El pasado 6 de mayo, la Casa Blanca dio a conocer la nueva Estrategia Nacional Antiterrorista de Donald Trump. En sus 16 páginas, los cárteles mexicanos quedan elevados a la primera prioridad de seguridad nacional y se advierte que Washington actuará en México aunque su gobierno "no pueda o no quiera" cooperar. El texto se autodescribe como "apolítico y basado en la realidad", pero ignora una realidad bastante más incómoda que eso.
Ayer, en La Mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo algo que describió el documento mejor que cualquier analista: "El presidente Trump ha dicho que en México hay gobiernos de narco, pero cada vez que hablamos no me lo dice a mí". Ahí está todo condensado. Trump acusa en público lo que no se atreve a sostener de frente a la presidenta. Lo que dice ante las cámaras muchas veces no coincide con lo que dice en privado.
Lo que la estrategia omite permite saber cómo ve Trump el asunto. Primero: no hay una sola línea sobre el flujo sur de armas. Entre 200,000 y 253,000 armas de fabricación estadounidense cruzan hacia México cada año; el 68% de las armas del crimen organizado mexicano se rastrea hasta proveedores en Estados Unidos. El documento promete cortar "brazos, financiamiento y cadenas de reclutamiento" de los cárteles, pero no menciona en ningún momento a quienes los arman. No es descuido: sino los 20 años de bloqueo legislativo sistemático del lobby de las armas. La estrategia sencillamente no puede tocar lo que el Congreso en Washington blindó.
Segundo: ni una palabra sobre adicciones, tratamiento, reducción de la demanda o salud pública. Nada de nada. Cientos de miles de estadounidenses muertos por sobredosis, tratados exclusivamente como un problema militar, no sanitario. Si de verdad se tratara de salvar vidas americanas, habría clínicas y programas de rehabilitación además de bombardeos a lanchas en el Caribe. Que no los haya confirma el propósito real: nombrar enemigos afuera sin resolver la crisis adentro. La adicción no vota. Los cárteles, en cambio, son un pretexto electoral prácticamente inagotable para Trump.
Tercero, y quizás lo más revelador de todo: es un documento que se proclama "apolítico" pero no menciona al terrorismo de extrema derecha, el más letal en suelo estadounidense en las últimas décadas: 227 ataques y más de 520 muertos entre 1990 y 2024, contra 42 ataques y 78 muertos de la izquierda violenta en el mismo lapso. En cambio, la estrategia sí promete identificar a grupos antifascistas y ciudadanos con ideologías "radicalmente protransgénero". La amenaza que conviene ver es visible; la que incomoda a Trump y a sus seguidores MAGA es invisible. Así de sencillo.
La estrategia no diagnostica amenazas: las selecciona. Es un mapa político con pretensiones de doctrina de seguridad nacional. Nombra los peligros que Trump acepta y calla los que lo comprometen. Para México, la advertencia es clara: soberanía condicional, métricas que EU fija y mueve según le convenga, y la obligación de pelear contra cárteles armados con fusiles de fabricación estadounidense mientras nadie al norte del Río Bravo impide que lleguen a México. Eso no es cooperación bilateral: es una exigencia unilateral con apariencia de doctrina de seguridad. Cooperación exigida. Reciprocidad, ninguna.
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