliviar tensiones.

En suelo vecino, fuimos testigos de la solidaridad del pueblo estadounidense y presenciamos la operación de carga de enormes tráilers, con casas de campaña, colchones inflables, víveres, ropa nueva, cobijas, mantas e incluso sierras eléctricas y otros artículos mecánicos que nunca supimos si llegaron a su destino.

Reconozco que en las entrevistas la voz se me cortaba, solamente de pensar, que esa ayuda pudiera ser para alguno de mis seres queridos. Y sí, agradecía a nombre de nuestro pueblo todas esas muestras de afecto. No recuerdo cuántos días pasamos en Estados Unidos, pero no se me olvida el apoyo recibido.

Regresamos prácticamente a mediados de octubre y recorrer mi ciudad fue una experiencia desoladora, por decir lo menos.

Muchos de los lugares que conocí de trabajo o diversión, ya no existían y de mi gente, mi buen cercano amigo Enrique Valdez, “El Papuchino” fue una de las víctimas mortales del anexo de noticieros de Televisa, sobre el que cayó la antena principal de la televisora.

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