Durante décadas, las abejas fueron consideradas pequeños sistemas biológicos altamente eficientes, pero fundamentalmente automáticos. Su extraordinaria capacidad para orientarse, comunicarse y encontrar alimento se interpretaba como el resultado de instintos refinados por millones de años de evolución.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista científica Proceedings of the Royal Society B vuelve a cuestionar esa visión simplificada y plantea una idea incómoda para muchos investigadores: las abejas podrían utilizar mecanismos de atención y procesamiento cognitivo más complejos de lo que se pensaba.
La investigación analizó cómo reaccionan las abejas cuando intentan aprender asociaciones entre estímulos mientras son distraídas por señales externas. El resultado fue llamativo: cuando se introdujo una luz intermitente durante el proceso de aprendizaje, muchas de ellas “colapsaron” cognitivamente de manera comparable a ciertos errores humanos bajo distracción. Para los autores, esto podría ser un indicio de procesos “similares a la conciencia” en insectos.
Las pruebas se basaron en un sistema clásico de condicionamiento. Los investigadores entrenaron a las abejas para asociar determinados olores con una recompensa azucarada. Cuando el olor y el azúcar aparecían simultáneamente, las abejas aprendían rápidamente. Pero cuando existía un pequeño intervalo temporal entre ambos estímulos —lo que se conoce como “condicionamiento de huella”— el aprendizaje se volvía mucho más difícil.
Ese detalle es clave. En humanos, vincular dos eventos separados en el tiempo requiere atención consciente o, al menos, un mecanismo cognitivo más sofisticado que un simple reflejo automático. El estudio buscaba comprobar si algo parecido ocurría en cerebros diminutos como el de una abeja.
Después, los científicos añadieron una segunda fase todavía más compleja: el “aprendizaje de inversión”. Primero, las abejas aprendían que un olor específico implicaba recompensa y otro no. Más adelante, las reglas cambiaban: el olor previamente correcto dejaba de dar azúcar y el otro comenzaba a ofrecerla. El objetivo era medir flexibilidad cognitiva, es decir, la capacidad de desaprender y adaptarse a nuevas reglas.
Las abejas lograron hacerlo. Pero todo cambió cuando apareció un elemento distractor: una simple luz parpadeante.
Cómo una luz hizo “fallar” a las abejas
Los resultados sorprendieron incluso a los propios investigadores. Las abejas sometidas al aprendizaje normal comenzaron a responder a todos los estímulos indiscriminadamente, como si hubieran perdido la capacidad de distinguir entre señales correctas e incorrectas. En cambio, las abejas que trabajaban con la tarea más compleja dejaron prácticamente de responder a cualquier estímulo.
Ese patrón recordó a fenómenos observados en humanos cuando la atención se rompe durante tareas cognitivas exigentes. Algunos individuos sobrerreaccionan; otros simplemente “se bloquean”.
El estudio sostiene que las abejas no estaban reaccionando únicamente mediante reflejos programados, sino que necesitaban mantener activa una representación mental temporal de la relación entre olor y recompensa. Cuando la distracción interfería, el proceso colapsaba.
Los autores escribieron que la “conciencia de las contingencias entre estímulos parece necesaria” para resolver tareas complejas de aprendizaje bajo condiciones temporales separadas. Aunque el término “conciencia” sigue siendo extremadamente debatido, la frase marca un giro importante en el lenguaje científico aplicado a insectos.
¿Tienen conciencia las abejas?
La gran pregunta es inevitable. Y la respuesta, por ahora, sigue siendo profundamente incierta. El estudio no afirma que las abejas posean conciencia en el sentido humano. No existe evidencia de autoconciencia, emociones complejas o experiencia subjetiva comparable a la nuestra. Las abejas no pueden describir lo que “sienten”, y el experimento solo mide respuestas conductuales simples.
Sin embargo, la investigación sí refuerza una tendencia creciente en neurociencia y biología evolutiva: la idea de que ciertos procesos cognitivos sofisticados pueden emerger incluso en cerebros extremadamente pequeños.
El cerebro de una abeja contiene menos de un millón de neuronas, una cifra diminuta frente a los aproximadamente 86.000 millones del cerebro humano. Aun así, estos insectos ya habían demostrado anteriormente habilidades sorprendentes: reconocimiento de patrones, navegación compleja, memoria espacial e incluso cierta capacidad para resolver problemas simples.
Ahora, el nuevo estudio sugiere que también podrían utilizar mecanismos de atención selectiva para mantener información activa mientras toman decisiones.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que desplaza el debate desde la “inteligencia” hacia la “atención”. Durante mucho tiempo, muchos científicos consideraron que la atención consciente requería cerebros grandes y complejos. Sin embargo, las abejas parecen mostrar algo funcionalmente parecido pese a su tamaño.
Esto tiene implicaciones importantes para la neurociencia moderna. Si un insecto puede gestionar procesos atencionales básicos, entonces algunas funciones cognitivas avanzadas podrían no depender exclusivamente de grandes redes neuronales, sino de arquitecturas eficientes y especializadas.
La investigación también alimenta debates sobre cómo evolucionó la cognición animal. Quizá la conciencia no apareció de manera abrupta en mamíferos avanzados, sino que existen versiones parciales, primitivas o funcionales distribuidas a lo largo del reino animal.
Más allá del debate filosófico, el estudio tiene consecuencias prácticas. Si las abejas dependen de mecanismos de atención relativamente delicados para aprender y orientarse, entonces factores ambientales podrían afectar mucho más de lo que se pensaba su comportamiento cotidiano.
Los investigadores sugieren que distracciones ambientales —luces artificiales, contaminación acústica, pesticidas o alteraciones del entorno— podrían interferir en procesos esenciales de aprendizaje y navegación. Eso podría afectar la polinización, la búsqueda de alimento y la supervivencia de las colonias. @mundiario