
Uno de los debates clásicos en la filosofía es la igualdad ante la ley: todas las personas, afirman las declaraciones universales, nacen libres e iguales. Pero ¿en realidad somos iguales?
Como personas, por supuesto, debemos ser tratados como iguales. No importa nuestro sexo, raza, condición social o económica para tener derechos humanos. Pero nuestras diferencias generan tratos diferentes que pueden justificar situaciones diferentes a la ley e incluso, las condiciones diferentes pueden generar en la realidad situaciones desiguales que forman parte de nuestra vida.