Durante años hemos aprendido a mirar la grasa como algo que hay que eliminar. Dietas, productos light, gimnasios y redes sociales han alimentado la idea de que cuanto menor sea el porcentaje de grasa corporal, mejor. Sin embargo, el organismo necesita determinadas reservas para funcionar, y reducirlas excesivamente también puede perjudicar la salud.
La grasa corporal no es simplemente energía almacenada. El tejido adiposo participa activamente en diferentes procesos del organismo y produce hormonas como la leptina, que comunica al cerebro información sobre nuestras reservas energéticas y contribuye a regular funciones relacionadas con la saciedad, la reproducción o la respuesta frente a infecciones. También ayuda a conservar la temperatura corporal.
¿Qué ocurre cuando tenemos demasiado poca?
Cuando una restricción calórica severa reduce excesivamente el tejido adiposo, el cuerpo comienza a ahorrar energía. Puede verse afectado el sistema inmunitario, perderse masa muscular y disminuir la capacidad de los huesos para formarse y repararse, aumentando así su fragilidad.
También pueden aparecer alteraciones hormonales. En hombres sometidos a una ingesta energética insuficiente durante periodos prolongados pueden disminuir la testosterona, la energía y el rendimiento físico. En algunas deportistas con niveles muy bajos de grasa corporal pueden producirse menstruaciones irregulares o incluso desaparecer.
Entonces, ¿cuánta necesitamos? No existe un porcentaje perfecto para todo el mundo. Como referencia general, el texto sitúa aproximadamente entre el 10% y el 20% la grasa corporal habitual en hombres adultos sanos y entre el 20% y el 29% en mujeres adultas sanas, aunque edad, sexo, características individuales y actividad física hacen que las necesidades varíen.
Tampoco conviene obsesionarse con las cifras que ofrecen básculas inteligentes o mediciones caseras. Los pliegues cutáneos tienen limitaciones y las básculas de bioimpedancia pueden variar según la cantidad de líquido presente en el organismo. Las pruebas DEXA ofrecen una evaluación más detallada de la composición corporal, pero requieren equipamiento especializado.
La cuestión, por tanto, no debería ser cómo conseguir tener la menor cantidad posible de grasa, sino cómo mantener una composición corporal saludable. Alimentación adecuada, ejercicio y entrenamiento de fuerza resultan especialmente importantes con el paso de los años, cuando suele aumentar la masa grasa mientras disminuyen músculo y hueso. La delgadez extrema no es sinónimo automático de salud: incluso aquello que durante décadas hemos querido eliminar cumple funciones que nuestro cuerpo necesita. @mundiario