Cada verano se repite la misma escena: en una reunión al aire libre, algunas personas apenas reciben una picadura mientras otras terminan cubiertas de ronchas. Durante años, la explicación popular recurrió a ideas como el “tipo de sangre dulce”, el color de la piel o incluso la genética como único factor determinante. Sin embargo, la investigación científica más reciente está desmontando muchos de esos mitos y construye una explicación mucho más compleja sobre por qué algunas personas parecen auténticos imanes para los mosquitos.
La clave, según varios estudios recientes citados por investigadores europeos y estadounidenses, no reside en un único factor, sino en una combinación de señales químicas y biológicas que los mosquitos son capaces de detectar con una precisión extraordinaria. El hallazgo tiene implicaciones importantes no solo para la vida cotidiana, sino también para la salud pública global, especialmente en un contexto de expansión de enfermedades transmitidas por mosquitos como el dengue, la malaria, el chikunguña o la fiebre amarilla.
Los científicos llevan más de un siglo sabiendo que los mosquitos utilizan el dióxido de carbono que exhalan los humanos como una señal inicial para localizar a sus víctimas. Las hembras —las únicas que pican porque necesitan sangre para producir huevos— poseen receptores extremadamente sensibles capaces de detectar el CO? a varios metros de distancia.
El entomólogo sueco Rickard Ignell explica que este es el primer mecanismo de orientación del insecto. Una vez que el mosquito se aproxima, empieza a intervenir un segundo nivel de selección mucho más sofisticado: el olor corporal.
En distancias más cortas, los mosquitos analizan una compleja “firma química” formada por cientos de compuestos emitidos por la piel humana. Esa mezcla cambia entre individuos debido a múltiples variables: la microbiota cutánea, la alimentación, el metabolismo, la temperatura corporal o incluso estados fisiológicos concretos como el embarazo.
La microbiota y el olor corporal: el verdadero factor diferencial
Uno de los descubrimientos más relevantes de los últimos estudios es el papel central que desempeñan las bacterias presentes en la piel humana. Estas bacterias transforman sustancias producidas por el cuerpo en moléculas odoríferas que pueden resultar especialmente atractivas para los mosquitos.
Los investigadores describen este fenómeno como una especie de “cóctel químico” único en cada persona. Algunas combinaciones generan señales intensamente atractivas para especies como Aedes aegypti, el mosquito transmisor del dengue y la fiebre amarilla.
En experimentos de laboratorio realizados con 42 mujeres, los científicos detectaron que las personas más propensas a las picaduras producían mayores cantidades de un compuesto llamado 1-octen-3-ol, también conocido como “alcohol de hongo”. Esta sustancia se origina a partir de la degradación del sebo cutáneo y parece actuar como un potente imán para los mosquitos.
Lo llamativo del hallazgo es que incluso pequeñas variaciones en la concentración de este compuesto bastaban para modificar significativamente el comportamiento de los insectos. Eso ayuda a explicar por qué algunas personas reciben muchas más picaduras incluso estando junto a otras.
Otro elemento que aparece repetidamente en los estudios es el papel de la temperatura corporal y la humedad que desprende la piel. Los mosquitos utilizan sensores térmicos para localizar áreas con mayor irrigación sanguínea y elegir el mejor punto para picar.
Esto ayuda a entender por qué las mujeres embarazadas suelen ser más vulnerables a las picaduras. Durante el segundo trimestre del embarazo aumenta ligeramente la temperatura corporal, la exhalación de CO? y ciertos compuestos químicos emitidos por la piel, factores que incrementan la atracción para los insectos.
La sudoración también influye. Las personas que realizan actividad física o viven en ambientes cálidos emiten más señales químicas y térmicas, facilitando que los mosquitos las detecten con rapidez.
Cambio climático y expansión de los mosquitos
Uno de los factores mejor documentados en los últimos años es el efecto del alcohol, especialmente de la cerveza. Varios estudios han demostrado que beber alcohol incrementa la atracción de los mosquitos debido a tres mecanismos simultáneos: aumenta la temperatura corporal, modifica el olor de la piel y eleva la cantidad de dióxido de carbono exhalado.
En investigaciones realizadas en Burkina Faso y en Países Bajos, los participantes que habían consumido cerveza resultaron significativamente más atractivos para especies transmisoras de malaria. En uno de los estudios, las personas que habían bebido alcohol durante las 24 horas anteriores eran 1,35 veces más atractivas para los mosquitos que quienes no lo habían hecho.
Aunque el mecanismo exacto sigue estudiándose, los científicos creen que el metabolismo del alcohol altera temporalmente la composición química del sudor y de las emisiones corporales.
La importancia de comprender estos mecanismos ha aumentado debido a la expansión geográfica de los mosquitos causada por el cambio climático. El aumento de temperaturas y la modificación de los ecosistemas están permitiendo que especies tropicales lleguen a regiones donde antes no sobrevivían.
El mosquito tigre, por ejemplo, ya se ha asentado en amplias zonas de Europa y América del Norte. Enfermedades como el dengue o el chikunguña han comenzado a registrarse en regiones donde hasta hace pocos años eran prácticamente inexistentes. @mundiario