
En un momento en que la economía mexicana empieza a resentir con mayor fuerza la incertidumbre –con una contracción de 0.8% en el primer trimestre de 2026 y la perspectiva de S&P modificada a negativa– [re]abrir nuevos frentes internacionales dejó de ser una aspiración diplomática para convertirse en una necesidad estratégica.
Y es precisamente en ese contexto en el que debe leerse la firma del Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea, prevista para el 22 de mayo; pues no se trata sólo de una mera actualización, sino de fortalecer un vínculo que puede darle a México mayor margen de maniobra frente a un entorno marcado por aranceles, tensiones geopolíticas y coyunturas difíciles de manejar.
Digo lo anterior, porque durante décadas, México construyó buena parte de su fortaleza económica alrededor de América del Norte. Esa integración le dio acceso privilegiado al mercado estadounidense, cadenas productivas profundas y una posición manufacturera relevante. Pero también produjo una vulnerabilidad, a saber, que cuando Estados Unidos endurece reglas, amenaza con aranceles o convierte la política comercial en instrumento de presión, nuestro país descubre que su principal activo también puede ser su principal talón de Aquiles.
Por eso Europa aparece como un contrapeso necesario, no como sustituto de Estados Unidos, porque no lo es. La Unión Europea es el tercer socio comercial de México, su segundo mercado de exportación y una de sus principales fuentes de inversión extranjera directa. De modo que fortalecer esa relación significa diversificar riesgos, atraer inversión de con valor agregado, ampliar exportaciones, enviar una señal de certidumbre –en momentos donde no la hay– al tiempo que se genera una narrativa conjunta de cooperación.
Esto es importante, porque el momento que vivimos es particularmente crítico; pues coincide no sólo con una crisis económica, sino con el arranque de conversaciones técnicas entre México y Estados Unidos rumbo a la revisión del T-MEC; al tiempo que a ello se suman los anuncios de Trump sobre medidas que podrían afectar el envío de remesas a México –un flujo que representa alrededor de 5% del consumo nacional y 3.5% del PIB.
Y aunque, sin duda, el T-MEC seguirá siendo el eje central de la economía mexicana; también es cierto que existe cierta urgencia por abrir nuevos frentes de diversificación; ya que un país con más socios, más mercados y más alternativas tiene mayor capacidad de defensa frente a presiones externas. Es por ello que la oportunidad con Europa si bien no es nueva, es claro que se trata de un buen esfuerzo a favor del multilateralismo y de los mecanismos institucionales de cooperación en un entorno incierto.
Frente a tales circunstancias, me parece que este Acuerdo llega en un momento clave. Sin embargo, la oportunidad no se agota en el tratado, termina cuando México lo use para corregir inercias, ensanchar su margen de negociación y presentarse al mundo no sólo como vecino del norte, sino como una economía capaz de sostener compromisos y extender redes.
- Consultor y profesor universitario
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