Rodeado de recortes, invitaciones y fotografías converso con una mujer que se ha dedicado a hacer de la palabra dicha una vocación. Ella es la maestra Amelia Leony de Carrete. Con la emoción que llega hasta la punta de sus dedos me muestra el retrato de un hombre de barba tupida y ojos tiernos, de esta manera me presenta al profesor Ramón Navarro. El personaje llama mi atención por su recuerdo como maestro de literatura y declamación que dejó profunda huella en gran cantidad de generaciones que pasaron por su instrucción. Por ello, con ayuda de la imaginación histórica, quiero escribir de este profesor que como muchos otros nombres en la frontera fue clave para el desarrollo educativo de nuestra región. Con ustedes: el profe Ramón Navarro.
Los testimonios en torno a su figura me llegan como escenas de aquellas películas clásicas en que la profesora o el profesor tienen una incidencia más allá del aula. Entre esas referencias tengo muy presente a María Félix en “Río Escondido” o Cantinflas en “El Profe”. En el caso de Ramón Navarro no se trata de un personaje de ficción, sino de un maestro de carne y hueso que vivió su pasión por la poesía al límite. Su impacto en esta ciudad alcanzó el nivel secundaria y preparatoria durante la segunda mitad del siglo XX cuando muchos jóvenes tuvieron la oportunidad de aprender de su viva voz sobre León Felipe y García Lorca. Y no era cualquier voz, pues a sus veintitantos años ya era subcampeón nacional de declamación, mostrando un talento que supo pulir a lo largo de toda su carrera.
Al avanzar en la conversación con Amelia voy descubriendo la gran relación que tuvieron, siendo que ella lo conoció con apenas trece años de edad y él ya era un joven de veinticuatro. Y como no podía ser de otra forma ella lo vio por primera vez como juez en un concurso de declamación municipal. A partir de ahí los caminos de la vida los llevarían a participar en distintos proyectos de declamación y poesía coral a lo largo y ancho de Ciudad Juárez. Uno de ellos fue el aclamado grupo de declamación “León Felipe” con el que tuvieron un primer recital en 1976.
Al indagar en los recuerdos sobre su personalidad me pude encontrar con un hombre profundamente enamorado de la poesía y de esa cualidad que solo puede llegar a tener cuando se dice en voz alta. Entendía muy bien que podían existir versos bellísimos, pero sin ser pronunciados toda una vida y eso era una lástima. Por eso se dedicó a producir un recital tras otro. Eso me hace preguntarme si era consciente de su labor no solo artística sino comunitaria. Pues hacía de la poesía coral una actividad colectiva. Yo creo que sí entendía muy bien ese papel pedagógico y su perfeccionismo lo hizo aprovecharlo muy bien. Pues los testimonios hablan de un hombre que durante los ensayos era sumamente exigente y honesto, ya que siempre buscaba ofrecer la mayor calidad al público.
Al seguir la conversación con Amelia descubro rasgos que me hacen entender más a este profesor. Ramón tuvo la oportunidad de hacer estudios de pedagogía en Tepic lo cual le dio la oportunidad de acercarse a otro ecosistema cultural. Esto le brindó herramientas y mucha inspiración para seguir haciendo de Ciudad Juárez su taller poético. Sumado a esto encuentro la profunda sencillez del profesor que no buscaba los reflectores pues sabía muy bien que nada valía el orgullo por sobre la belleza de la poesía compartida. Pues al pronunciarla en coro se es uno con el todo y solo eso le bastaba para sentir el alma plena.
No puedo evitar sentir una gran afinidad por este profesor que tal vez no tiene calles o reconocimientos públicos. No obstante, deja un legado mucho mayor entre quienes lo pudieron conocer: el derecho a la poesía. Derecho a pronunciarla en voz alta y a disfrutarla. Algo que en nuestros días parece no tener significado al no representar ninguna ganancia monetaria. Pero quién sabe, tal vez algo debamos aprenderle al profe Ramón Navarro.