A Coruña tiene una costumbre poco frecuente entre las ciudades españolas: cada primavera se detiene a pensarse en voz alta. Lo hace en el Teatro Rosalía de Castro, durante la noche del Aquelarre Poético, una velada que esta edición ha llegado a la 54ª convocatoria sin perder densidad simbólica. Quien la haya vivido por dentro sabe que no estamos ante un trámite protocolario, sino ante un dispositivo cultural sofisticado disfrazado de gala costumbrista.
Una tradición que se exige a sí misma
Las Hogueras de San Juan podrían haberse convertido, como tantas fiestas patrimoniales del país, en un decorado de inercia. La Asociación de Meigas y la Comisión Organizadora han preferido otra ruta, más exigente: usar la tradición como un mecanismo de autorretrato anual. Los Premios San Juan 2026 son la pieza más reveladora de ese ejercicio.
Este año los galardones distinguen a la Policía Local, con 185 años de servicio a la ciudad; a la investigadora gallega Marisol Soengas, referente mundial frente al melanoma desde el CNIO; a la Asociación de Coros y Danzas Eidos, custodios de un archivo musical y etnográfico extraordinario; al diario DXT Campeón, que celebra tres décadas de periodismo deportivo gallego; al empresario Constantino Fernández Pico, fundador de Altia, y a Belén do Campo Piñeiro, impulsora en 2003 del reconocimiento de las Hogueras como Fiesta de Interés Turístico Internacional.
Lo que dice ese listado
Conviene leerlo con calma, porque ahí está la tesis política de la fiesta. Una tradición se mantiene cuando integra en su relato lo que la ciudad produce en cada presente: ciencia, seguridad, cultura popular, periodismo, innovación empresarial y servicio institucional. La misma lógica que sostiene festividades como el Palio de Siena, donde el rito medieval sigue funcionando como instrumento civil contemporáneo y no como reclamo turístico.
Premiar en la misma velada a una investigadora oncológica del CNIO y a quienes custodian los bailes tradicionales es una manera elegante de decir algo que muchas ciudades han olvidado: modernidad y memoria no compiten por el mismo metro cuadrado. Esa convivencia, complicada de articular en otros lugares, lleva 54 ediciones funcionando junto al fuego coruñés.
Nota de la autora
Por honestidad con el lector debo señalar que la Asociación de Meigas decidió este año conceder, por primera vez en su historia, el título de San Juanero de Honor a quien firma estas líneas. Lo menciono porque, precisamente por estar implicada, el análisis anterior no pretende ser una crónica oficial, sino una lectura desde dentro. Recibir esa distinción obliga a ser más exigente, no menos, con la idea que defiendo en este texto.
Lo que A Coruña enseña al resto
La pregunta incómoda que deja la noche del Aquelarre apunta al resto del mapa cultural español: ¿cuántas ciudades están haciendo este trabajo de actualización simbólica? Mantener viva una fiesta implica escribirla de nuevo cada año con vocabulario contemporáneo. Demasiadas se han convertido en parques temáticos de sí mismas, vaciadas por la presión turística o por el conservadurismo mal entendido. La diferencia coruñesa es que aquí la fiesta sigue significando.
Por eso importa el Aquelarre Poético. Por eso importan los Premios San Juan. Y por eso conviene que la conversación pública vuelva, de vez en cuando, a este tipo de noches: en ellas se decide, casi sin que nadie lo advierta, qué queremos seguir siendo. @mundiario