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El Financiero 29 Apr, 2026 01:12

Luis Mario Alcalde

La cobertura periodística muta en el tiempo. No necesariamente al ritmo que la sociedad lo requiere. Por eso, si el periodismo no es autocrítico falta a su función. Socialmente, debe ser vanguardia, no cabús. ¿Cómo va eso cuando cubrimos política con perspectiva de género?

En el siglo pasado la prensa fue machista. Una clase política y un cuerpo reporteril con altísimas proporciones masculinas daban por resultado coberturas que a querer o no invisibilizaban la agenda de las mujeres. No es excusa, pero algo explica.

Comportamientos en público que contradecían la ética proclamada por un político rara vez eran informados dado que “entre gitanos…”. Ni qué decir que por entonces a casi ningún reportero se le ocurriría que un político acosando a una subalterna constituía abuso o delito.

La paulatina incorporación de mujeres a las filas reporteriles no cambió de golpe redacciones decididamente machistas, o siquiera aquellas que predicaban equidad mientras practicaban lo opuesto: padecieron el acoso no solo de políticos, sino de jefes y colegas.

Tan es así que ahí está por ejemplo Colombia, donde semanas atrás surgió una cascada de denuncias de lo que han padecido las periodistas de ese país en sus propios medios.

Pongo este contexto como preámbulo al tema con que titulo esta entrega, y a preguntas necesarias y urgentes. Para no darle más vueltas: si Morena estuviera presidida por un Luis Mario Alcalde, y no por Luisa María Alcalde, ¿su pareja sería tema?

Con un Congreso de la Unión paritario y candidaturas mitad y mitad, la pregunta es qué falta para una paridad efectiva, no solo numérica, en cuanto a posiciones de poder (también en la IP); y una pista para deliberar sobre eso lo aporta el caso de la aún presidenta de Morena.

Desconozco si, en efecto, la salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia morenista tiene que ver con una relación personal (que hasta donde sé es pública no porque ella lo haya manifestado en uso de su libérrimo albedrío, sino por la imposibilidad para cualquiera de permanecer anónimo en los tiempos de las redes sociales y, sobre todo, por la falta absoluta de códigos en la prensa de lo que es vida privada y pública).

Pero como, merced a columnas, parece que está por volverse verdad periodística que Alcalde saldrá de la presidencia guinda porque la habría dañado su presunta relación con el legislador Arturo Ávila, es obligado preguntarse si a un hombre le pasaría lo mismito.

Si una mujer está en un puesto público ha de ser exigida igual que un hombre, qué duda cabe. Por tanto, si una política anda con un narcotraficante, debe ser llamada a cuentas; si tiene una relación con un privado que hace negocios con su gobierno, lo mismo.

Ávila es, a pesar de lo que uno piense de él, un miembro de Morena que no ha sido desautorizado o sujeto de sanción. Y si se piensa que Alcalde le beneficiaría indebidamente para una candidatura, pues supongo que hay instancias del partido para quejarse al respecto.

Además de que supone violencia hacia ella, una cobertura machista impide, por sobre todas las cosas, que la sociedad se haga una idea cabal de la calidad del trabajo de Alcalde, independientemente de su género.

Antes de dar por buena la especie de que Ávila la dañó a ella, propongo dos cosas: pruebas o testimonios concretos; y un debate obligadamente público dentro y fuera de las redacciones: ¿daríamos igual valor a los supuestos “indicios” si se llamara Luis y no Luisa?

Más directoras de medios y más columnistas mujeres arrojarían, indudablemente, mejor debate periodístico.

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