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Mundiario 03 May, 2026 10:17

Ganadores arrogantes, perdedores humillados: el costo social de la meritocracia (I)

La idea central de Michael Sandel en el Festival de El País es que la lógica meritocrática, que en apariencia premia el esfuerzo y el talento, termina convirtiéndose en un mecanismo de culpa, desigualdad y humillación. El punto no es solo que la meritocracia sea imperfecta, sino que genera una narrativa moral peligrosa: si triunfas, “te lo ganaste”; si fracasas, “te lo mereces”. Y Sandel sostiene que esa forma de interpretar el éxito y el fracaso distorsiona la realidad social, destruye la solidaridad y alimenta resentimientos profundos.

Lo que él llama tiranía del mérito surge cuando una sociedad insiste en que todos tienen las mismas oportunidades y que, por tanto, los resultados dependen únicamente de la voluntad individual. Bajo esa lógica, las estructuras sociales, las desigualdades de origen, las redes familiares, la suerte o las condiciones materiales dejan de existir como factores explicativos. El mensaje implícito es que cualquiera puede llegar a lo más alto si se esfuerza lo suficiente, y que quien no lo logra es porque no quiso, no trabajó lo bastante o no fue lo bastante inteligente. Esta narrativa convierte el éxito en un certificado moral y el fracaso en una marca de inferioridad personal.

Sandel explica que este discurso meritocrático se intensificó en las últimas décadas, especialmente en sociedades que exaltan la movilidad social a través de la educación superior. Se repite que “el futuro depende de ti”, que “puedes llegar a donde quieras”, que “el límite es tu esfuerzo”. Pero esta promesa es engañosa: no todos parten del mismo punto, no todos tienen acceso a los mismos recursos, no todos cuentan con el mismo apoyo, y no todos pueden superar las barreras estructurales que condicionan la vida desde el nacimiento. Cuando la meritocracia ignora estas diferencias, se vuelve cruel, porque transforma desigualdades sociales en supuestos fallos individuales.

Además, Sandel señala que esta lógica produce dos efectos corrosivos. Por un lado, quienes alcanzan posiciones de prestigio tienden a atribuir su éxito exclusivamente a su propio mérito, olvidando la suerte, las oportunidades heredadas o las ventajas invisibles que tuvieron. Esto alimenta la soberbia, la desconexión y la falta de empatía hacia quienes están peor situados. Por otro lado, quienes quedan atrás interiorizan la idea de que su situación es culpa suya, lo que genera frustración, vergüenza y resentimiento. La sociedad se fragmenta entre ganadores que se sienten moralmente superiores y perdedores que se sienten humillados.

La tiranía del mérito no solo afecta a las personas, sino también a la vida democrática. Cuando amplios sectores de la población sienten que el sistema los culpa por su propia precariedad, crece la desconfianza hacia las élites, hacia las instituciones y hacia los discursos oficiales que prometen oportunidades que nunca llegan. Sandel interpreta muchos fenómenos contemporáneos —desde el auge del populismo hasta la polarización social— como reacciones a esa narrativa meritocrática que, en lugar de ofrecer dignidad, termina negándola.

Sandel denuncia que la meritocracia, lejos de ser un ideal justo, se convierte en una forma de dominación moral: una tiranía que responsabiliza al individuo de todo, que oculta las desigualdades estructurales y que convierte el fracaso en una culpa personal. Su crítica invita a repensar la noción de éxito, a reconocer el papel de la suerte y de las condiciones sociales, y a reconstruir una idea de comunidad basada no en la competencia permanente, sino en la dignidad compartida.

Sandel propone varias alternativas para escapar de la lógica meritocrática que convierte el éxito en un trofeo moral y el fracaso en una culpa personal. Su objetivo no es abolir el mérito, sino desactivar su absolutización, reconstruir la dignidad social y recuperar la idea de bien común. La primera alternativa es reconocer el papel de la suerte y de las circunstancias en la vida humana. No se trata de negar el esfuerzo, sino de admitir que nadie elige su familia, su talento natural, su salud, su contexto económico o las oportunidades que se le presentan. Cuando una sociedad reconoce la contingencia, los ganadores se vuelven más humildes y los perdedores dejan de cargar con la culpa de su situación.

Esta conciencia de la suerte abre la puerta a una ética de la gratitud en lugar de una ética de la autosuficiencia arrogante. La segunda alternativa es reconstruir la dignidad del trabajo, especialmente del trabajo que no requiere títulos universitarios. Sandel insiste en que las sociedades contemporáneas han dividido a la población entre quienes tienen credenciales académicas y quienes no, y que esta división se ha convertido en una jerarquía moral. Para romper esa lógica, propone valorar socialmente los trabajos esenciales, reconocer su contribución al bien común y garantizar condiciones laborales que otorguen respeto, estabilidad y reconocimiento. La dignidad no debe depender del nivel educativo, sino del aporte que cada persona hace a la comunidad.

La tercera alternativa es replantear el sistema educativo para que deje de ser una máquina de clasificación moral. Sandel critica la obsesión por el acceso a universidades de élite, porque convierte la educación en una carrera feroz donde el valor de una persona se mide por su capacidad de superar filtros cada vez más competitivos. Propone reducir el peso de los exámenes estandarizados, diversificar los criterios de admisión y, sobre todo, dejar de presentar la universidad como la única vía legítima hacia una vida digna. La educación debe ser un bien público, no un mecanismo de selección de ganadores. @mundiario

 

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