
El inmenso y gran Baruch de Spinoza escribió: “No hay esperanza sin temor, y no hay temor sin esperanza”. No es paradoja, es destino. Al menos en mi caso. ¿Abrigo esperanzas fingidas de estar de tiempo completo con la güera Jazmín? Sí, pero tengo miedo. ¿Abrigo esperanzas fingidas de enamorar o enamorarme a la par de la bella y rotunda Esther Alejandra? Sí, pero tengo miedo. Temor, dijo Spinoza, a quien le lanzaron piedras cuando puso en su sitio a todo mundo al hablar de Dios y la Biblia en su momento.
Al día de hoy, viejo y anciano a mis 61 años muy raspados, tal vez –y sólo tal vez– deba escribir un solo libro titulado: “Elogio de la Derrota”, es decir, mi derrota, con la cual me siento a gusto y a mis anchas. Lo repito, soy un tipo con la vida muy raspada: mi alcoholismo lo tengo controlado (eso espero), mi perra melancolía hace años no me muerde, la muy maldita (espero jamás me haga pedazos), y con mis toxinas andantes me siento muy a gusto. En fin, vivo la mejor etapa de mi vida... aunque soy un galimatías de razón, pensamiento y sentimientos.