Madrid vuelve a leerse —y esta vez también a reírse— en una edición que no solo suma cifras, sino que redefine su espíritu. La 85ª Feria del Libro, que se celebrará del 29 de mayo al 14 de junio en el parque del Retiro, no es únicamente una sucesión de casetas, firmas y presentaciones: es una declaración cultural en tiempos inciertos. Con 366 casetas —una más que el año pasado—, el evento apuesta por el humor como hilo conductor, una elección que, lejos de ser ligera, encierra una carga profundamente política y emocional.
En un contexto global atravesado por tensiones, incertidumbre y fatiga informativa, la risa se reivindica como un espacio de resistencia. Según EL PAÍS, la delegada de Cultura, Marta Rivera de la Cruz, lo definió como un “pararrayos vital”, evocando a Alfredo Bryce Echenique. Y no parece casual: en una época en la que la cultura compite con la inmediatez digital, el humor se convierte en una puerta de entrada, pero también en una forma de reflexión.
La Feria no solo crece en número, sino en ambición. Cerca de 600 editores estarán representados en un ecosistema que mezcla librerías, editoriales, distribuidoras y organismos oficiales. El Paseo de Coches del Retiro volverá a ser el eje vertebrador, pero el evento se expande, como en años recientes, a otros espacios culturales de la ciudad. La literatura, así, se desborda de su recinto tradicional para dialogar con Madrid en múltiples escenarios.
Pero si algo distingue esta edición es su voluntad de reinventarse sin perder su esencia. La directora de la Feria, Eva Orúe, ha subrayado el esfuerzo por reducir la huella de carbono en un 35%, una cifra que no solo habla de sostenibilidad, sino de un cambio de mentalidad. La prohibición de acceso de vehículos a las casetas para descarga y el rediseño modular y reciclable de estas estructuras apuntan a una feria más consciente, más ligera, más alineada con los desafíos contemporáneos.
La incógnita, sin embargo, sigue siendo el clima. Los protocolos que obligan al cierre del Retiro por altas temperaturas planean sobre la organización como una amenaza silenciosa. La Feria, en ese sentido, vive en equilibrio entre su vocación abierta y las limitaciones de un entorno natural que exige respeto. “Aceptamos lo que toque”, dijo Orúe, en una frase que resume tanto la resignación como la responsabilidad.
Casetas nuevas, mirada renovada
El rediseño de las casetas no es un simple cambio estético. Es, en realidad, una metáfora de lo que la Feria quiere ser: más accesible, más visible, más abierta. Los nuevos módulos permitirán identificar mejor a los expositores, corrigiendo uno de los problemas históricos del evento. En un espacio donde cada detalle cuenta —desde la tipografía hasta la disposición de los libros—, esta mejora puede transformar la experiencia del visitante.
Además, la distribución sigue reflejando la diversidad del sector: 118 casetas de librerías, 220 de editoriales, 12 de distribuidoras y 16 de organismos oficiales. Un mosaico que confirma que la Feria no es solo un escaparate comercial, sino un mapa vivo de la industria editorial.
El humor como territorio literario
La elección del humor como tema central no es anecdótica. Supone un giro interesante en una feria que tradicionalmente ha estado marcada por enfoques más solemnes o temáticos. Aquí, la risa no es evasión, sino herramienta crítica. Autores como Maitena, Rodrigo Cortés o Edu Galán inaugurarán las conversaciones, marcando el tono de una programación que busca conectar con el público desde la inteligencia y la ironía.
El humor, en este contexto, funciona como lenguaje común. Permite tender puentes entre generaciones, entre géneros literarios, entre sensibilidades. Y, sobre todo, invita a leer desde otro lugar: menos reverencial, más cercano.
Una ciudad atravesada por la literatura
La Feria del Libro de Madrid hace tiempo que dejó de ser un evento aislado para convertirse en un fenómeno urbano. Su expansión a espacios como Casa de América, Casa Árabe o el Teatro Casa de Vacas confirma esta vocación. Madrid no solo acoge la Feria: la absorbe, la integra, la convierte en parte de su pulso cotidiano.
Incluso la coincidencia con la visita del Papa León XIV añade una capa de complejidad. Aunque no se prevén cambios en el horario, la incertidumbre sobre el impacto en la movilidad refleja cómo la Feria dialoga con la agenda global de la ciudad.
Más allá de las cifras y las novedades, la Feria sigue siendo, ante todo, un espacio de encuentro. Autores, lectores, editores y curiosos se cruzan en un ritual que combina lo íntimo —la firma de un libro— con lo colectivo —los debates, los talleres, los clubes de lectura—. Este año, además, se refuerzan las jornadas profesionales y los formatos como el podcast, señal de que la Feria no ignora los cambios en los hábitos culturales. @mundiario